Por diferentes motivos, casi todos de rango intelectual, me he obligado a no asistir a la presentación de «Amarga Navidad», la última entrega de Pedro Almodovar. Antes de llevarme una sorpresa, preferí estar atento a otras críticas y luego poner en relieve mi opinión, sin que esto signifique ser destacable, ni siquiera sobresaltar mis comentarios sobre el resto y acabe sepultada mi valoración sobre la película de antemano. Y en esto cae en mis manos la crítica de Carlos Boyero, al parecer un funcional hedonista que establece el placer como fin y fundamento de la vida que concibe. Inopinadamente, existe un eslabón que rompe la cadena, y vaya usted a saber por qué, pero yo mismo, tratando de evitarlo, no lo acabo de hacer, no por ser un sustantivo cercano a mi complicidad íntima, sino porque me doy cuenta del error, intento rectificar y pongo los pies en el suelo, no porque me haga daño leer definiciones como «director vampírico», comparaciones insensibles sobre el séptimo arte, tratando de ridiculizar al ganador de dos Oscar, frente a Edward Hopper o William Shakespeare, como si ya no hubiera demostrado ser también un grandísimo retratista del alma humana, pero claro, el susodicho también tiene el arrojo de acabar la crónica con la típica gracia irónica en nombre del disparate. Muy mal señor Boyero. Hay opiniones que me adentran en el hastío y el rechazo más absoluto, incluso cuando muestro mi más sincero respeto a quienes están sitiados en una opinión distinta a la mía y se convierten en sitiadores inconvenientes por su falta de objetividad. Ahora bien, al menos garantizo que ninguno de mis sentimientos son de diseño, como define este iluminado los sentimientos de los personajes de la película del director manchego, supongo que le amarga tanta sensibilidad, conque tomo ciertos riesgos a la hora de tratar de comprender su ideario, y es que su manera de concebir el cine, obra a favor del personaje que representa, más que del opinador que quisiera ser, por lo que sostiene una polarización extrema con otros grandes directores que, si me permiten, dirigiendo obras de arte perdurables en el tiempo, sufren la asfixia afilada de su desavenencia, aun manteniendo una legión de seguidores y de la mano de estos haya hecho carrera. La subjetividad extrema de sus críticas, peculiar forma de hacer un análisis técnico, refuerza aún más mi manera de lanzarme a narrar de forma específica, y si no es recelo, debe ser algo muy alejado de una acción prejuiciosa, siempre bajo la justificación de que sin el cine su vida no tendría ningún sentido, y es que, a fin de cuentas, no sé si lo que hace es algo parecido a reflexionar sobre las decisiones personales de su existencia, parecer del que también habría muchas cosas que analizar, o sencillamente detener el piloto automático para evaluar la coherencia y la implicación de empatizar con el otro, sentimiento que, por duro que parezca, no ostenta el personaje de turno. Paradójicamente el documental que recoge su carrera se titula «El crítico». Ya me dirán. Así pues, quien habla de la obra del cineasta, debe aspirar a tener un punto de vista auténtico, y pienso que para adentrarse en el universo almodovariano, hay que cargar menos las tintas y pensar en el conocimiento que expone cada secuencia. Lo peor de la realidad de la vida es ignorar el sueño que se practica mientras se vive, entonces, o retratas un nuevo entramado en la influencia sensibilizada de sus palabras o acabarás rendido ante la desnudez inminente de sus conversaciones, y aquí es donde Boyero pierde el hilo y la emoción. No se puede ser presa del morbo, acatar la monserga como tabla de salvación y luego, a la hora de la verdad, apuntarte un tanto, eliminar la falta de escrúpulos y convertir la retórica en una forma de lógica funesta, para acabar siendo el típico ser que cuestiona sin lucidez alguna los límites entre la vida, la memoria y por supuesto la ficción, y si conviene, hablar de una obra maestra, hacer un ejercicio agostador, narcisista e insignificante, o lo que es peor, plasmar los diálogos de los personajes frivolizando con sus heridas, como si desfilaran ante unos ojos cansados de arraigar confesiones erróneas, y los ojos, señor Boyero, están para destacar la belleza del buen cine por encima de la maldad fusionada en la falta de fe y la razón de ser algo más que un mero criticador. La Lupe cantó en «Mujeres al borde de un ataque de nervios», una canción titulada «Puro teatro», y esto mismo adivino en la opinión de su personaje, teatro puro a la hora de criticar que, igual que en un escenario, finge su dolor barato y este drama no es necesario, porque la mentira tampoco le queda bien a su papel de protagonista, una bilis manchada de imposturas personales que amargarán la navidad a algún que otro director, por lejos que quede la fiesta navideña. Margarite Duras dijo; «Uno nunca debería curarse de sus pasiones», mientras que yo opino sí Boyero no debiera cuidar esa forma casposa de ejercer la crítica. Allá ustedes si atienen su gusto al despecho de un narcisista.