Sevilla reabre el estrecho de la luz

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Me gustan estos lunes en los que la rabia de la luz se insinúa, en los que el pescao y la rosa reniegan de la espina, lunes alejados de la rutina en los que el ansia se pone púa y la ciudad de los cielos tangibles se encela con su destino. Lunes elegidos por el reino del sur para acabar de materializar la primavera y dejarla suelta en su cuarto de juegos predilecto, ese arenero donde niños y adultos vuelven a inventar la diversión cada vez que abril clava su bandera de optimismo sobre el calendario. Caía un sol de verano sobre una Sevilla que se derretía de ganas por volver a despegar hacia su universo paralelo y poner albero de por medio con todo lo que estrangula a un mundo desquiciado que también se ha apuntado a eso de echarle un pulso a la normalidad, aunque de una manera más fea, más triste y más asquerosa que la nuestra. Pero, ay, queridito globo terráqueo, queriditos humanos enfermos de fanatismo a los que las campanas os suenan a muerte; son muchos años de experiencia en este juego de vacilar a lo establecido como para dejaros ahora que nos mojéis la oreja. Que no, que esa batalla por revolucionarlo todo la tenéis perdida desde el mismo momento en el que Sevilla se ha mudado a ese botiquín hecho barrio en el que siempre hay solución para todo. En la República Independiente de Los Remedios la tarde comenzaba a hacerse rito cuando el tiempo citaba al vientecillo de la calma previa al disloque. Señores de guayabera y Winston sacaban a los teckel para que levantaran la patita en previsión de la noche larga que se empezaba a barruntar por el aire. La calle Asunción, nido de estandartes con letrillas pinrelianas, hacía las veces de pasarela. Niños cargando botellas de sevená, portatrajes rojos, manos que se enlazaban con el paso lento que proporciona ver en el horizonte la Portada, ese atardecer fijo que los habitantes de la gloria persiguen como insectos locos por un panal de lujuria. Parada obligatoria en el estanco, y las mismas señoras mayores de todos los años en los mismos bancos, disfrutando del pasaje analógico de la belleza. Brisilla perfumada, bolsos de mano, andadores flamencos que excitan a la vejez y la convierten en sonrisa. Guiris flipando, cabellos trabajados, ensamblados en laca, bastones aplastando edades. Y un pellizquito en el pecho, que si a Morante lo han cogío a mí me han dado un bocao en el alma. Trajes estampados, mantoncillos pendiendo de hombros como manos que agarran a lo hermoso y lo definen en detalles. Pendientes contoneándose, al loro de los oídos que los portan, manos atrás de los veteranos que caminan con la mirada sujetando un rutinario quiebro, labios rojo sangre cocinando besos y papel albal cubriendo bandejas. El laberinto de la alegría volvía a inaugurar su enredo para que quien quisiera se perdiera dentro de sus calles. Todo lo recorría una bulliciosa penumbra de espera, las farolas y las lámparas de las casetas eran el único sustento de ese guion aprendido. «Buenas noches, encantados de verlos. Yo soy Claudio, hijo de Claudio, este año vengo sustituyendo ya a mi padre. Sí, he crecido, sí». Olor a fritura, primeros corrillos en las puertas de las casetas, altavoces circulando por un adoquín que los hacía vibrar estando apagados. Se escuchaban decididos «sí, sí, probando, un, dos, tres», que salían disparados en busca de una luna que dibujaba una mueca en el firmamento. Cargaban fundas metálicas los funcionarios del arte, los que se ganan el jornal y se pagan las carreras levantando a la gente de las sillas. Y venga, vamos a sentarnos a cenar, y el que falte faltó. Y llega un señor que se abre la chaqueta y agarra el micrófono. Da las gracias a los presentes, y que se alegra de que este año sean más, que bendito problema el tener que redistribuirlo todo y alargar las mesas. Bromea con que han tenido que quitar las taquillas. Y de repente ensaya un rictus de circunstancia y habla del 'Tito José Antonio' y de todos los socios que faltan. Y se calla, y con él por un momento también lo hace Juan Belmonte entera. El portero mira extrañado hacia fuera, sin saber dónde meterse. El presidente le da un trago al vaso de sidra que está apoyado en la mesa, y un socio, en la esquina de una mesa, decide arrancar un aplauso y acabar con el silencio. Fuera, el laberinto empieza a darle color a la noche, a vaciar catavinos esperando para hacerse destello cuando las princesas de los cuentos se convierten en calabaza. Échame una foto, dame dos besos, voy y pido otra. Quiero bailar la primera contigo, y que tiriten con nosotros los años, y que la madrugada nos salga a devolver. Hay algo en el ambiente que se escapa, un gesto previo que nadie sabe de dónde viene, pero que todos comprenden que está ahí, entre ellos. Por el manicomio de la cordura bulle un conjuro de fritura, tierra, sudor, saliva, misterio, madera. Canta Raya Real. Alguien brinda por lo que está por suceder. Y pum. Sevilla reabre el estrecho de la luz para que los que se acerquen a donde ella brilla se emborrachen del petróleo que sale de las barricas del disfrute. Se hizo la luz. Se hizo la Feria. Aprovechen, que no está la vida para no ser sevillano.