Coachella, de icono antisistema a cumbre del pijerío mundial

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Una de las actuaciones más esperadas de la primera jornada de Coachella , el pasado fin de semana, fue la de Justin Bieber. La gente creía que daría un espectáculo a lo grande, pero se subió al escenario principal en calzoncillos, conectó su ordenador portátil a la pantalla gigante y fue poniendo videoclips de su carrera mientras cantaba por encima. Eso fue todo. Algunos barruntaron que el Peter Pan del pop había «revolucionado» la música en directo proponiendo una sesuda mezcla de interpretación improvisada e instalación artística. Otros lo vieron más claro y se desternillaron con su tomadura de pelo al público y a los promotores del evento, a los que sacó nada menos que diez millones de dólares por la peculiar actuación . Él solo fue una de las muchísimas estrellas del pop que acudieron a la cita previo pago de cachés tan estratosféricos como el suyo. Y en realidad, un altísimo porcentaje de los asistentes disfrutó de su peculiar show. Porque a la gran mayoría de 'coachellers' les basta con que haya muchos famosos en el cartel, muchos 'stands' de cuantas más marcas mejor, y sobre todo, que no falte la cobertura para postear sin parar en Instagram. Al menos eso es lo que transmite, lo que todo el mundo ve desde fuera. ¿Cómo puede mover tanto dinero este festival? ¿Siempre ha sido así? La respuesta es un no tan rotundo que asombra. Porque el origen de Coachella no podría ser más contracultural. La historia arranca en 1993, cuando Pearl Jam decidió plantar cara a las «prácticas monopolistas y abusivas» de Ticketmaster, una compañía fundada en 1976 y hoy conocida por todos, pero que entonces empezaba a sentar las bases de su imperio tras comprar a su principal competidor, Ticketron. El grupo de grunge no quería que el precio de las entradas de sus conciertos superara los veinte dólares, algo que se hizo imposible con las comisiones que pretendía cobrar la ticketera. Así que Eddie Vedder y compañía decidieron romper la baraja, organizando un concierto por su cuenta para demostrar que se podía prescindir de sus servicios. Para ello buscaron un emplazamiento ideal, y lo encontraron en el Empire Polo Club de Indio (California), un lugar alejado de las grandes ciudades, pero que reunía las condiciones básicas en cuanto a terrenos y accesos para tener controlada a la muchedumbre. El concierto se celebró el 8 de noviembre de ese mismo año, acudieron 25.000 personas y fue todo un éxito. Pero este modelo independiente quedó en anécdota. Unos meses después, la banda contrató al bufete de abogados Sullivan and Cromwell y el 6 de mayo de 1994 presentó una demanda ante el Departamento de Justicia que acabó en los tribunales, con el bajista Jeff Ament y el guitarrista Stone Gossard declarando ante el Congreso para explicar su postura, argumentando que las prácticas de Ticketmaster violaban las leyes antimonopolio y estaban diseñadas para explotar a los consumidores. El CEO de la compañía, Fred Rosen, respondió a sus acusaciones con sorna: «Si Pearl Jam quiere tocar gratis, estaremos felices de distribuir sus entradas gratis». Sabía que el juicio no iría a ninguna parte, y eso es exactamente lo que ocurrió. El caso fue archivado, y aunque Pearl Jam intentó organizar sus giras al margen de su Ticketmaster, se acabaron dando cuenta de que todo el entramado de la música en directo se había vuelto demasiado dependiente de su archienemigo, y finalmente desistieron. Pero su batalla sirvió de algo. Su concierto en Indio había demostrado que aquel recinto en el desierto era estupendo para acoger macroeventos musicales, y los dueños de una promotora independiente llamada Goldenvoice se pusieron manos a la obra para organizar allí un festival. Se llamaban Paul Tollett y Rick Van Santen, y ellos fueron los creadores de Coachella. En 1997, Toller asistió al Festival de Glastonbury y repartió folletos a artistas y managers con fotos del Empire Polo Club, proponiéndoles celebrar un festival allí. «Teníamos este folleto que mostraba un Coachella soleado, en lugar del campo embarrado por la lluvia. Todo el mundo se reía de nosotros», comentaría tiempo después. Dos años más tarde, la idea fructificó. En octubre de 1999, y con un espíritu 'antiestablishment': las entradas costaban 50 dólares al día incluyendo parking gratuito y una botella de agua al entrar, y los precios dentro del recinto se mantuvieron a precios asequibles. El de Woodstock de aquel año, por contra, costaba 10 dólares más por día y comprar cualquier cosa en su interior era tan caro que acabó indignando a los asistentes hasta el punto de que el evento terminó con disturbios. El Festival inaugural de Música y Arte de Coachella Valley fue como la seda. No hubo ningún problema y la gente disfrutó de lo lindo con un cartel formado por Beck, Tool y Rage Against the Machine, Chemical Brothers, Morrissey, A Perfect Circle, Jurassic 5 y Underworld . Sin embargo, Tollen y Van Santen no hicieron bien sus cálculos. La asistencia fue menos masiva de lo esperado (creían que acudirían 70.000 espectadores y se quedó en poco más de la mitad), Goldenvoice perdió 850.000 dólares, y aunque varios grupos aceptaron reducir sus cachés para echar una mano, el fiasco financiero casi destruye la empresa. El año siguiente no hubo Coachella, y en 2001, Tollett estaba tan arruinado que vendió Goldenvoice por 7 millones de dólares a AEG , la segunda compañía más poderosa de la industria del directo después de Live Nation/Ticketmaster, que poco a poco fue transformando el concepto original en un gran centro comercial con música de fondo, con precios que sólo los ricos pueden permitirse. Y así es como, año tras año, un festival que empezó con miles de chavales haciendo pogo al ritmo de las canciones combativas de Rage Against the Machine, se ha convertido en escaparate para que Paris Hilton pose con sus modelitos bailando por la pradera, perseguida por su guardaespaldas mientras su cámara personal sigue sus movimientos para subir vídeos a Instagram. «Hoy en día, Coachella genera aproximadamente 160 millones de dólares solo en ingresos por venta de entradas», explicaba esta semana en Twitter el economista Aakash Gupta, al hilo de la nueva edición del festival. «American Express paga 5 millones de dólares al año solo por la marca. Dorsia vende suites en el escenario principal desde 70.000 dólares por fin de semana. Las villas cerca del recinto se alquilan por 150.000. Justin Bieber gana 10 millones por dos presentaciones el sábado por la noche. En 1999, los cabezas de cartel acordaron cobrar más tarde porque el festival no podía costearlos. Tollett vendió por 7 millones. El festival ahora recauda esa cantidad en aproximadamente 11 horas de venta de entradas. Pearl Jam boicoteó la maquinaria. Y accidentalmente construyó el recinto para una».