Vincent Versace ha viajado medio mundo con su cámara para dejar un testimonio extraordinario. Es un reconocido fotógrafo y artista visual estadounidense, que ha exhibido en importantes galerías del mundo. Ahora llega al Museo Nacional de Bellas Artes con la exposición Cautivado por momentos, que reúne ochenta obras, entre retratos y paisajes. Lo entrevistamos. ¿Cuál es el eje de esta muestra? ¿Cómo articula tantos géneros y escenarios?El eje de esta muestra parte de una idea muy simple: no concibo la fotografía como algo fragmentado. Para mí, todos los géneros —retrato, paisaje, fotografía de calle— forman parte de un mismo lenguaje. Me pienso como un músico múltiple, que puede tocar distintos instrumentos dentro de una misma sinfonía.Así trabajo: abordo un paisaje como si fuera un retrato y un retrato como si fuera un paisaje. No hay fronteras reales entre ellos.No siento que “tome” fotografías; más bien, soy capturado por ellas. Lo que une todas las imágenes es ese instante en que algo me detiene, me conmueve y me obliga a mirar. Ese es el verdadero hilo conductor: la forma y el momento en que la fotografía me sucede a mí.¿Cómo resuelve la tensión entre la necesidad de documentar y la búsqueda de la belleza?No veo una tensión real entre documentar y buscar la belleza, porque ambas cosas ocurren al mismo tiempo. Si hay belleza en el mundo —y la hay constantemente—, mi trabajo consiste en detenerme y ser testigo. Hay en mi mirada una vocación documental, pero también una sensibilidad hacia lo que me resulta visualmente poderoso.No aparezco en mis fotografías. Mi lugar es el del observador. No me interesa imponerme sobre la imagen, sino permitir que el momento se revele por sí mismo. La belleza aparece cuando soy capaz de mirar con atención y de dejar que la luz, los cuerpos y el tiempo se organicen sin forzarlos.La fotografía tiene ese poder: capturar un instante y preservarlo. Congelar la vida sin intervenirla. En ese gesto, lo documental y lo estético se encuentran de manera natural.¿Hasta qué punto se pueden contar historias solo con la fotografía?Hasta un punto infinito. Una fotografía no puede reducirse a mil palabras; puede contener muchas más. Cada imagen es una puerta abierta a una experiencia que se expande en quien la mira.Yo soy solo un canal. Si logro apartarme de mí mismo, puedo llevar al espectador hasta ese instante que me capturó. Entonces la historia no termina en la imagen: continúa en la mirada de quien la recibe. Es indefinida y, al mismo tiempo, suficiente.La fotografía tiene la capacidad de tomar un momento y hacerlo perdurable. Permite que otros lo habiten, que se reconozcan en él, que lo completen con su propia experiencia. Por eso creo que las historias que se cuentan a través de la fotografía no tienen un límite preciso: crecen cada vez que alguien vuelve a mirar.La exposición fue curada por el director del Museo Nacional de Bellas Artes, Jorge Fernández.