No sé si te he hablado alguna vez del Museo del Prado , mi lugar preferido del mundo. Suelo ir con frecuencia, a veces para ver una exposición temporal y otras para ver un solo cuadro. Dice Garci que para ver un cuadro se necesitan tres cuartos de hora , pero yo no llego a tanto. Quizá por eso yo no tenga un Oscar, un Cavia y un Gónzalez-Ruano; uno da para lo que da. En mi caso, para ser amigo de Garci -que no es poco-, así que me limito a esperar que se me pegue algo, por ósmosis. Pero, siguiendo con el Prado, a veces entro solo para visitar la tienda, esa es mi verdadera afición: las tiendas de los museos . No sé qué tienen, todo en ellas me parece fascinante, creativo, sorprendente. Paseo por ellas como los guiris paseáis por Magaluf, solo me falta hacer 'balconing' desde la sala de los flamencos. Y me interesa todo lo que hay: los libros; el 'merchandising'; las moleskines; los catálogos de exposiciones pretéritas; los lápices; los imanes, y hasta esas tazas que hacen un guiño sutilísimo al país natal del autor. También hay buena tienda en la National Gallery . De hecho, iba a comparar ambas pinacotecas, pero no, el Prado es diferente, tiene un punto taciturno, como si siempre fueran las cuatro de la tarde; y calmado, aunque haya una legión de chinos viendo 'Las Meninas'. De algún modo, el Prado amansa a las fieras . Y consigue que la historia se detenga para arrojarte a un plano intemporal, como un agujero de gusano ansiolítico. El próximo 27 de abril se inaugura una exposición con 'El cuadro del hambre', de Aparicio . Un cuadro del hambre, ya ves qué forma tan nuestra de entrar en mayo: unos sacan al sol las piernas; nosotros, la inanición; unos inauguran la primavera con nenúfares, mujeres con sombrilla o alguna batalla napoleónica que pueda verse a prudente distancia, con sus muertos ya convertidos en decoración histórica. Nosotros abrimos temporada con el hambre, con un país famélico, con un cuadro en el que los españoles desconfían del pan que les ofrecen y, aun así, conservan algo de energía para convertir su desgracia en orgullo. Muy español, muy de esta tierra en la que hasta la miseria entra con vocación de epopeya. Además, el cuadro se sitúa en Madrid, que siempre resulta más expresivo, porque Madrid tiene algo de escenario oficial del desastre. Todo lo que pasa en Madrid adquiere un aire de decreto, incluso la miseria. El hambre madrileño no es solo hambre: es hambre con ministerio, rumor de tertulia y parte de guerra. La pintura es de 1818 y mide más de cuatro metros de ancho: la medida de nuestro sufrimiento. Porque aquí las penas, cuando se representan, se representan a lo grande. No bastaba con pasar hambre, había que pintarlo con aparato, con solemnidad neoclásica , con ancianos derrumbados, mujeres muertas, niños sin comida y franceses ofreciendo auxilio mientras el pueblo lo rechaza. Porque aquí antes se acepta la muerte que la humillación. O, mejor dicho: porque en España la humillación se teatraliza y se convierte en alegoría. España prefiere una dignidad famélica a una prosperidad vergonzante , y así nos ha ido. En el cuadro hay hasta una pilastra dedicada a Fernando VII , que es el remate perfecto: España pasando hambre y al fondo el rey; España deshecha y por encima la ficción; España mordiendo mondas y el arte oficial levantando acta del heroísmo. Me dirás que exagero, pero pocas veces un cuadro ha condensado tan bien nuestra costumbre de envolver la ruina con retórica . Aquí nunca hemos sabido sufrir modestamente, siempre hemos necesitado una teoría del sufrimiento, una escenografía y un culpable exterior. Y si no existe, nos lo inventamos. Lo extraordinario es que este cuadro fue famosísimo y se convirtió en una copla visual del reinado de Fernando VII. Lo que hoy nos parece una rareza de almacén fue en su momento una especie de himno pintado, un éxito nacional, una imagen que circulaba con la velocidad con la que circulan los símbolos. Luego envejeció, lo apartaron y terminó depositado en otro museo, fuera del foco, como tantas otras glorias españolas que pasan de dogma a trasto . Porque aquí no administramos bien el prestigio: o lo sacralizamos o lo tiramos al cuarto de las escobas, no hay término medio. Por eso la exposición me interesa, Nickie. Porque en realidad no va solo del hambre de principios del XIX: creo que va del dolor como argumento nacional , de ese mecanismo tan español por el cual convertimos una obra en tótem y luego la condenamos al olvido como si nos avergonzara reconocernos en ella. A mí todo esto me conmueve por una razón bastante simple. España es un país que ha hecho cosas prodigiosas con materiales pésimos; ha levantado una de las culturas más hondas de Europa con hambre, guerra y vanidad; con curas, bachilleres y patriotas traidores, igual que ahora. A veces pienso que nuestra gran especialidad ha sido la transformación estética del desastre: nosotros convertimos el sufrimiento en novela, la derrota en pintura y la escasez en gastronomía. Hasta nuestras mejores ciudades están construidas sobre una cierta melancolía mineral, sobre una conciencia de pérdida que les confiere gravedad. Por el contrario, vosotros, los ingleses, habéis sido buenos administrando la victoria. Bien, eso lo hace cualquiera. Pero para embellecer la herida hay que ser español. A vosotros estas cosas os salen de otro modo: si tenéis hambre, levantáis una comisión, escribís un informe con tapas azules, distribuís sopa con eficiencia y luego pintáis una mesa con faisanes, plata bruñida y un tipo pelirrojo que parece haber heredado dos condados en Hertfordshire. Pero nosotros vemos la escudilla vacía y montamos un problema moral, histórico y estético. Por eso vosotros tenéis mejores jardines y nosotros mejores recuerdos. Porque vosotros administráis el bienestar . Y nosotros decoramos el naufragio . Por eso un cuadro así solo podía volver ahora, que vivimos rodeados de una propaganda más sutil y de relatos igual de interesados. Este lienzo nos recuerda que el arte oficial también miente. Pero miente diciendo una verdad. La verdad del hambre está ahí; la manipulación también. Y el orgullo colectivo , y la necesidad de convertir la historia en símbolo. Quizá eso sea España: un país donde incluso la mentira necesita apoyarse en una verdad vivida en la mezcla entre la grandeza y el atraso, entre la teatralidad y la miseria, entre el amor propio y la autodestrucción . Ese gesto tan español de rechazar la sopa y conservar el gesto, de preferir el símbolo al consuelo y de sufrir con estilo, que es una forma poco práctica de dignidad. Pero muy artista. A vosotros os tranquiliza una campiña bien podada; a nosotros un solar con historia. Vosotros miráis el cielo para saber si lloverá; nosotros miramos atrás para comprobar quién pasó hambre y cómo lo pintaron. Y en esa diferencia hay algo más que una costumbre: hay una forma de estar en el mundo. Cuando quieras ven a la civilización , que te la enseño. Que nunca es tarde y está Madrid para verlo. Siempre tuyo.