El calendario de las artes visuales guarda fechas que parecen estar escritas con un grafito indeleble, de esos que hacen falta para eternizar la partida de los gigantes. Y es que el 8 de abril emerge en la historia como una de esas coordenadas místicas, que en este caso enlaza la luz tamizada de una casona en el barrio de la Víbora, en La Habana, con la brisa mediterránea que acarició los últimos días de un genio malagueño en Mougins. En este día, la cultura universal rinde tributo a la cubana Amelia Peláez, fallecida en 1968, y al español Pablo Picasso, quien muriera en 1973. Resulta un ejercicio de justicia poética observar cómo el tiempo, en su implacable avance, decidió fundir en una misma efeméride a la mujer que atrapó el barroco antillano entre vitrales y encajes de hierro, y al hombre que fragmentó la perspectiva para siempre. Imagen Foto: tomada de granma.cu La figura de Amelia Peláez no admite lecturas someras ni etiquetas de un criollismo edulcorado. Su obra constituye un singular espejo de la identidad cubana, donde el bodegón deja de ser una naturaleza muerta para convertirse en una explosión de vida contenida. Esa línea de Amelia, gruesa, segura y definitoria, funciona como el plomo de un vitral que no solo sostiene el color, sino que le otorga una jerarquía arquitectónica. Imagen Cuadro de Amelia Peláez, Bodegón, óleo sobre papel, 1958. Foto: tomada de artsolido.com En sus lienzos, las frutas tropicales y las columnas coloniales se despojan de su literalidad para transformarse en una entrega vibrante, síntesis de esa transición desde sus años parisinos hasta la consolidación de su personalísimo estilo, que también abarcó la escultura, la cerámica -especialmente en el taller de Santiago de las Vegas-, el muralismo de gran formato (empleando mosaicos y teselas), la ilustración de libros y revistas, y el dibujo. Imagen En la fachada del hotel Habana Libre podía apreciarse este hermoso mural diseñado por Amelia Peláez. Foto: tomada de lahabana.gob.cu Apenas cinco años después de la partida de la cubana, un 8 de abril de 1973, el mundo del arte sufrió un sismo de magnitud incalculable con la muerte de Pablo Picasso. Si Amelia fue la guardiana de la luz insular, Picasso fue el demiurgo que se atrevió a reconstruir el universo sobre el lienzo. Imagen Foto: tomada de biography.com Su legado no es una colección de cuadros, sino un cambio de paradigma. Desde el periodo azul, teñido de melancolía, hasta la revolución del cubismo y el grito monocromático del Guernica, el malagueño demostró que el pincel puede ser un instrumento de guerra y una herramienta de paz al mismo tiempo. Imagen Guernica, 1937. Foto: tomada de blog.artsper.com La obra de Picasso, custodiada en gran medida por la Fundación Picasso Museo Casa Natal, sigue siendo el faro que guía a quienes intentan comprender las complejidades del arte moderno.Pareciera existir entre estos dos creadores un diálogo inasible que trasciende la mera coincidencia de su aniversario luctuoso. Mientras Picasso desarmaba la realidad para encontrar su esencia múltiple, Peláez la envolvía en arabescos, buscando la permanencia de lo cotidiano. Los dos creadores compartieron esa curiosidad insaciable por la forma y un respeto casi sagrado por la estructura. En Amelia, el espacio se satura de un barroquismo que parece respirar a través de las persianas; en Picasso, el espacio se multiplica en planos infinitos que obligan al espectador a abandonar la pasividad. Imagen Chica frente a un espejo, 1932 (Picasso) / Interior con columnas, 1951 (Amelia) La modernidad artística en Cuba alcanzó su madurez gracias también al aporte de Peláez, cuya influencia y capacidad para traducir la luz del Caribe se extiende como una enredadera por toda la vanguardia del siglo XX. Ambos artistas entendieron que la tradición no era un ancla, sino un trampolín. Por eso, el pincel de Amelia sigue eternizando la sombra de un helecho en una terraza habanera, mientras que el trazo de Picasso continúa desafiando la lógica de la mirada en cualquier museo del mundo.