En el centro del escenario, una persona con máscara de perro da la espalda al público. Podría ser cualquier persona o cualquier perro porque la sala está tan oscura y el micrófono distorsiona de tal manera su voz que hay pocas pistas para identificarlo. Hasta que se quita la careta, y el perro se descubre y confiesa que es, más bien era, un popular presentador de televisión. Ya no trabaja, ahora, dice, ha elegido el exilio en algún lugar de la pampa de Argentina. Hasta allí se ha ido, subraya, por voluntad propia. Nadie le ha desterrado, vuelve a recordar al público. Ha sido él quien ha elegido marcharse muy lejos después de que una compañera más joven, su empleada, le denunciara en redes sociales por agresión sexual.Seguir leyendo