El nene se ajusta un casco imaginario, aprieta el volante de plástico con determinación de piloto bragado en Indianápolis y mira de reojo a su padre, que desde la valla le grita instrucciones de pit lane como si cuatro euros y ocho kilómetros por hora diesen para algo más que un porrazo contra el neumático del chaval de enfrente. La criatura clava el acelerón con una convicción que ya quisieran para sí algunos titulares de escaño. En la Calle del Infierno, todo es inocuo: los coches de choque llevan medio siglo funcionando sin subvención, sin ampliación pendiente y sin comité de expertos, que ya es mérito en esta ciudad donde hasta poner una farola requiere un trienio de deliberación. A ciento veinte kilómetros de ese cacharrito, los auténticos coches locos circulan por Jerez a 350 por hora. El Gran Premio de Motociclismo coincide este año con la Feria tres días enteros –un fin de semana largo: hoy sábado de sprint y sábado de caseta, como quien mete a Scarlatti y a Los Chichos en el mismo disco–, y Ducati ha convertido la parrilla en una cosa muy suya, muy de 'famiglia': seis de las veintidós motos llevan el rojo de Bolonia, que es como presentarte en caseta ajena con la mitad de la parentela política. Álex Márquez ganó aquí en 2025 montando una Ducati satélite –Gresini, el equipo invitado que se coló en la fiesta con chaqué prestado– mientras su hermano Marc besaba el asfalto en la curva ocho y remontaba hasta un decoroso duodécimo puesto. John Frankenheimer habría disfrutado filmando aquello; su 'Grand Prix' de 1966 se queda corto ante el espectáculo de un apellido repartido entre la gloria y la grava. Pero el verdadero circuito suicida es el calendario. Semana Santa, Copa del Rey –que la Federación movió al 18 de abril con esa gracia que tiene para buscarse un lío–, Feria y Gran Premio se amontonan en veintiún días de abril, una hybris digna de un ayuntamiento que lleva tres años prometiendo ampliar el recinto ferial con un presupuesto que baila entre ochenta y ciento veinte millones, según quién firme el informe. Minucias, una oscilación del 50%. Mil casetas y mil quinientos solicitantes en lista de espera. Un metro de una sola línea. Un aeropuerto diseñado para la Sevilla de la Expo 92, no para la que espera casi medio millón de desplazamientos un fin de semana. Y Madrilucía, aquella feria sevillana en la capital que iba a costar cincuenta y cinco mil euros por caseta –sobre césped artificial, nada menos–, cancelada en marzo sin que nadie derramase una lágrima. La ciudad quiere ser grande como quien se pone un traje de dos tallas más y confía en engordar a tiempo. Este año la portada celebra a Carlos V e Isabel de Portugal, medio milenio de su boda en Sevilla, y la Calle del Infierno ha estrenado una Wild Maus de diecisiete metros que alcanza los sesenta por hora. Las franjas TEA sin ruido cumplen su segundo año, que es lo más sensato que se ha hecho aquí desde que se inventaron las papas con carne. Mientras tanto, el nene de los coches de choque duerme en el asiento trasero del coche de su padre, camino de casa por una ciudad atascada que intenta ser metrópoli con infraestructura de cabecera de comarca. Los cacharritos, al menos, nunca prometieron nada que no pudiesen cumplir.