El dilema alemán de la ballena varada: rescatarla en helicóptero, dejarla morir o erigir un monumento

Wait 5 sec.

«Timmy ha abierto la boca para cenar», es la última hora que ofrece el sistema de información a medios de Mecklenburg-Vorpommern sobre la ballena jorobada que lleva varada frente a la isla Poel, en Alemania, desde finales de marzo. Klaus Kraft, del equipo de rescatadores, asegura que «está profundamente relajada, le ofrecieron algo de comer otra vez y abrió un poco la boca, es buena señal«. A pesar del tiempo transcurrido, la tensión informativa no disminuye. Sigue habiendo un nuevo plan de rescate aproximadamente cada doce horas, en promedio, y la última aportación a la lluvia de ideas, entre los cientos de correos electrónicos que reciben a diario las autoridades locales, es una propuesta para elevarla colgada de un helicóptero, sobre la que todavía debe pronunciarse al respecto la Comisión Ballenera Internacional, que por lo visto existe desde 1946 y tiene su sede en Cambridge. Por el momento, la iniciativa privada de rescate, financiada por dos empresarios alemanes, sigue trabajando en la retirada de arena bajo el cuerpo del cetáceo, con la esperanza de que salga de nuevo a flote, aunque el ministro regional de Medio Ambiente, Till Backhaus, que a sus 67 años aguanta el tirón del mayor reto político de su carrera, ha vuelto a debatir ese plan en dos reuniones solo esta tarde, con Felix Bohnsack, director técnico de la iniciativa, y con un pequeño grupo de veterinarios que se ha acercado hoy hasta la ballena. Una de ellos, Kirsten Tönnies ha celebrado que «sorprende que su estado de salud siga siendo tan bueno, si piensas en que lleva ahí semanas, y estado de su piel ha mejorado». En la última rueda de prensa del día, actualmente son dos o tres, Backhaus ha anunciado que quiere erigir un monumento a Timmy en la isla de Poel, que servirá como »recordatorio para el pueblo». Está pensando en una figura de bronce. Timmy tiene ya su comité técnico, su guerra de expertos, su equipo de voluntarios épicos y su ministro estrella. Bien pensado, sólo le faltaba el monumento. Lo que empezó como un incidente biológico se ha convertido en un thriller nacional y en experimento de ingeniería improvisada de tal notoriedad que los equipos políticos de spin doctors en Berlín comienzan a advertir un peligro electoral. Si la historia se tuerce, puede repercutir negativamente en alguna candidatura o convertirse en arma arrojadiza en las elecciones regionales de septiembre. A estas alturas, no resulta inimaginable que Timmy llegase a tener para entonces su propio partido. El rescate de Timmy, de hecho, ha llegado a la política. Varias organizaciones cercanas a Los Verdes denuncian abiertamente el «maltrato». El partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD), acusa a Backhaus de usar a la ballena para ganar votos. También comienzan a quejarse los empresarios. Según t‑online, los restaurantes y hoteles de la isla han visto caer sus ingresos hasta un 60 % porque los turistas no quieren ahora comer pescado, la base de su oferta. Y los habitantes, que al principio estaban emocionados, comienzan a suspirar por recuperar su vida normal. La situación, al cierre de esta edición, es la siguiente: Timmy está recostada en una especie de «bañera» excavada por los rescatistas, moviéndose lo justo para demostrar que sigue viva. El nivel del agua sube y baja, los buzos entran y salen, los excavadores excavan y re‑excavan, y Backhaus repite como un mantra que no puede aprobar ningún plan hasta que reciba un concepto técnico completo, algo que, al parecer, es más difícil de obtener de lo que pudiera suponerse. Además del helicóptero, se está valorando la posibilidad de transportar a Timmy en una barcaza de 15 metros, que avanza a cinco nudos y que todavía está de camino desde Hamburgo. Lo más interesante de la jornada, por otra parte, es una aportación científica. Nadie sabe cómo un experto navegante como la ballena jorobada puede haberse desorientado hasta el extremo de encallar varias veces en el Báltico, un área que no es siquiera su hábitat. Y el biólogo estadounidense Jesse Granger ha explicado que utilizan campos magnéticos para dirigirse con seguridad desde los cálidos cuarteles de invierno hasta el Atlántico Norte. Pero resulta que, si se producen fuertes llamaradas solares, como podría haber sido el caso, pueden alterar su brújula. Cuando las partículas cargadas confunden los campos magnéticos, el sistema natural de guía falla y se acumulan movimientos erróneos en aguas costeras como el mar Báltico.