Calentaba el sol de un cielo que parecía nublado mientras se sucedían los entrenamientos en la segunda jornada del Mutua Madrid Open . Pantalones y faldas parecían fundirse sobre los azules asientos de unas gradas cuya primera mitad permanecía casi vacía. Las pistas del final, la 10 en específico, era la gran protagonista por quienes en ella se ejercitaban. Jannik Sinner y Francisco Cerúndolo eran, sin atisbo de duda, los predilectos de un público que, a las tres de la tarde, no dejaba de entrar. En la pista contigua, atentas recogepelotas se deslizaban sobre la tierra batida en el juego que disputaban la ucraniana Yuliia Starodubtseva y la rusa Anastasía Pavliuchénkova en un partido de clasificación. La concentración de las tenistas amenazaba con ser interrumpida por jóvenes y adultos que constantemente aparecían en sus gradas para poder ver a los de al lado por los espacios que concedía la valla. Entrenaba Sinner y el jaleo de la audiencia poco se asemejaba al habitual silencio de los partidos. Al comienzo de su entrenamiento, los asientos estaban ya todos ocupados por curiosos y aficionados. Al otro lado, la zona habilitada para personas con movilidad reducida se abarrotaba por aficionados que no parecían tenerla y discutían los niños sobre si se podía acceder cuando, a pocos minutos del comienzo, había ya cola. Apelotonados frente a la verja, trataban de robar aunque fuese una mirada. -¿Habéis visto algo? -decía uno. -Nada -respondía su compañera mientras se marchaban sin victoria. «Es que aquí está Sinner», comentaban los de seguridad bajo un calor que parecía adherirse sin piedad sobre sus negros uniformes. No eran pocos los pequeños que trataban de franquear el control impuesto por una trabajadora para impedir una posible aglomeración. Los había extranjeros y españoles, muchos jóvenes y todavía más niños. Todos acudían con el apellido Sinner entre los dientes, apenas se escuchaba sobre Cerúndolo. «¿Nos vamos? Es imposible», se escuchaba la frustración de los tardíos. Ni siquiera alcanzaban a mirar desde fuera, pues la fila superaba ya las diez personas. Los polos rojos del 'staff' parecían cansados por la constante interrupción de gente en la pista contigua. No cesaban algunos en su empeño de observar el entrenamiento y se colaban para tratar de hacerlo donde jugaban las tenistas. -Nuestro gozo en un pozo. Pero, por dios, no jodas -aseguraba una mujer, al puro estilo castellano, al presenciar la congestión en el lugar poco después de la hora de comer. Todos querían ver al gran favorito, a pesar del calor y sin hacer caso al hambre o, aquellos con más suerte, tras haberlo saciado. Aplaudían cuando metía un punto y, en contadas ocasiones, el sol izaba la bandera blanca con la aparición de una leve brisa. Todavía continuaba, a mitad del entrenamiento, la procesión de sombreros y gafas de sol que recorría el camino de ida y, tras una mayúscula decepción por el gentío, el de vuelta.