Nexperia, China y los confines del poder tecnológico

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La crisis que ha desatado un choque entre La Haya y Beijing alrededor de Nexperia no es un episodio aislado de mala gestión corporativa ni un simple conflicto familiar entre matriz y filial. Es, antes bien, un microcosmos de las tensiones geopolíticas y económicas más profundas que están redibujando el mapa de la industria global de semiconductores.Nexperia no es ninguna «nueva fab brillante» capaz de fabricar chips de grado avanzado (como los de 7nm ó 5nm que hoy centran toda la atención por la inteligencia artificial). Su negocio gira en torno a los semiconductores «maduros»: diodos, transistores, MOSFETs y componentes de protección que no son los núcleos fundamentales de una GPU, pero sí componentes esenciales para automóviles, equipos industriales y electrónica de consumo. La empresa tiene su sede en Nijmegen (Países Bajos) y fue creada a partir de la división de productos estándar de NXP/Philips. En 2018 fue adquirida por la compañía china Wingtech Technology, con una importante participación estatal, por unos 3.6 millones de dólares, con una participación significativa en la operación de capital estatal ligado al aparato público chino. El conflicto se desencadenó este pasado otoño cuando el gobierno neerlandés, invocando una rara ley de emergencia sobre disponibilidad de bienes críticos, tomó el control efectivo de Nexperia en respuesta a lo que consideró «señales agudas de deficiencias de gobernanza» que ponían en riesgo la continuidad de capacidades tecnológicas estratégicas en suelo europeo. Más allá del lenguaje jurídico, la preocupación era clara: ¿podría la matriz china mover tecnología, producción o decisiones clave fuera de Europa, dejando huérfana a industrias europeas como el automóvil o la electrónica que dependen de estos semiconductores? La respuesta de Beijing fue inmediata y contundente. El Ministerio de Comercio chino calificó la intervención neerlandesa como una interferencia impropia y dañina para la estabilidad de la cadena global de suministro, y ordenó restricciones a las exportaciones de chips fabricados por Nexperia en China, donde se empaquetan y distribuyen alrededor del 70% de sus productos, lo que provocó cortes de suministros en el sector automotriz global. A partir de ahí, se produjo un cortocircuito real entre política, economía y tecnología: la filial china de Nexperia y su matriz acusaron a la rama europea de intentar construir una «cadena de suministro no china», mientras la dirección neerlandesa buscaba deshacer lo que percibía como un riesgo estratégico, y el gobierno de Beijing exigía la reversión de las medidas. Esto ha generado una «guerra corporativa» interna, con acusaciones cruzadas sobre control de sistemas informáticos, financiamiento, y decisiones de operación independiente. En medio de esta batalla, la producción de chips se ha visto sometida a fuertes tensiones: la rama de Nexperia en China ha tenido que buscar nuevos proveedores de obleas (wafers) domésticos, en un intento por compensar la suspensión del suministro desde Europa, un proceso que típicamente podría tardar seis a nueve meses de calificación técnica y certificaciones, y que ya ha afectado a líneas de producción de automóviles como Honda. Para entender por qué este episodio resuena más allá de una disputa bilateral es necesario situarlo en el contexto más amplio del intento chino de construir una industria de semiconductores autosuficiente. Desde el lanzamiento de «Made in China 2025« hasta la actual expansión de fondos públicos destinados a chips y equipos, Beijing ha colocado la independencia tecnológica como un pilar estratégico. Esto incluye incentivos para que los fabricantes utilicen al menos 50% de equipo de producción doméstica en nueva capacidad, y fuertes subsidios a fabricantes de obleas y de herramientas de fabricación (aunque China sigue muy rezagada en litografía avanzada respecto a proveedores occidentales como ASML).La realidad es que China ha logrado avances en procesos maduros y ha aumentado de forma sustancial su capacidad productiva en los últimos años, pero aún está lejos de dominar la fabricación de semiconductores punteros o la producción de la herramienta crítica para esos componentes avanzados. Los anuncios de tener máquinas DUV capaces de fabricar chips de 8nm, por ejemplo, siguen siendo objeto de escepticismo técnico debido a rendimientos y a la complejidad real de producción. Los Países Bajos, por su parte, se encuentran en una posición sumamente incómoda: por un lado, representan un eslabón esencial en la cadena global de semiconductores porque ASML y otros proveedores críticos tienen su base allí, pero a la vez están atrapados entre la alianza tecnológica con Estados Unidos y la necesidad de tratar con China como socio comercial. La intervención sobre Nexperia refleja estas tensiones: una decisión que, aunque justificada públicamente con la absurda excusa de siempre, en términos de seguridad, también encaja con presiones externas para limitar la influencia de China en nodos estratégicos. Europa ha pagado ya el precio inmediato de esta disputa con interrupciones en cadenas de producción de automóviles y con preocupaciones renovadas sobre la seguridad de su propia industria de semiconductores. La Haya terminó incluso suspendiendo temporalmente su control directo sobre Nexperia ante las tensiones comerciales y diplomáticas, aunque el conflicto legal y administrativo continúa. La pregunta que subyace es hasta qué punto este episodio tiene que ver con la carrera china para «traer a casa» capacidades de fabricación de chips por debajo de 8nm. En lo inmediato, Nexperia no opera en el segmento de los chips más avanzados, y su valor radica en chips de procesos maduros, cuya producción está más dispersa globalmente. Pero la existencia misma de capacidades productivas europeas en semiconductores de importancia estratégica es vista por Beijing como un activo a integrar, y por Occidente como un riesgo de transferencia tecnológica. La violencia de esta colisión ilustra cómo de lejos han llegado las preocupaciones de soberanía tecnológica: no se trata solo de quién fabrica qué, sino de quién controla la decisión y quién puede garantizar su uso en tiempos de crisis geopolítica. Saber si China logrará su meta de independencia total en semiconductores de menos de 8nm sigue siendo, técnica y económicamente, una incógnita. El impulso político y financiero es enorme, y ha catalizado progresos en segmentos maduros de la cadena de valor, pero sin acceso real a equipos de fabricación que siguen controlados por proveedores occidentales, el salto hacia los procesos más complejos seguirá siendo imposible. El caso Nexperia, aunque esté centrado en semiconductores maduros, es sintomático: incluso las capacidades «menos avanzadas» son estratégicas, y la geometría de poder en la industria de chips ya no puede verse como un mercado abierto y neutral, sino como un campo de batalla por la autonomía y el control.