La historia reciente de Cuba no puede comprenderse sin reconocer la magnitud de las amenazas que han gravitado hasta hoy sobre la Isla. El bloqueo económico, las campañas mediáticas y las presiones diplomáticas han buscado aislarla. A pesar de ello, decenas de miles de personas a lo largo del orbe hacen suya la defensa de Cuba, porque es también la defensa de la dignidad de los pueblos.Desde sus inicios, la Revolución Cubana se convirtió en un faro para los movimientos progresistas del mundo. Su ejemplo de firmeza frente al imperialismo inspiró a generaciones de luchadores en América Latina, África y Asia y también despertó simpatías en sectores sociales europeos. Así, los cambios que se suscitaron tras la derrota de la tiranía batistiana no tuvieron un mero impacto doméstico; la revolución trascendió fronteras y devino un estandarte de progreso que aún en la actualidad se sostiene. La proyección internacional de Cuba a partir de 1959 no se circunscribió al plano simbólico. A lo largo de las últimas seis décadas, múltiples acontecimientos han ligado la historia del pueblo cubano a la historia de los pueblos del llamado Tercer Mundo. Desde la temprana resistencia de un contingente de cubanos a la invasión estadounidense a Granada en octubre de 1983, la participación de decenas de miles de civiles y militares antillanos en los movimientos de liberación en África, el despliegue de programas de salud como la Operación Milagro y de educación como el Yo sí puedo en varias naciones hasta la participación de brigadas médicas en países golpeados por desastres naturales y pandemias, la Mayor de las Antillas ha protagonizado una excepcional historia de solidaridad internacional. No se debe olvidar que esa vocación solidaria ha tenido un costo humano. Muchos de los internacionalistas entregaron su vida en tierras lejanas, convencidos casi siempre de que la justicia no conoce fronteras. Ese sacrificio es testimonio de la coherencia de un proyecto que no se limita a proclamar principios, sino que los convierte en acciones concretas, evidenciables en cada batalla librada allende los límites de la patria.Por eso, cuando hoy arrecian las amenazas y se multiplican las campañas de descrédito, defender a Cuba significa también defender la justicia y la soberanía de todos los pueblos que resisten la imposición de poderes externos. La solidaridad con la Isla se convierte en una batalla común contra la hegemonía. Alzarse contra las políticas hostiles del imperialismo norteamericano es respaldar el derecho de un pueblo a vivir en paz y decidir su destino sin imposiciones; es respaldar la firmeza de un país en el que se continúan fraguando sueños y esperanzas para muchos habitantes del planeta…En medio de una ofensiva recrudecida del gobierno estadounidense contra Cuba en 2026, con nuevas sanciones energéticas e intentos de desestabilización política, la solidaridad internacional se convierte en una necesidad urgente. Cada pronunciamiento, cada marcha en defensa de la Revolución Cubana, cada manifiesto que denuncie las agresiones contra Cuba, constituye un acto de defensa de la soberanía y de la justicia. En cambio, quienes optan por el silencio en circunstancias críticas corren el riesgo de pasar por cómplices de los enemigos de la soberanía cubana.Tiempos como estos concitan a recordar las palabras de Fidel Castro cuando el 8 de mayo de 1959 señaló: “Nuestra Revolución necesita la solidaridad de los demás pueblos hermanos (…) para hacerse más fuerte, para hacerse más firme, y para llevar adelante un programa de la más vasta dimensión”. Esa convocatoria mantiene vigencia, porque con la sobrevivencia de esta revolución sobrevive también un proyecto de soberanía, justicia social y solidaridad que vale la pena defender para Cuba y los demás pueblos del mundo.