Un obispo de menos de 60 años es el nuevo Patriarca de los católicos caldeos

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(ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 12.04.2026).- En un momento marcado por la continuidad y la urgencia, la Iglesia Católica Caldea ha elegido a un nuevo patriarca, confiando su futuro a un pastor forjado por el exilio, la diáspora y la resiliencia eclesial. La elección del obispo Emil Shimoun Nona como Patriarca —ahora Mar Paul III Nona— concluye un decisivo sínodo celebrado en Roma del 9 al 12 de abril de 2026, y abre un nuevo capítulo para una de las comunidades más antiguas del cristianismo.Presidido por el arzobispo Habib Hormiz de Basora en su calidad de administrador patriarcal, el sínodo reunió a obispos caldeos de todo el mundo en un momento en que su Iglesia afronta tanto una transición interna como presiones externas de magnitud histórica. La elección se produjo tras la renuncia, aceptada en marzo, del cardenal Louis Raphael Sako, cuyo largo patriarcado había guiado a la Iglesia a través de años de agitación.Mar Paul III Nona, de 58 años, no es ajeno a estas dificultades. Su ministerio episcopal ha estado marcado por algunos de los episodios más dramáticos de la historia reciente de Oriente Medio. Como arzobispo de Mosul, dirigió a su comunidad hasta 2014, cuando el avance del Estado Islámico provocó el desplazamiento masivo de cristianos y lo obligó al exilio. Esa experiencia, compartida por miles de fieles caldeos, se ha convertido en un elemento definitorio de su identidad pastoral. Posteriormente, el papa Francisco lo nombró para servir a la diáspora caldea en Australia y Nueva Zelanda, y actualmente reside en Sídney. Nona ha llegado a encarnar una Iglesia que cada vez vive más allá de sus tierras ancestrales.Su elección, por lo tanto, tiene un doble significado. No solo señala una transición generacional en el liderazgo, sino también el reconocimiento de que la Iglesia caldea actual está arraigada en Oriente Medio y profundamente marcada por su dispersión global. Se estima que la población caldea mundial ronda el millón de fieles, muchos de los cuales residen actualmente fuera de Irak. Mientras tanto, la presencia cristiana en Irak ha sufrido un drástico declive, pasando de más de 1,5 millones en 2003 a aproximadamente 300.000 en la actualidad, e incluso algunas estimaciones sugieren cifras aún menores. La guerra, la inestabilidad y el auge de la violencia extremista han acelerado esta transformación demográfica, dejando a la Iglesia lidiando con cuestiones de supervivencia, identidad y misión.Las deliberaciones del sínodo se llevaron a cabo en estrecha proximidad a la Santa Sede e incluyeron una reunión con el Papa León XIV el 10 de abril. En su discurso a los obispos, el Papa esbozó una visión exigente del liderazgo eclesial, haciendo hincapié en la transparencia en la gobernanza, la prudencia en la comunicación pública y un compromiso renovado con la formación sacerdotal. Sus palabras reflejaban una preocupación más amplia: que la credibilidad y la unidad de la Iglesia dependen no solo de la fidelidad doctrinal, sino también de la integridad de su testimonio.Al mismo tiempo, León XIV situó a la Iglesia caldea dentro de un horizonte teológico e histórico más amplio. Recordó el papel insustituible de los cristianos de Oriente Medio como testigos vivos en las tierras donde nació el cristianismo, descritos evocadoramente como «estrellas en el firmamento». Su llamamiento fue tanto pastoral como geopolítico: que estas comunidades no se redujeran a meros vestigios simbólicos, sino que se les garantizara la plena ciudadanía, la libertad religiosa y la dignidad en sus países de origen.Esta tensión —entre el arraigo y la dispersión— probablemente definirá el patriarcado de Mar Pablo III. Por un lado, existe el imperativo de mantener la vida cristiana en Irak y en la región en general, a pesar de la inseguridad y la emigración. Por otro, está la responsabilidad pastoral hacia una diáspora que no es meramente provisional, sino cada vez más permanente. La propia biografía del nuevo patriarca sugiere una conciencia de ambas dimensiones.Dentro de la propia Iglesia, la transición también invita a un momento de renovación interna. El comunicado final del sínodo hizo un llamado a la unidad entre el clero y los laicos, instando a todos los miembros de la Iglesia Caldea a unirse en torno a su nuevo líder. Tales llamamientos no son meramente ceremoniales. En una comunidad marcada por el desplazamiento, la fragmentación cultural y los diferentes contextos pastorales, el papel del patriarca como figura unificadora se vuelve especialmente crucial.Históricamente, el cargo de patriarca en las Iglesias católicas orientales conlleva un peso tanto espiritual como institucional. A diferencia de los obispos de rito latino, los patriarcas orientales presiden estructuras sinodales que otorgan un grado significativo de autogobierno, manteniendo al mismo tiempo la plena comunión con Roma. Este equilibrio entre autonomía y unidad requiere tanto habilidad diplomática como pastoral, cualidades que se pondrán a prueba en los años venideros.Mar Pablo III ya ha manifestado su intención de ejercer su ministerio con ese espíritu, expresando confianza en la gracia divina y su compromiso de servir en comunión con sus hermanos obispos. Su liderazgo se desarrollará en un contexto donde las fronteras entre la patria y la diáspora, la tradición y la adaptación, se renegocian constantemente.Para la Iglesia Caldea, la elección en Roma no es simplemente un cambio de liderazgo. Es una respuesta a un momento histórico en el que la supervivencia misma se ha convertido en una cuestión teológica. Ya sea en las calles de Mosul, otrora desiertas por la guerra, o en los suburbios de Sídney, donde nuevas comunidades echan raíces, la tarea sigue siendo la misma: mantener viva una fe a través de geografías fragmentadas.En ese sentido, el nuevo patriarca hereda no solo un cargo, sino una misión marcada por la pérdida, la resistencia y la persistente esperanza de que la antigua presencia cristiana en Oriente no se desvanezca en el olvido.Gracias por leer nuestros contenidos. 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