Operación Ghazab lil-Haq: una declaración de guerra de Pakistán al Afganistán de los talibanes en un contexto probable de escalada regional

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El 27 de febrero de 2026, el ministro de Exteriores de Pakistán, Khawaja Muhammad Asif, declaró la guerra abierta al Afganistán de los talibanes. Estos pasan así de alumnos aventajados a adversarios irreconciliables. Durante años, los talibanes funcionaron como instrumento de la política exterior pakistaní, pero recientemente, han pasado a ser percibidos como una amenaza de seguridad. Tras establecerse en la ciudad de Quetta después de su huida en 2001, donde eran considerados activos para alcanzar la profundidad estratégica ambicionada por Islamabad, los talibanes afganos se rebelaron contra el establishment pakistaní una vez recuperado el poder en Kabul en agosto de 2021.Una historia de enemistad y legados coloniales envenenadosDesde la independencia de Pakistán, Afganistán ha rechazado la Línea Durand, la frontera trazada en 1893 por los británicos. La división de población pastún a ambos lados de la frontera llevó al gobierno de Kabul a vetar la entrada de Pakistán en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1947. Aunque el veto se levantó poco después, la persistencia de la idea de un Pastunistán unificado promovido por el gobierno afgano, alimentó el temor pakistaní a posibles secesiones de pastunes y baluchíes, a los que también apoyaba el gobierno afgano. Además, Pakistán estaba luchando con la India por la anexión del territorio de Cachemira.En este contexto, el gobierno pakistaní comenzó a usar el islamismo como instrumento para contrarrestar los nacionalismos periféricos, laicos, aunque culturalmente musulmanes, con el objetivo de consolidar un Estado cuya identidad nacional había sido construida a través de la religión. Esta instrumentalización del islamismo ha creado aberraciones que, desde la invasión soviética, la guerra civil afgana y la lucha contra la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), produjo una multiplicidad de grupos armados y de interpretaciones radicalizadas del islam político.El trauma de la guerra de 1971 y la independencia de Bangladés reforzaron la percepción del establishment pakistaní de que los nacionalismos regionales constituían una amenaza existencial comparable a la de la India. La pérdida de la mitad de su población y parte de su territorio intensificó la represión contra pastunes y baluchíes, en una dinámica que perdura hoy día.En paralelo, Pakistán cultivó a los talibanes afganos como herramienta de política exterior frente a la India, para mantener su flanco occidental despejado, pero esta estrategia generó consecuencias imprevistas. Mientras algunos grupos afines eran útiles como insurgencia en Cachemira, otros, tras vencer a los soviéticos y regresar de Afganistán, rechazaron las alianzas de Pakistán con Occidente y dirigieron su violencia contra el propio Estado.Un efecto de esa política arriesgadaEn 2007 surgió el Movimiento Talibán Pakistaní (Tehrik-e Taliban Pakistan, TTP) como reacción a la masacre en la Mezquita Roja de Islamabad, inspirado tanto en los talibanes afganos como en la Red Haqqani. La violencia desplegada por el TTP dejó a todos atónitos cuando asesinaron a más de 100 niños y sus profesores en una escuela de Peshawar en 2014. Pakistán persiguió a sus miembros, pero la frontera porosa que otrora fuera útil para infiltrar muyahidines hacia Afganistán, también lo era en la dirección contraria.La experiencia adquirida por el TTP en dos décadas de combate junto a actores como los talibanes afganos, los Haqqani y Estado Islámico del Gran Jorasán, lo ha convertido en un duro contendiente. El vacío legal internacional en el que quedó Afganistán tras agosto de 2021 les ha proporcionado un santuario desde el que operar y perseguir el mismo objetivo que logró su contraparte afgana: derrocar un gobierno que consideran antiislámico.Pese a las presiones de Islamabad, las autoridades de facto en Kabul no han actuado contra el TTP. Los talibanes afganos, convencidos de ser los justos vencedores de la guerra contra Occidente, y afirmados en su agenda revisionista, se han negado reiteradamente a reconocer la Línea Durand y han llevado a cabo incursiones contra puestos fronterizos pakistaníes. La relación ha pasado así de una alianza instrumental a una enemistad abierta.Con la India siempre en menteLa India sigue siendo una variable central en el pensamiento estratégico pakistaní. Islamabad sostiene que Nueva Delhi respalda al TTP y a grupos insurgentes baluchíes, de una forma similar al apoyo que dio a la Mukti Bahini (el Ejército de Liberación) en 1971 en la guerra de Bangladés. Aunque Pakistán presentó en 2020 un dosier a la ONU con “pruebas irrefutables” del respaldo de la India a estos grupos, no existe corroboración independiente concluyente.Más allá de que sea o no plausible, el problema de Pakistán es su incapacidad de reconocer que buena parte del desafío insurgente al que hace frente deriva de la política de instrumentalización islamista. La visita a la India en octubre de 2025 del responsable de exteriores de facto talibán, donde apoyó implícitamente las reclamaciones indias sobre Cachemira, además de las tensiones con China respecto de los ataques contra el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC, por sus siglas en inglés), han reforzado en Islamabad la percepción de que los talibanes afganos son un activo indio.Tras la supuesta mediación del presidente Donald Trump en el enfrentamiento militar entre la India y Pakistán de mayo de 2025, Pakistán ha experimentado un acercamiento a Estados Unidos (EEUU). Pero, por otra parte, a pesar de la adulación del primer ministro pakistaní, la reciente visita del primer ministro Narendra Modi a Israel y su buen entendimiento con el gobierno de Benjamín Netanyahu, impide una clara alineación del gobierno de Washington a favor de Islamabad.El escenario empeora: ataque a IránEl ataque conjunto de EEUU e Israel contra Irán el 28 de febrero, añade un grado adicional de volatilidad regional, complica cualquier intento de reconciliación afgano-pakistaní y entrelaza aún más las dinámicas del sur de Asia con las de Oriente Medio. Tanto Pakistán como Afganistán están en posiciones de debilidad –el primero aislado, el segundo sin reconocimiento internacional–, lo que incrementa la probabilidad de mayor desestabilización como consecuencia de la potencial caída del régimen iraní y por la multiplicidad de actores no estatales armados que operan en las fronteras comunes.  Del patrón de enemistad afgano-pakistaní y las dinámicas regionales, surgen escenarios probables. Uno tiene que ver con la dificultad de mediación de Irán y Qatar, donde China aparece como un posible mediador si lograra convencer a ambos gobiernos de los beneficios de una estabilización. Esto permitiría reactivar el CPEC, cuyo efecto ha sido más limitado de lo esperado desde su lanzamiento en 2015 y cuya eventual extensión a Afganistán requiere una relación bilateral pacífica.Dada la importancia de la resiliencia económica frente a la instrumentalización de la economía por parte de EEUU y China, la conectividad regional se reorganiza en torno a corredores que eluden Pakistán y refuerzan la capacidad de la India para proyectarse hacia Asia Central, Asia Occidental y Europa. La convergencia estratégica e ideológica entre Israel y la India puede facilitar el avance del Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa (IMEC, por sus siglas en inglés). Asimismo, un eventual cambio de régimen en Irán (si no desemboca en un escenario a la iraquí en 2003) puede reabrir oportunidades económicas que reaviven los proyectos indios de proyección hacia Asia Central. El Corredor Internacional de Transporte Norte-Sur (INSTC, por sus siglas en inglés), desde el puerto de Chabahar en la costa iraní, conectaría por una parte a Asia Central con el océano Índico y, por otra, a la India, Irán y Afganistán con ésta.Asimismo, un eventual cambio político en Afganistán, aunque incierto, no puede descartarse en un contexto de reconfiguración regional más amplia. Sólo puede ser una posibilidad si Trump viera algún incentivo en este cambio. El presidente chino Xi Jinping tal vez tendría más que decir, puesto que un triunfo de los proyectos liderados por la India puede hacer reaccionar a China más que la naturaleza del gobierno talibán. Aunque la incapacidad mostrada para reinar en determinados grupos insurgentes preocupa a Pekín, que no tiene garantías de que esta amenaza sea contenida en las fronteras afganas.Un factor para tener en cuenta se refiere al acuerdo de defensa entre Arabia Saudí y Pakistán de 2025, al que se quiere sumar Turquía, que ofrece una capacidad disuasoria limitada. Aunque en el texto firmado por Riad e Islamabad aparece la idea de que “un ataque contra uno de los dos será considerado un ataque contra ambos”, resulta poco probable que el primero acuda en apoyo del segundo, como demuestra su ausencia de reacción en esta ocasión. Conscientes de su dependencia de la seguridad proporcionada por EEUU, los países árabes del Golfo tienen pocos incentivos para confiar en la disuasión estadounidense. Además, pese a su rivalidad con Irán, rechazan una guerra convencional en la región y mantienen estrechos vínculos económicos y estratégicos con la India.La disonancia entre la lectura que Pakistán hace de la amenaza y los cambios a su alrededor hacen que Islamabad sean incapaz de interpretar la respuesta de Afganistán, así como de relacionarse con los países árabes del Golfo e Irán, sin que su antagonismo hacia la India forme parte íntegra de sus cálculos. Es por ello poco probable que las crisis fronterizas entre Afganistán y Pakistán o Pakistán y la India sean resueltas de forma bilateral o a corto y medio plazo, siendo más probable que sean crisis recurrentes con potencial de escalada.Autor: Ana Ballesteros PeiróLa entrada Operación Ghazab lil-Haq: una declaración de guerra de Pakistán al Afganistán de los talibanes en un contexto probable de escalada regional se publicó primero en Real Instituto Elcano.