La luz de Aguado entre las sombras de Morante

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Entramos a la plaza más viejos, más rotos, más heridos. No habían transcurrido ni 24 horas de lo de José Antonio -que ya no es nombre, sino verbo- y nos parecía una eternidad. Tuvo que resucitar el toreo que abarcaba siglos para que los demás muriésemos un poco. Porque mientras Morante se hacía inmortal todos nos hacíamos más carnales, más pequeños… Éramos tan solo hombres, tan solo mujeres, conmovidos detrás de la sombra de lo imperecedero. El de La Puebla nos había devuelto la sonrisa durante viente minutos -que marcarán la historia de la tauromaquia- para después dejarnos desnudos, sin respuesta… ¿Qué se hace cuando un maestro ha cosido el toreo entero con hilo de oro en un ruedo que... Ver Más