Soldados de la primavera

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En el ecuador de la semana ya se levantaban los pies pidiendo amputación. Los dedos engarrotados y vendados como las manos de un tenista. Los zapatos sucios, destrozados, con los cordones levantados en un bostezo que reclamara cepillo y canfor. Tampoco vamos a descubrir nada, pero cuanto más amarillo haya sobre el negro, mejor fue la noche, más nos ensució la madrugada obligándonos a patear Sevilla y a quedárnosla en la suela, como si quisiéramos robarle una prenda para dormir abrazada a ella en nuestra cama. Me contaron unos que apuraron el martes hasta el cierre de las casetas, que se fueron a alargar la joda a los cacharros. Por allí pululaban todos los que combatían con el vértigo del sueño junto a Gofres Belinda, y otros pocos disfrutones que llegaron a la beoda conclusión de que no había mejor manera de sosegar la pálida que con una dosis de mareo. Los protagonistas de la anécdota sostienen que andaban junto a dos chavalitas en la cola del XXL, ese armatoste gigante y luminoso que da vueltas de campana a toda velocidad. Mientras paliqueaba uno de ellos con su ligue, de repente notó como le caía a plomo algo sobre la manga de la chaqueta. Era la papilla de un insomne que hizo la del aspersor desde las alturas de la atracción. Cosas de la Feria. El miércoles tardó en amanecer, la ciudad de los cielos tangibles se desperezaba al ritmo de las resacas, al son al que se diluían los ibuprofenos en los vasos de agua. La mañana avanzaba con timidez hasta que irrumpió en ella el sol de postal que se auguraba para el día anterior, un sol decidido y alegre que llamó a filas a los soldados de la primavera. Quien le tenga miedo al albero que hubiese nacido en Burgos, quien le haga ascos al olor del cagajón del caballo, quien diga que se agobia con tanta gente, quien no quiera reclutar amistades instantáneas en un pasillito estrecho con la vejiga al borde del colapso, quien argumente eso de que va a escuchar a su cuerpo, que pegue bien el oído al alma, que le estará susurrando que se levante, que ande, que se ponga en marcha hacia ese barrio efímero en el que la eternidad juega al pillapilla y las obligaciones al escondite. No todo el mudo vale para ser soldado de la primavera. El manicomio de la cordura se había vestido de plenitud, no le faltaba un trazo a su obra maestra, no le sobraba un alfiler en su melena recogida en bulla. Los fieles, motivados por el festivo, se volcaron para llenar el real como figurantes de un cartel en movimiento. Gente, mucha gente, mareas humanas de americanas claras y gafas de sol, tirantes atrevidos y corbatas alegres. Sonrisas de oreja a oreja, de caseta a caseta, sonrisas juguetonas, traviesas, maternales, adolescentes, entonadas. Corrían las jarras como la pólvora, bajaban a la velocidad del rayo los catavinos debido al calor sofocante que solo calmaba el elixir sagrado, consomé de plata, bebida isotónica para deportistas de la carcajada. Es de admirar el derroche de talento de los fueras de serie, que los hay, al encontrar ese puntito exacto de la tajá, son zahoríes que dan en su interior con esa clave oculta de la borrachera que se conoce como el contento. Cuando estás con el contento, estás sociable, pero no pesado, estás gracioso, pero no impertinente. La lengua se destensa, pero no se desboca. La tarde se para, se pone más lenta para que la torees, pero no da vueltas nada. Encuentras la palabra exacta para emocionar a un corazón, y aparece en ti un duendecillo narrador que hace que cada anécdota tenga perfectamente repartidas las dosis de suspense y de humor. De verdad que admiro mucho a los que saben bajar el pelotazo al suelo, y pisarlo, y domarlo, y hacer filigranas de placer con él. Teorizaba sobre el sentido de esta medida exacta un señor de cincuentaypocos en la barra de Joselito El Gallo 202, mientras nos explicaba a la chavalada que el real tiene un componente misterioso que consigue que sea más fácil adquirir ese grado de perfección en la curda. Y no, no tiene nada que ver con el alcohol, tiene que ver con la felicidad, con una felicidad contagiosa que se desparrama de un lado a otro y no deja que nadie pase sin rozarle. Con los caballos ya de vuelta, comenzaron los grupitos a tocar. El naranja recortado por encima de las casetas empujaba a enamorarse, a confiar en el mundo, o en Sevilla, mejor dicho, que es la única que nos consigue reconciliar con él. Unas niñas de 14 añitos vestidas de flamenca charlaban sentadas en un balconcillo. Hablaban poco, algo aburridas porque ya no había nadie que cantase sevillanas. Se les veía jodidas, porque están en esa tierra de nadie en la que ya han pasado la edad de andar correteando y dando la murga con los cacharritos, pero aún no son lo suficientemente mayores para montarse el cachondeo por su cuenta. Es una etapa jodida, de aprendizaje contemplativo. Al rato, con la noche ya explotada, volví a pensar en ellas cuando vi de seguido, en la misma acera, a una chavala liándose con un chico y a una mujer bronqueando a un marido que iba pidiéndole paso a la trasera de su cebollón. Ya les tocará a ellas ser las que den besos, echen broncas o se pillen la cogorza. La Feria son etapas, y todas son Feria. Anda por las casetas de postín, donde hay posibles, y suele ser un chavalito muy taurino. Llega al real al mediodía y saluda efusivamente a todos los socios que conoce. Son amigos de sus padres. Los conoce por el nombre y los dos apellidos, pero en su fuero interno los clasifica por tendido X o barrera. El tipo espera pacientemente a que la comida se alargue y la sobremesa ponga los mofletes rojos a los señores mayores. Entonces llega el momento: «Alfonsito, ¿quieres ir a los toros? Nosotros nos vamos a quedar al final aquí». Bingo.