Viernes de Feria: Este puente lo quiero cruzar

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La Feria de Sevilla, como la vida, va por etapas. La primitiva, la de la plenitud y la del ocaso. El descubrimiento, la efervescencia, el regusto de la experiencia que aún puede deparar sorpresas. El viernes de farolillos es ese puente que algunos no se atreven a cruzar y, sin embargo, se empeñan en buscar otro mar, vulgo la playa. La pasarela de los irredentos, más del mes de abril que la portada, despejada de políticos y vendedores de moda en Instagram. El principio del fin. El traje de gitana otra vez al aire en el balcón, dispuesto para el año que viene -si la moda lo permite- o el que se repite esta semana porque es el que mejor te sienta y mejor aguanta el cuerpo, tan cansado como dispuesto a dibujar la última sevillana. «Que al bailarla se me olvidan las duquelas», canta un dúo en Juan Belmonte al despuntar la tarde. Templada, que es la medida del termómetro que marca la jornada. Los hay que dirán que a medio gas; otros, seguidores del principio aristotélico de que en el término medio está la virtud, asegurarán que en el real, ayer, se estaba de categoría. Parecía de estreno el laberinto de Los Remedios al mediodía, como si el asfalto no hubiera sido pisoteado por millares de pies reventados la noche anterior. Y la otra, y la otra. Iban cuatro. La ampolla es el estigma de la flamenca. Ibuprofeno en barra , rebujito en vena y a seguir. El sol venía y se escondía, desafiante. Como si su descarga fuese a influir a un sevillano enamorado de su primavera para acudir o no a su cita con la feria. Jaja para las previsiones meteorológicas. Ni el horror tórrido que pronosticaban ni lluvia traicionera. Aguacero de manzanilla y color en mantoncillos y caireles para combinar el gris del cielo en un día más de bienvenidas que de despedidas. El foráneo en la Feria , ya sea de Madrid o de Kioto, no entiende de tiempos y éxodos. Tour de jóvenes italianos a las 4.30 bajo los arcos diseñados por su compatriota Davide Gambini. Al turista se le ve desde lejos. Como gusta exprimir la Feria, sin etiquetas ni protocolos. Pero lo hubo por la mañana con la visita de la infanta Elena, a la que en Chicuelo 12 le otorgaron la Caseta de Oro. 'Sal si puedes', rotula otra pañoleta en la misma calle. Más que un mal augurio, un lema para ella, quien agradeció la acogida y el cariño de los sevillanos, que este viernes abrazan los compromisos que más ansían. El familiar que vuelve, el compañero de trabajo al que quiere mostrar su fiesta, el que ha contraído con el colchón: ¡que mañana no hay que trabajar!, canta el grupo en la caseta de RTVA. Si la hermana del Rey se arrancó por sevillanas antes del primer plato de jamón (y de su visita obligada a la Maestranza) a la hora del té ya se escuchaba reguetón en la caseta de los herederos de la Renfe. El tren de la bruja que trae a los de la capital. El reloj del feriante no entiende de retrasos, se para en la hora que nunca olvidará. Horas de sueño robadas que ya se recuperará con pastilla de caldo. La tarde del viernes se disfruta también como ninguna del paseo de caballos , sin bulla. Con un semáforo siempre en ámbar -en el medio está la virtud-, un discurrir ágil, sin agobios - hasta un hombre en silla de ruedas se atrevió a cruzar entre los equinos ante la atónita mirada del resto- siempre bello y foco de los objetivos. En la sobremesa, los había hasta parados. 150 euros la hora. La góndola sevillana en una Torre de Babel, figurantes con mapa y cámara de fotos prendida al cuello. En la madrugada se escuchan mariachis. Regularización masiva. El sello más exótico en el pasaporte se pone nada más atravesar Asunción o bajar del C2. Fue también la de ayer una tarde accidentada . Una amazona se dio de bruces con el suelo con un real aún vacío y acabó en el hospital, aunque sin graves consecuencias. Horas después, el gran susto llegó desde la calle del infierno. La atracción del tirachinas se desprendió y dejó al límite de la desgracia a dos chavalines. Romero, Romero, que salga lo malo y entre lo bueno. Los niños también transitan por varias etapas. Se sientan en la reja o piden un algodón -cinco euros de azúcar-, juegan en el albero sin temor a perderse. Después, montaditos con tableta. Mesa infantil y digital. Dos sillitas para el que menos aguante. Traje de chaqueta en la pubertad, señas para la vuelta a la caseta de papá. En pocos años, contribuirán a hacer crecer esa anaconda de jarra que se ha hecho viral. Qué ganas de que pase esta era ya. Qué bien se está en cualquier franja del viernes, aunque sea trabajando . En la Querencia, los camareros se hacen fotos mientras se preparan para la noche, cuando la caseta se vuelve más íntima y festiva. El carrusel taurino engarza con el deportivo. Dos veces ha jugado el Betis en el desarrollo de esta Feria corta pero intensa. En la pasada llegó al éxtasis, un jueves para la historia con destino a Breslavia. Casi tan lejos e inaccesible como el estadio de la Cartuja. Si el sol y la arena no ha podido del todo con el albero, tampoco con el césped. El feriante resiste. La noche estaba aún en blanco. Y el tiempo, en el descuento.