El mundo no existe para los componentes de un grupo que pasan la tarde tocando en su local de ensayo. No hay ventanas y para llegar a la calle hay que recorrer un pasillo de cincuenta metros y bajar dos pisos por unas escaleras. La puerta, de grueso metal, se cierra herméticamente con una palanca de 50 centímetros. ¡Crac! No hay escapatoria. La cobertura falla, buen momento para que el móvil descanse. Se colocan los cinco en círculo en este búnquer musical, en un espacio pequeño atestado de cables, pedaleras, pies de micrófonos. Tecnología, metal y sudor. El sonido resulta insoportable, tanto que un otorrino clausuraría de inmediato el lugar. Nos ponemos los cascos, no vaya a ser… Seguir leyendo