Sevilla ya estaba en Feria. En la calle, en los farolillos encendidos, en ese pulso que convierte la ciudad en otra cosa. Dentro, sin embargo, el guion fue distinto: el de una corrida de Núñez del Cuvillo que no terminó de romper y que obligó a mirar más al torero que al toro. Porque cuando falta la embestida, solo queda la verdad. Daniel Luque lo vio claro desde el principio. Aquello no iba de inspiración, sino de imponerse. Su primero, sin transmisión, sacó fondo, pedía firmeza más que estética. Y el de Gerena respondió como lo hacen los toreros hechos: metiéndose entre los pitones, tirando de valor, de raza, de autenticidad. Robó muletazos donde no los había y convirtió una... Ver Más