Pablo Ojeda confiesa el duro episodio que vivió por su adicción al juego: «Pensé vender un riñón por 60.000 euros»

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Pablo Ojeda es un hombre reconocido en el ámbito de la divulgación nutricional. Miles de personas siguen a diario los consejos y estudios que comparte tanto en las redes sociales como en la televisión para aprender a llevar una alimentación saludable y disfrutada. Para ubicar su alcance destacamos que tiene 272 mil seguidores en Instagram y que participa a diario en 'Más Vale Tarde', en La Sexta'. Estudió Nutrición y su contenido se enfoca expecialmente en el control de la obesidad y los TCA -Trastornos de la Conduscta Alimentaria-. El propio nuticionista sufrió estas dos enfermedades hace años, una etapa de su vida dura pero de la que habla con naturalidad ante su público. Algo que no muchos saben es que también sufrió una adicción al alcohol y al juego . Pablo Ojeda ha abierto esta faceta de su vida en 'Ex. La vida después', un programa presentado por Ana Milán que reúne experiencias sobre adicciones. El nutricionista, como exadicto, ha dado un testimonio lleno de crudeza y de esperanza para quienes tienen un asituación similar a su alrededor. Todo comenzó en la adolescencia, a raíz de un problema inquistado: «Soy adicto al juego. Pero no había día que no jugara o que no bebiera. Venía de una alteración alimentaria desde muy jovencito. A los 17 años estaba en una preanorexia, aquello no fue bien curado y pasé a una bulimia purgativa; tampoco se trató bien y acabé en una obesidad de 138 kilos. Fue entonces cuando la lié con el juego y tuve que pedir ayuda». Recuerda con precisión el primer día que jugó y cómo la sensación de ganar le enganchó sin previo aviso. «Abrieron un bar de juego debajo de mi casa. Estaba aburrido y bajé. Me tomé una cerveza, barata, un euro. En los salones de juego el alcohol es muy barato. Eché dinero a una máquina y me tocaron 80 euros. Entonces te subes a casa con una sensación muy agradable, peligrosamente agradable». Su experiencia con los TCA le hacía una persona especialmente vulnerable a estos estímulos, incluso cuando ya habían pasado años y en su adultez había formado una familia. «En una mente desestructurada, con tendencia a la adicción y al descontrol de impulsos, buscaba que se repitiera esa sensación», confiesa. Ganaba y perdía dinero en el bar, pero en casa el juego nunca estuvo a su favor. «Perdía 100, pero ganaba 10, y no me acordaba de que había perdido 90. El ludópata no quiere ganar, quiere buscar la sensación de ganar . Es algo muy peligroso. Es adrenalina y, cuando te toca, te crees el puto amo. Perdí recuerdos, es lo que he perdido. No recuerdo bañarme con mi hija. He perdido prácticamente 10 años, tengo cosas borrosas», admite con pena. La adicción al juego se mantuvo en el tiempo gracias a otra adicción silenciosa: la mentira. «Me costó más dejar de mentir que dejar de jugar. Muchas veces se ve como un vicio, pero no se ve la cara B del jugador, del que sufre. Sabemos lo que está bien y lo que está mal. Tenemos un sentimiento de culpa importante, que te devasta, te come, te devora. Jugaba y sufría a la vez». Una de las experiencias más duras que compartió en el programa trata su acercamiento al mercado negro de órganos. El nutricionista debía dinero y una persona afuera del casino le ofreció vender uno de sus riñones para saldar las deudas. «Tú cuando sales de un casino o sales desesperado, hay alguien que se te acerca que te dice, 'Oye, ¿cómo te ha ido?'», reconoce. «Yo vendí mi coche en la puerta del casino. Y un día cualquiera, pues uno te dice, 'Oye, ¿has pensado -vender un riñón-?' y tú te vas a tu casa diciendo, 'Será cabrón, este tío está loco'. Pero te acaba de meter una semillita en una cabeza que no es controlable, que está enferma». No ha querido responder qué cantidad le ofrecieron a cambio de la operación, sólo que no llegó a realizársela. «Tenía un billete a Madrid para vender un riñón . El día antes de ir gané 6.000 euros, pude pagar un par de cosas y no viajé. Estoy temblando al contar esto ahora». Ahora, con perspectiva, ve aquella situación y entiende que el peligro de esa propuesta estaba oculto: «Probablemente no me hubieran quitado ningún tipo de riñón, pero miden, calculan hasta dónde estás dispuesto a llegar. Y si estás dispuesto a dar un riñón, es porque te puedes meter en cualquier problema, a vender droga, a entrar en cualquier mafia». Había aceptado la operación «en un momento de desesperación absoluto», en el que la falta de dinero amenazaba las vidas de su familia. «Cuando tu mujer está embarazada, cuando te han cortado la luz, cuando te has gastado el dinero del alquiler… con los 60.000 euros que me ofrecían por un riñón, piensas que todo se soluciona».