La Feria de Sevilla cuenta con más de mil casetas repartidas a lo largo y ancho de un real que el año que viene vivirá su ampliación. Sin embargo, niguna de ellas tiene la solera ni la historia de El machacante , situada en la calle Joselito el Gallo, 26. Su rasgo distintivo radica en que este año alcanza sus cien ediciones y la próxima primavera celebrará su centenario, algo que no pueden decir los socios de ninguna otra, por lo que es la decana de la Feria con todo lo que ello conlleva. Su origen se remonta al año 1925, cuando varias familias dedicadas al Comercio en Sevilla comenzaron a dar forma a la idea de una caseta propia que estrenaron en la edición de 1927. Hasta su nombre es un vestigio histórico de este pedacito de historia viva que permanece cada año en el real. Proviene de la primera cuota anual que se estipuló entre los socios: cinco pesetas, un duro, que por aquella época era conocido como un machacante. La Feria ha cambiado mucho desde entonces. Como señalan los responsables de la caseta, en aquellos primeros años, los socios de la misma, como buena parte de quienes acudían a la Feria, lucían sobre la sien un sombrero de ala ancha, fueran o no vestidos de corto. Ya en aquel momento había música en vivo en el real, ya que muchos grupos ofrecían a las casetas juergas flamencas que iban desde sevillanas hasta bulerías, pasando por rumbas u otros palos del flamenco. El machacante no permanecía ajeno a ello, y en la actualidad aboga porque la música imperante sean estos mismos estilos. Respecto al apartado gastronómico , apenas había cocinas en las casetas, por lo que la costumbre en El machacante, como en tantas otras, era organizar la comida entre todos los socios, siendo en su mayor parte aperitivos a base de fiambres y chacinas más otras comidas que llevaban para comer en frío, como tortillas o filetes empanados. Todo ello, como puntualizan, regado por abundante vino fino, pues en aquella época aún la manzanilla no se había instalado en la Feria. Curiosamente, apuntan que se comía en la trastienda y no a la vista de la calle, formándose corros de una o más familias, que compartían las viandas que cada una traía. El presidente de la asociación de socios de El machacante, Manuel Caballero, achaca el éxito y la continuidad de la caseta a «la herencia recibida , el buen hacer de nuestros mayores y el respeto a las tradiciones sevillanas». Defender dichos valores se hace más sencillo para muchos miembros que llevan desde niños metidos en la caseta: «El machacante nos ha visto crecer a muchos. Aunque las personas cambien, el espíritu se mantiene». Querer a la Feria y cuidarla no es una opción para los socios de la caseta decana del real. «Ahora llega la savia nueva y le transmitimos esa misma forma de sentir la Feria y la caseta». El relevo está asegurado en un rinconcito de la Feria en el que, a pesar del bullicio, todo el mundo se lo pasa bien. Los responsables de El machacante definen a su caseta como «tradicional, feriante y sevillana». Lejos de quedarse en el tópico, su marcada personalidad la ha llevado a conseguir infinidad de premios a lo largo de los años. Su decoración se basa en los encajes y un mobiliario noble, desde repisas pintadas con pan de oro, cornucopias, espejos, cortinas de encajes y lámparas de bronce hasta sillas y mesas sevillanas. Defienden que todo esto es «reflejo de la historia de muchos machacantes que las pintaron, arreglaron o colgaron en su momento». La historia se desparrama por todos los rincones de una caseta donde parece detenerse el tiempo. «Es un lugar donde hay tanta historia y tradición que poco espacio dejan a la novedad, pues esta solo afearía la belleza actual de la caseta», señala el presidente. Un siglo de anécdotas daría para rellenar un periódico, pero algunas son particularmente llamativas. Caballero hace balance al respecto: «Hemos tenido un poco de todo. Desde visitas ilustres de toreros y artistas e incluso del Rey Humberto de Italia, que al pasear por el real se quedó prendado de esta caseta». También apunta que ha habido «vivencias menos agradables, como el incendio de 1964 , aún en el Prado de San Sebastián. El machacante fue arrasado por las llamas y lo único que se libró fue nuestra insignia, que aún quemándose las manos fue salvada por un socio. Esta insignia es un machacante, una representación del duro que circulaba en el año 1927. Está forjada sobre una tapa de un tonel que por detrás aún guarda el hollín de aquel fuego». No sólo con experiencias gratas se forja la historia, que en el caso de El machacante también está marcada por el fuego, pero que renació cual ave fénix feriante hasta nuestros días. Curiosamente, aquel año de 1964 también se dio la circunstancia de que «la mala suerte de no poder trasladar la pianola de la caseta al recinto ferial se convirtió en la fortuna que la libró de quemarse en el incendio». Además, dicha pianola sigue funcionando en la actualidad, con varias sevillanas y pasodobles, siendo una la últimas pianolas que quedan en Sevilla en ese estado. La noche del pescaíto es uno de los momentos más destacados para los socios de esta caseta: «Es la noche de los socios, en la que nos reunimos para cenar, sin invitados y con menos masificación. Decir cuáles son los momentos más especiales no es fácil en la Feria. Lo cierto es que esos momentos no se buscan ni se planean, surgen y si no estás te lo pierdes. Esa es la magia de la Feria». Una magia de la que El machacante lleva un siglo siendo no sólo testigo, sino partícipe, evolucionando de la misma forma que lo ha hecho la propia Feria de Abril y tratando de preservar en la medida de lo posible la esencia y el espíritu con que fue fundada. Así que pasen otros cien años.