Barcos que navegan 25 años sin combustible: el microrreactor nuclear que lo hace posible

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La industria del transporte marítimo lleva años buscando una alternativa al fueloil pesado que mueve la mayor parte de la flota mundial. El combustible fósil encarece los viajes, obliga a planificar escalas de repostaje y deja una huella de carbono difícil de reducir. La propuesta que ahora cobra fuerza en Estados Unidos pone encima de la mesa una vía radicalmente distinta: instalar un pequeño reactor nuclear dentro del propio barco.La empresa que lidera el proyecto es Ampera, una compañía con sede en el país norteamericano especializada en energía atómica compacta. Su diseño aspira a que un mismo núcleo sirva durante el ciclo de vida completo del buque, sin cambios de combustible y con emisiones directas cero. Aunque la idea suena a ciencia ficción, encaja con una tendencia creciente dentro del sector naval.El calendario todavía apunta al medio plazo, pero el respaldo financiero ya está sobre la mesa. Una de las mayores navieras especializadas en buques petroleros acaba de comprometer diez millones de dólares para acelerar el desarrollo. La apuesta supone un giro importante para una firma que hasta ahora dependía del crudo como modelo de negocio.Un pequeño núcleo para grandes cascosSegún informa Interesting Engineering, el sistema que prepara Ampera es un microrreactor contenedorizado, subcrítico y en estado sólido, capaz de generar entre 15 y 30 megavatios eléctricos. La firma utiliza combustible TRISO basado en torio, un material que no requiere enriquecimiento de uranio y que resulta difícil de desviar hacia usos militares. Este tipo de aparatos se concibió en un primer momento para abastecer redes eléctricas aisladas en tierra firme.El circuito térmico marca otra de las diferencias respecto a la fórmula clásica. En lugar de agua a presión, Ampera emplea dióxido de carbono en estado supercrítico como fluido de trabajo, lo que simplifica la refrigeración y encaja mejor con las limitaciones de espacio a bordo. La firma asegura que el núcleo puede funcionar varias décadas sin cambio alguno de combustible, una cifra muy por encima de la vida útil habitual de un buque mercante de medio porte.Del petrolero a la gabarra flotanteLa hoja de ruta pasa por dos fases consecutivas. En la primera, Ampera colocaría los microrreactores sobre gabarras nucleares flotantes amarradas junto a puertos y plataformas marinas, de modo que pudieran alimentar infraestructuras costeras sin tendidos de alta tensión. Solo después daría el salto a los propios cascos mercantes, donde el reto regulatorio es mucho mayor. La estrategia recuerda a otros diseños compactos que han buscado la aprobación escalonada del regulador estadounidense.El socio industrial que respalda la iniciativa es Scorpio Tankers, una de las mayores operadoras globales de buques para el transporte de productos refinados. La naviera aporta diez millones de dólares y, sobre todo, su experiencia regulatoria y comercial en el negocio marítimo. A cambio obtiene un asiento preferente en la futura red de suministro energético nuclear para el sector. Hace años que los armadores observan con interés la experiencia de los rompehielos rusos, donde la propulsión atómica convive con el tráfico civil.Un encaje regulatorio todavía inciertoEl permiso de construcción no es una formalidad. Ampera prevé solicitarlo al amparo de la nueva normativa que la Comisión Reguladora Nuclear de Estados Unidos acaba de cerrar para reactores avanzados. Esa regulación pretende acortar los plazos de homologación a cambio de requisitos de seguridad específicos para diseños no convencionales. Ningún microrreactor marítimo comercial ha completado todavía el proceso, y los antecedentes con otros buques nucleares recuerdan que la parte final del ciclo también cuenta.La historia de la propulsión nuclear civil pesa en el debate. Los pocos mercantes atómicos construidos en el siglo XX, como el Savannah estadounidense o el Otto Hahn alemán, acabaron retirados por problemas económicos y reticencias portuarias. El listón para Ampera es alto, pero el combustible de torio y la regulación renovada abren un escenario distinto al de hace seis décadas. Que la promesa de un buque que no repone combustible durante un cuarto de siglo cuaje dependerá tanto de la ingeniería como de la aceptación social de un sector que todavía recuerda aquellos fracasos.