Cada año, cuando llega el Día del Libro, tengo la sensación de estar ante una propuesta desmembrada. Una suma de actos sin hilo conductor, sin un modelo reconocible, donde —paradójicamente— escritores, editores y lectores terminan siendo los últimos personajes del relato. Hay actividad, sí, pero cuesta encontrar el sentido de conjunto, el pulso de ciudad que debería acompañar una fecha