Durante décadas, el Ejército de Estados Unidos consideró sus radares TPY-2, los ojos del sistema de defensa antimisiles THAAD, como activos casi intocables. Desplegados en puntos estratégicos de Oriente Medio, estos sensores de banda X rastrean cabezas nucleares y misiles balísticos a miles de kilómetros de distancia. Que Irán haya logrado dañarlos cambia las reglas del juego en una región donde la superioridad tecnológica estadounidense se daba por sentada.El problema no es solo material. Un radar TPY-2 destruido o inutilizado deja un agujero enorme en la arquitectura de defensa por capas que protege a las bases y a los aliados de Washington en el golfo Pérsico. Sin esos ojos electrónicos, los interceptores del THAAD y del Patriot operan a ciegas ante un ataque, incapaces de distinguir amenazas reales de señuelos a la velocidad que exige un misil balístico.Irán no improvisó. Sus fuerzas combinaron salvas de misiles balísticos con oleadas de drones y misiles de crucero de largo alcance, obligando a las defensas estadounidenses a gastar interceptores contra amenazas baratas mientras los misiles más rápidos y letales se colaban entre las grietas. Es la misma lógica de saturación que ya probó contra Israel, pero esta vez apuntando al corazón del escudo que protege a las tropas norteamericanas.Saturación y agotamiento: la estrategia que funcionóSegún publica Breaking Defense, el verdadero peligro no fue un solo impacto aislado, sino la combinación de ataques simultáneos diseñados para agotar la munición de los sistemas defensivos. Cientos de misiles fueron interceptados con éxito, pero los misiles de crucero y los drones de largo alcance penetraron con mayor frecuencia que los balísticos. Cada interceptor gastado en un dron de pocos miles de dólares es un interceptor que falta cuando llega un misil a velocidades superiores a Mach 10.Los arsenales de interceptores se vaciaron con una rapidez que preocupa a los planificadores del Pentágono. No se trata solo del coste por disparo, como señaló el analista Tom Karako, del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), sino de mantener la capacidad operativa cuando las oleadas de ataque se suceden durante horas. La producción actual de munición no alcanza para reponer lo que se consume en escenarios de ataque sostenido como el iraní.Un excomandante de baterías Patriot ya advirtió semanas antes de que las reservas se desangraban a un ritmo insostenible. Sus palabras resultaron ser proféticas.Lo que revela sobre la vulnerabilidad del THAADEl sistema THAAD fue concebido para interceptar misiles balísticos en la fase terminal, cuando ya caen hacia su objetivo. Su radar TPY-2 puede operar en dos modos: uno de vigilancia amplia y otro de seguimiento preciso para guiar interceptores. Perder uno de estos radares no solo afecta al THAAD, sino a toda la red de defensa antimisiles por capas que integra sensores de distintos sistemas.Irán ha demostrado que conoce la ubicación de estos activos y que posee misiles capaces de alcanzarlos. El misil Khyber, según fuentes iraníes, podría volar a velocidades hipersónicas que dificultan cualquier interceptación. Aunque las cifras exactas de Teherán son discutibles, la realidad es que al menos parte de sus proyectiles lograron superar las defensas más avanzadas de Occidente.La lección para el Pentágono es clara. No basta con tener el mejor interceptor si el adversario puede lanzar más misiles y drones de los que se pueden derribar. Israel ya ha comenzado a reforzar su producción de interceptores Arrow ante la presión iraní, y Washington afronta ahora la misma urgencia. La producción de municiones necesita acelerarse, los sistemas de defensa de corto alcance contra drones (SHORAD) siguen sin recibir la financiación que reclaman desde 2017, y la doctrina de defensa aérea debe repartirse entre todas las ramas del Ejército.Si las reservas de interceptores se agotan contra Irán, ¿qué quedaría disponible en un hipotético conflicto con China?