Cielo gris y encapotado. Viento. Así se levantó el ojito derecho de la gloria en el que se suponía que iba a ser el día más caluroso de todas las Ferias habidas y por haber. Se habían pregonado tanto las lipotimias y manoseado los clickbaits con adjetivos como 'infernal' o 'histórico' que parecía que el sol, harto de difamadores y agoreros, se hubiera querido borrar del martes para darle en los morros a todos los que profetizaban con sus latigazos. Para echarle más condimento al caldo de la guasa, una lluvia de calima se presentó momentáneamente al mediodía para duchar a la Feria y arreglarla, para quitarle la bata de la primera resaca y ponerla frente al espejo de su sino . No tardaron en aparecer los que configuraron coñas con la AEMET . «Están las escopetas de plomillos de los puestos de los cacharritos, el CIS de Tezanos y los meteorólogos, detrás de eso nadie. Qué tino, chiquillo», relataba un propio engominado mientras se recolocaba el puño de la camisa por fuera de la chaqueta en la calle Asunción, altura del Bar Mercedes. El laberinto de la alegría soportaba el cielo tono transistor que le había tocado. Y lo acompasaba al color que empezaba a poblar sus rincones. En la gama cromática, Sevilla es la excepción de la regla, pues combina con todo . Ya lo dijo el poeta de la voz enfraguada: se pruebe el firmamento que se pruebe, siempre es de su talla. En los jardines de infancia deberían enseñarlo. El rojo y el azul dan el morado. El azul y el amarillo rompen en verde. El verde y el rojo producen el marrón. Y lo que se ponga y Sevilla, resultan fantasía, son igual a belleza de babero, de caerse de espaldas. Da lo mismo lo que cocinen las nubes si está puesto encima de este fuego, de este caldero mágico que liga lo que le echen. Y ayer llegaban a la vitrocerámica de albero las primeras flamencas. Flores en la cabeza como faros de una hermosura perdida que venía a desembocar en este desierto de jolgorio. Mantones y volantes, bolsillos inabarcables en los que caben móviles, carteras, pintalabios, llaves, corazones rotos y primaveras enteras, con vocación de eternidad en las miradas. Llegaban también los caballos, los trajes de corto para este paraíso tan largo. Y ese sonidito precioso, politono de juergas, de los cascos contra el asfalto y el tintineo de las mulas. Y con ellos, con el ganado, también las primeras recepciones. Los políticos y sus séquitos (escoltas, periodistas, afiliados, palmeros) buscando a gente para posar . Los empresarios haciendo de anfitriones de los políticos. Y de fondo, de fondo la gente, el pueblo haciéndose pueblo en esta pedanía libre de términos, de relatos, de eslóganes. ¿Que qué es la Feria? Una de las mejores definiciones la tenían ayer en la puerta de la caseta del Distrito del Casco Antiguo. Dos señores de setenta años, guayabera uno y camisa, corbata y gafas el otro, dándolo todo en la acera como preadolescentes desbocados. Alrededor, unas cuantas mujeres de su quinta y otras pocas jóvenes. Daba igual, la pareja se lo gozaba todo lo que salía de los altavoces . Se movían como esos jugadores retirados a los que les pesan hasta las botas, a los que la velocidad y la chispa los han abandonado, pero que por arte de alguna alquimia paranormal están siempre en el sitio. Ambos, con sonrisas de las que no se ensayan, calmaban el tembleque de las manos posándolas en las caderas y clavaban los ojos disfrutones sobre las miradas que tenían enfrente. La tarde se metía en faena mientras la chavalada reconstruía los retazos de la noche anterior. «Queda absuelto en nombre de la manzanilla en rama» , le decía un colega a otro después de que éste le narrara una de las trastadas del pescaíto. Se empezaba a evocar al efecto chicle, que viene a ser ese proceso por el que los rescoldos de la papa del día previo se reavivan en el presente más inmediato, dando paso a un estado zen sostenido, como una nota musical etílica que hace equilibrio en el afinamiento. El manicomio de la cordura empezaba a llenarse cuando el viento azuzó a los árboles. El fruto de los plataneros de Indias empezó a apoderarse de la atmosfera y el polen organizó una nevada que hizo que los presentes empezaran a congestionarse. La alergia irrumpió como una epidemia en el real. Estornudos, tos, ojos rojos alfombra que hicieron que empezaran a florecer los pañuelos y las mascarillas. Alguno hasta se pegó un salto a la farmacia en busca de gotas para calmar la agonía. Pero de allí no se marchaba un alma, aunque el laberinto de la alegría hubiese mutado en el de la alergia, continuaban las filas prietas de los esclavos del coliseo del gozo. La noche calmó el sofoco y lo convirtió en euforia. Los farolillos se iluminaron como acordeones que llevaran luciérnagas dentro y las sevillanas retumbaban y se mezclaban con el toque de las cañas de los gitanos ambulantes. Báilate una conmigo, que me la debes, que me la prometiste. Y quien quiera que nos la quite, y quien pueda que nos la chore. La madrugada se metió en los cielos tangibles. Mañana, sea cuando sea eso, Dios dirá.