Valérie Itey aprendió desde pequeña que el destino último del cabello humano no es el suelo de un salón de belleza. Recuerda que su familia, que se dedicaba a la producción de vino, lo usaba para ahorrar agua en los cultivos y alejar a algunos animales como los jabalíes. “En mi país era normal ver hectáreas de tierra cubiertas de pelo, pero había que quitarlo pronto porque se acumulaba y se lo podían comer los conejos”, dice a este periódico en una entrevista realizada por videollamada. Seguir leyendo