Si uno descompone el precio de un rebujito como quien desglosa un derivado financiero en una terminal de Bloomberg –vino, refresco, hielo, jarra de vidrio, vaso de plástico y soldada del camarero–, descubre que cada ingrediente tira de un hilo que acaba, invariablemente, en un estrecho. Quizás el de Gibraltar, por donde llega tanto mano de obra para los ambigús, u otro. Porque la manzanilla, por ejemplo, sale de una bodega de Sanlúcar cuyo coste energético depende del barril de Brent, que en febrero cotizaba a sesenta dólares y en marzo pegó el estirón hasta los ciento veintiséis. Sesenta por ciento de subida en treinta días: ni las criptomonedas del cuñado. Y así con todo lo demás. El culpable, como casi siempre, lleva uniforme. Cuando Estados Unidos e Israel decidieron irse de merienda por Irán y el ayatolá Alí Jamenei pasó a mejor vida –o a peor, según el baremo teológico que se aplique–, Teherán cerró el Estrecho de Ormuz con la rotundidad de quien da un portazo al salir y la elegancia impostada de quien quiere colarse en la caseta del Aero. El Brent se disparó, la gasolina de 95 octanos se plantó en un euro y cincuenta y cinco céntimos el litro y ese tornillo, que parece pequeño pero no lo es, conecta el surtidor de la gasolinera con la factura de la luz de la bodega, con el diésel de la flota que trae la merluza desde el Gran Sol o los boquerones desde los caladeros de Mohamed VI y con el transporte de cada farolillo y cada pata de cochino que llega a Los Remedios. Donald Trump, tan bravucón él, soltó aquello de que «el país entero puede ser eliminado en una noche» y luego firmó un alto el fuego el 7 de abril, catorce días antes de que se encienda el 'alumbrao'. El Brent bajó a noventa y tantos, pero el daño ya estaba hecho, como cuando aplicas Cebralín al pantalón victimado y es peor el surco que deja que el churrete de aceite. Las luces de la Feria de 2025 se apagaron con el rebujito a doce euros, las gambas a quince y el jamón a veinte, cifras que provocarían un síncope a don Francisco de Quevedo, que ya en su siglo se quejaba del poderoso caballero con más sorna y mejor literatura que nuestra progresía plutofóbica, que pide las sales en cuanto tiene noticia de un dispendio pero rehipoteca encantada su casa para desayunar un té matcha y una rebanada de pan de espelta con aguacate de Gabón. Un visitante confesaba sin rubor haberse dejado varios miles de euros en tres días, lo que antaño constituía el presupuesto de un viaje a Roma y hoy apenas cubre media Feria con niños y sin excesos. La inflación de marzo –un 3,3% que el INE anuncia con la misma cara con que el croupier reparte las cartas entre los primos: la casa y Hacienda siempre ganan– no recoge el IPC real de la caseta, donde los precios obedecen a una lógica propia, mezcla de oligopolio festivo y de esa ley no escrita que dice que al sevillano en Feria no se le discute la cuenta. Sevilla siempre pagó el precio de estrechos lejanos. La Casa de Contratación convirtió la Lonja en la primera bolsa de mercancías del mundo conocido y cada galeón que se retrasaba o se hundía disparaba el coste de la pimienta y la canela en los mercados del Arenal. Quinientos años después, la mecánica es idéntica –solo cambian el estrecho y la especia– y la ciudad finge no enterarse mientras encarga el traje de flamenca. Antes, al menos, lo sabíamos.