Gisèle Pelicot: «Quiero ver al señor Pelicot y preguntarle por qué me ha hecho esto»

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El 2 de noviembre de 2020, Dominique y Gisèle Pelicot desayunaron juntos como cada mañana, con las noticias de la radio de fondo. Ella dijo: «hoy mi hermano hubiese cumplido sesenta y nueve años». Él suspiró y soltó: «no me gusta noviembre». Al rato se subieron al coche y él condujo hasta la comisaría de Carpentras, donde tenía una vista. Ella lo quiso calmar: no te preocupes, será una formalidad. Él sabía que no era así. Aquella mañana de noviembre, ella lo vio entrar en la comisaría, pero no salir. Un suboficial le pidió entonces que describiera la personalidad de su marido. «Un hombre bueno y amable. Un tipo genial, por eso seguimos juntos», aseguró ella. La respuesta la descolocó: «Voy a mostrarle fotos y vídeos que no van a gustarle». Esa frase fue el inicio de una historia de violencia sexual que dio la vuelta al mundo: durante una década, su marido había estado drogándola y violándola en secreto, e invitando a casa a desconocidos que conocía por internet para que también abusaran de ella. Todo estaba grabado. Hubo más de ochenta violadores, aunque solo pudieron juzgar a cincuenta y dos. Durante el juicio, celebrado a puerta abierta, Gisèle Pelicot se convirtió en un símbolo de la lucha feminista. Ahora cuenta su historia en 'Un himno a la vida' (Lumen), un libro escrito con Judith Perrignon donde narra su historia y recuperación, y que ahora presenta en España. La cita con Pelicot es en la residencia del embajador de Francia en Madrid, un palacete en la calle Serrano en el que entra una luz limpia. Ella aparece en traje de chaqueta oscuro, muy serena. En la solapa lleva una chapa roja que reza: «Shame must change sides». O sea: la vergüenza debe cambiar de bando. —Señora Pelicot, ¿cómo está? —A día de hoy estoy mucho mejor, por supuesto. Después de toda esta exposición mediática del juicio quería aislarme un poquito, estar en un lugar en el que pudiese estar más tranquila y recuperarme. He podido reconstruirme de mis ruinas. Había caído muy hondo… Ha sido como renacer de nuevo. Pero yo estoy aquí porque me han ayudado. —¿Cómo ha sido esa recuperación? —Me han hecho falta casi cinco años y el final del juicio. Cuando tienes tantos años de procedimientos judiciales es difícil recuperarte. Me encontraba constantemente con nombres de personas detenidas que me habían hecho una serie de cosas mientras estaba sedada: sientes como que te vuelve a suceder. Es complicado enfrentarse a sus miradas en el momento del juicio. Por suerte, abrí las puertas del juicio. Si no, hubiese sido mucho más doloroso. Pero tuve la oportunidad de estar acompañada de todas esas mujeres que me apoyaron a través de miles de cartas. Nunca me hubiese imaginado la amplitud que tuvo el juicio. Pero a medida que hablo con periodistas me doy cuenta de que esto es universal, que toca a muchísima gente, que muchísimas mujeres han sufrido cosas así. —En un primer momento quería que el juicio fuese a puerta cerrada para evitar la exposición pública, ese dolor, pero luego tomó la decisión contraria, que fue abrirlo y convertirse en un símbolo del movimiento feminista. —Tardé mucho en tomar esa decisión. Como todas las víctimas de violencia sexual, yo tenía vergüenza, me aislaba, me infringía sufrimiento. Las víctimas de estos crímenes atravesamos muchos momentos que no son evidentes, y es necesario recordarnos que no somos culpables de nada. La decisión la tomé pocos meses antes de este juicio. Hubo un momento en el que dije: «no, hay que quitar el velo sobre la sumisión química y la violencia contra las mujeres». Hacerlo a puerta cerrada hubiera sido un regalo enorme para los acusados. Estamos hablando de hombres de entre veinte y setenta años… Ellos son los culpables, no las víctimas. Y ellos son los que deberían sentir vergüenza. —Ellos tenían edades y perfiles muy distintos. Parece que podían ser cualquiera. —Cuando les ves juntos piensas que esto lo podía hacer todo el mundo: tu vecino, tu hermano o tu marido, que es lo que me ha sucedido a mí. Pero tampoco hay que hacer una amalgama de estos individuos. Ellos estuvieron conectados a través de una página web para violar a una persona totalmente sedada. Sabían a lo que iban, sabían el protocolo: lavarse las manos con agua caliente, no fumar, no perfumarse. Venían con toda la intención de violar a una mujer inconsciente. A lo largo del juicio ellos intentaron decir que no, que no era su culpa, que no eran culpables. Pero se les reconoció como culpables. Fue una victoria para mí; yo no estaba sola. Tenían a todas las mujeres que estaban fuera, que me apoyaban y que también conocían el mal. Fue mi juicio, pero también el suyo. Tuve la suerte de poner mi historia como un ejemplo y mi nombre como un estandarte. Fue una responsabilidad. —Había más de ochenta implicados, aunque solo pudieron identificar a cincuenta y dos. ¿Qué imagen da de nuestra sociedad que algo así pueda ocurrir? —Que es fácil conectarse con un seudónimo a una página web y cometer un crimen. Eso dice cosas de ellos, de la sociedad de hoy, pero insisto: no hay que hacer la amalgama de todos los individuos. —¿Cree que hay un antes y después de Pelicot en los casos de violencia sexual y sumisión química? —Creo que la vergüenza está cambiando de bando, pero todavía hay que hacer muchas cosas. Hay que atravesar barreras culturales, hay que tener mucho cuidado, estar vigilantes. Quiero decir: cuando te levantas por la mañana y no recuerdas lo que has hecho la noche anterior, tómate el tiempo de ir al médico a que te hagan un análisis de sangre y de cabello. Hay que hablar, hay que denunciar, hay que tener confianza en una misma y no aislarse: eso es lo más importante. —En el libro relata cómo lo sucedido hizo saltar por los aires su vida, y también su familia. De alguna forma los separó. —Esta historia nos ha repercutido a todos. Todo el mundo ha intentado reconstruir su vida como ha podido. Hemos trabajado con un psiquiatra, ahora estamos en la vía de la sanación, pero nunca vamos a poder olvidar lo que nos ha pasado. Es una cicatriz que va a estar ahí, presente toda nuestra vida. Por suerte ahora estamos todos juntos y conectados. —La que más se distanció fue su hija, Caroline Darian. —Ahora nos telefoneamos mucho, hemos pasado muchos días juntas. Nos vamos a ver este sábado, y el domingo vamos a pasar el Día de la Mujer juntas. Pero ha hecho falta tiempo para que estemos así. Hemos necesitado la distancia, porque creo que cada uno tiene una forma distinta de aprender de esta historia. Por respeto entre unos y otros pusimos esa distancia. También era una manera de proteger a mis hijos. Yo no quería que les llegase tanto sufrimiento. No era para ellos. —En el libro asegura que le gustaría hablar con el señor Pelicot y preguntarle por qué, buscar respuestas. No sé si lo sigue pensando. —Sí, sin duda: no doy marcha atrás, no soy esa persona. Y soy más fuerte a día de hoy que lo que era antes. Quiero encontrarlo, quiero verlo, quiero hacerle preguntas: por qué nos ha hecho esto, por qué nos ha traicionado, por qué nos ha hecho tanto mal. Y espero que me mire a los ojos y me responda. —El caso estalló gracias al vigilante del supermercado que retuvo a su exmarido. —Lo sorprendió haciendo fotos debajo de las faldas de las mujeres. Fue fundamental que llamara a la policía para que fuera allí. Estamos hablando de una persona de sesenta y tantos años, podría haberlo dejado... Pero él insistió. Y me salvó la vida. Lo he vuelto a ver y le he dedicado mi libro. Otra persona que me ayudó fue el policía que me atendió en comisaría. Me dijo que fue el momento más difícil de su carrera, porque sabía que iba a destrozar mi vida cuando me lo anunciase. También él me salvó la vida. También le quiero dar las gracias. —Dice que le han salvado la vida. ¿Cree que si no hubiera estallado el caso no estaría aquí? —Estoy convencidísima. Si el señor Pelicot no hubiese sido detenido, él no hubiese parado. La sedación a la cual me sometía estaba entre los 5 y 8 miligramos de Zolpidem, además de otros medicamentos. Creo que en algún momento mi cuerpo hubiese fallado, porque perdí muchísimo peso… Sí, sí, me salvaron la vida. Sin duda. —¿Le quedan secuelas físicas de lo sucedido? —En noviembre me operaron de un papiloma humano, me hicieron una biopsia: estaba en un estadio precanceroso. Pero a día de hoy estoy bien: estoy mejor, estoy muy contenta de estar viva. De vivir. —Me ha sorprendido leer que incluso ha conseguido volver a enamorarse. Con lo que le ha ocurrido cualquiera pensaría que la respuesta lógica sería odiar a todo el género masculino. —Creo que la ira, el odio y la cólera no sirven para nada. Yo creo que, a día de hoy, estamos hechos para compartir, para vivir en armonía con los hombres y las mujeres. Estamos hechos para vivir juntos, con educación, con respeto, con atención hacia el otro. Estoy convencida. —Eso se nota en el libro: el tono es sereno. No hay odio en el relato. —Es mi vocabulario, mi manera de comportarme. No hay ni odio ni cólera porque eso es lo que lo fomenta más. Lo que intento hacer es transmitir esperanza, amor, paz. Creo que eso es lo que necesitamos en estos tiempos que estamos viviendo. Son tiempos de ansiedad y necesitamos esperanza y paz. —Por cierto: ¿cómo lleva la exposición pública de haberse convertido en un símbolo? —Tengo 73 años: sé quién soy, sé de dónde vengo. No me siento un icono ni un símbolo. Una historiadora ha dicho que soy una despertadora de conciencias... Bueno, soy una mujer sencilla que lo único que hizo fue oponerse a cerrar las puertas del juicio. Soy una de esas mujeres que caminan por la calle. —Una de las preguntas que arroja el libro, y casi de las más incómodas, es qué se hace con todos esos recuerdos felices de la vida pasada. ¿Dónde los ha colocado ahora? —Es difícil, porque estamos hechos de recuerdos. La vida no se revive. Yo he pensado que esos cincuenta años con el señor Pelicot no eran una mentira, porque si no no hubiese podido seguir viviendo. Es mi manera de funcionar. No digo que sea fácil para todo el mundo. Yo he guardado los buenos recuerdos. No olvido lo que hizo, pero intento guardar los buenos momentos, porque no podemos olvidarnos. Yo elegí al señor Pelicot. Viví con él y tuve tres hijos con él. Y no puedo olvidar todos los buenos momentos que pasé con él y con mis hijos. Pero tampoco olvidaré lo que hizo.