Hay tardes que no caben en el reglamento. Ni en el palco. Ni siquiera en la lógica. La de hoy en la Real Maestranza fue una de ellas. Porque Morante de la Puebla firmó al cuarto toro de Álvaro Núñez una de esas obras que no se explican: se sienten, se gritan, se defienden. Y Sevilla, cuando siente de verdad, no pregunta. Actúa. Aquello empezó a romperse desde el capote. A una mano, pegado a tablas, como un desafío antiguo. Después, las verónicas: lentas, hondas, con ese temple que no se aprende. Sonó la música. Y ya no hubo vuelta atrás. Morante llevó al toro al caballo entre tijerillas inversas que parecían sacadas de otra época. Tomó los palos. Y... Ver Más