Da la sensación de que Carmen 'Tita' Cervera estaba destinada a convertirse en una figura importante. A los 18 años se coronó como guapa oficial de España y unos meses después conoció en un avión a Lex Barker, aquel actor estadounidense que triunfó interpretando a Tarzán en las primeras películas en color del héroe de la selva. Cuentan que animada por su madre doña Carmen Fernández, empecinada en lograr que su hija fuese rica y famosa, la barcelonesa se acercó a aquel con la excusa de pedirle un autógrafo para su hermana pequeña. «Si me das tu dirección, te lo firmo. Siéntate aquí un momento mientras tanto», respondió el actor, que era veintitantos años mayor que Tita y por lo visto se la cameló en menos que canta un gallo. La pareja se casó en la ciudad suiza de Ginebra a principios de 1965, y no mucho después ella rodaría su primer largometraje, en el que aparece cinco minutos, pese a las reticencias de su marido, que consideraba que con un actor en la familia ya era suficiente. Durante su matrimonio, Tita conoció a los grandes rostros del cine americano y pasó a vivir a caballo entre Ginebra, Roma y Los Ángeles. Además, Lex la ayudó a cumplir uno de sus sueños al construir una enorme mansión sobre un acantilado, en la localidad gerundense de Sant Feliu de Guíxols. Pero la catalana acabó igualmente cansada de compartir su tiempo con un hombre que, si bien le parecía «un amador infatigable», vivía completamente volcado en su profesión y encima era bastante celoso. En primavera del 73, mientras se estaban separando, Lex murió de un infarto de miocardio paseando por las calles de Nueva York. Tita se quedó viuda pero no tiesa, ya que heredó algún que otro milloncito del difunto. De hecho, su siguiente pareja, Espartaco Santoni, llegó a escribir que, el día de la muerte del actor, Carmen Fernández «brindó con champaña. De haberla conocido mejor, no se habría casado con Tita. Lex tiraba el dinero a manos llenas para complacer a ésta. Sin embargo, la vez que conoció a Fred Horowitz, un prestigioso joyero, éste la conquistó con sus regalos y Tita se fue con él a dar la vuelta al mundo. Cuando esto sucedió, Lex estaba en Nueva York y sufrió enormemente…». Cuando Tita conoció a Espartaco en una fiesta privada en 1974, de pronto sintió haber encontrado un alma gemela. A fin de cuentas, el actor y productor venezolano era tan amante de la vida nocturna y el lujo como ella. Pronto sucumbió a sus artes de seducción y en febrero del 75 se casó con él en el Tribunal Supremo de Nueva York. Al poco, la policía detuvo a Espartaco por estafa y falsedad documental. No sería su última detención. Claro que Tita andaba entonces prendada de un hombre que no dejaba de repetirle que iba a conseguir para ella papeles estelares en importantes cintas. Una que sí hizo fue Objetivo: matar (1977), un thriller de acción donde la catalana se enfrentó a su primer desnudo delante de la cámara. «Tita era una actriz pésima», apuntaría el abogado Luis Joaquín Garrigues, que produjo el filme. «Se ponía muy tensa a la hora de rodar. Siempre tenía que tomar vodka antes de empezar, para darse valor y desinhibirse». Después de eso, Tita apareció en El primer divorcio, una comedia de Mariano Ozores que parodiaba la recién aprobada Ley del Divorcio y que tuvo como escenario un chalé de La Moraleja (la misma lujosa urbanización donde, años después, aquella adquirió una espléndida mansión, construida sobre una parcela de más de 38.000 metros cuadrados). Cuando la cinta se estrenó, Tita ya estaba separada de Espartaco. De hecho, su relación fue siempre más bien tormentosa, entre otras cosas, por el carácter mujeriego y la mala cabeza del venezolano, tan acuciado por los problemas legales y económicos que fue malgastando la herencia de Lex. En 1977, Tita quiso aparecer ligera de ropa en la portada de Interviú, posando para el objetivo de la fotógrafa Sylvia Polakov (aunque luego se inventó que fue Espartaco el que la animó a hacer esas fotos como recuerdo y que, tras la sesión, las vendió al popular semanario sin su consentimiento). Ya en el 78, cansada de aguantar carros y carretas, la catalana comenzó a tramitar el divorcio. Entonces descubrió que Espartaco era bígamo y que, por tanto, su matrimonio era nulo desde el minuto uno. Pese a la decepción, el cuerpo le pedía marcha a una mujer que enseguida se instaló en un apartamento en el madrileño Paseo de la Habana, desde donde su amiga del alma Paula Pattier, que también intentaba abrirse camino en el cine, y ella planificaban entretenidas juergas nocturnas. En una de tantas noches, Tita se cruzó con Manuel Segura, un joven y atractivo publicista de quien se quedó embarazada a finales del 79. Aunque la pareja se rompió antes de que llegaran a casarse y antes de que naciera el niño. También cuando se acercaba el parto, estando en su casa de Girona, nuestra protagonista fue convencida por Pattier para hacerse unas fotos desnuda como recuerdo de su preñez. La susodicha le prometió que luego le entregaría las imágenes y los negativos de esa sesión casera. Pues bien, no solo faltó a su palabra, sino que además vendió ese material a Interviú a espaldas de su colega. Después de parir a su hijo Borja en julio del 80, al enterarse de que estaban a punto de ver la luz las fotos dichosas, a Tita casi le da un parraque. Se puso rápidamente en contacto con el equipo de la revista para decirles que aquellas instantáneas no podían publicarse porque le habían sido robadas. «Paula me engañó, le exigí los negativos y me dijo que se le había encasquillado la cámara», explicó al redactor Luis Cantero. «Ella me debía un dinero que le presté y, al reclamárselo, se hizo la loca. Ella, ahora, ha querido vengarse vendiendo esas fotos que no me había devuelto, perjudicándome por partida doble». Según Teo Lozano y Goya Ruiz en su biografía Carmen Cervera, la baronesa, Tita suplicaba cualquier argumento para evitar que aquellas imágenes vieran la luz: «Quería salvar su imagen, a toda costa». Lo peor no era aparecer desnuda, sino el aspecto que tenía cuando posó para Paula: «despeinada, sin maquillar, con el aire descuidado de quien cree estar junto a amigos, tomando tranquilamente el sol, en el jardín de su casa». Tita creía que esas fotos iban a perjudicarla, precisamente ahora que tenía algunas ofertas de cine sobre la mesa. Ofreció una alternativa a Cantero para intentar frenar el tema: cambiar las fotos dichosas por las que le había tomado Polakov un día antes de tener a Borja. Pero de nada sirvieron sus quejas, porque el esperado ejemplar de la revista llegó a los kioscos en enero del 81. Luego, Interviú publicó una conversación entre Tita y Cantero que ella utilizó para poner verde a su ex amiga, asegurando incluso que había engañado a los periodistas cuando en una charla con Lecturas hizo creer a su entrevistador que ella también estaba esperando un hijo. Aquello abrió una guerra sin cuartel entre las dos. «Tita aseguraba que incluso recibía amenazas de Paula, de la que pensaba defenderse llevándola a los tribunales», escribieron los biógrafos de la primera. «Ni siquiera la frenaba el miedo a que su antigua amiga desvelara los secretos más ocultos que había conocido durante el tiempo que habían compartido». Una noche de verano de aquel mismo año 81, Tita trató de olvidar lo sucedido en una cena con amigos celebrada en la isla de Cerdeña. Ahí fue donde conoció al maduro barón Heini Thyssen, que atesoraba una inmensa fortuna y era propietario de una de las colecciones privadas de arte más grandes del mundo. Gracias al flechazo que surgió entre ambos, Tita cumplió su deseo de introducirse en la alta sociedad y su boda con Heini, celebrada cuatro años después, le permitió saltar de las páginas del papel couché a las de la Historia del Arte. Pero ese ya es otro cuento.