Hace tres años, llevaron a Ola Adejare (nombre ficticio) a la escuela elemental de educación especial de Saki, una pequeña ciudad al oeste de Nigeria de poco más de 470.000 habitantes, sin nada más que la ropa que llevaba puesta. No tenía mochila, libros ni nada para matricularse. “La madre le dijo que volvería a buscarla, pero nunca regresó”, cuenta la directora, Adegbola E. Su historia no es la única. En este centro, que ofrece educación y cuidados a más de 200 menores de todas partes del país con discapacidades visuales, auditivas, físicas y del desarrollo, hay niños de tan solo cinco años que han sido abandonados por sus familiares. Para muchos de ellos, esta institución educativa es el único hogar que conocen. Seguir leyendo