Una profesora de Historia explica cómo se aguantaba el frío en la Edad Media: «Las casas siempre estaban...»

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En pleno siglo XXI, cuando llega el frío invierno, lo tenemos tan fácil como encender la calefacción y calentar el hogar en cuestión de minutos. Además, la ropa moderna está diseñada con materiales ligeros que aíslan muy bien del frío, permitiendo mantener el calor sin necesidad de llevar capas pesadas e incómodas. Pero ¿cómo aguantaban el invierno hace unos siglos? Sobre este tema ha hablado recientemente Nuisia Raridi, una profesora italiana de Historia que se dedica a compartir curiosidades sobre el pasado a través de su cuenta de Instagram. En uno de sus vídeos más recientes, la experta ha explicado cómo sobrevivían al invierno en la Edad Media, una época en la que las condiciones eran especialmente duras. Según explica Nuisia, sobrevivir al invierno no era tarea sencilla. En primer lugar, porque las sociedades medievales eran predominantemente agrícolas, lo que convertía al invierno en una época de inactividad y escasez. Pero, además, la mayoría de las viviendas no estaban preparadas para soportar las bajas temperaturas. En este sentido, uno de los problemas más grandes era la falta de cristales en las ventanas. En su lugar, se utilizaban contraventanas de madera o telas enceradas para cubrir los huecos, lo que creaba un dilema constante: dejar entrar la luz junto con el frío, o mantener la oscuridad para protegerse del aire gélido. Según la experta, el vidrio era un material caro y poco común, utilizado exclusivamente en las catedrales a partir del siglo X, pero que no llegó a las viviendas privadas hasta después de 1300, y solo en las casas de las familias más acomodadas. Tampoco había chimeneas tal y como las conocemos hoy. Según explica la historiadora, las chimeneas comenzaron a desarrollarse en el siglo XIII, probablemente en la antigua República de Venecia, pero antes de eso, el fuego se encendía directamente en el centro de la habitación. El humo salía por agujeros en el techo, llenando la estancia de humo y creando un ambiente sofocante. Además, la construcción de las viviendas tampoco ayudaba a retener el calor: la mayoría de las casas eran de madera mal aislada, lo que hacía que el frío se colara por cada rendija. Por la noche, mantener el fuego encendido era peligroso, por lo que la única opción era abrigarse al máximo para dormir. La gente usaba mantas pesadas y gorros de dormir para cubrirse la cabeza, ya que una gran cantidad de calor corporal se pierde por esta parte del cuerpo. En algunos casos, las familias compartían la misma cama para conservar el calor, una práctica común en las clases bajas. Para las familias más ricas, sin embargo, existía una solución mucho más práctica: las camas con dosel.