"Creí que era el próximo Steve Jobs": la dura confesión del fundador de Google sobre el fracaso de las Glass

Wait 5 sec.

Sergey Brin ha roto su silencio para admitir que el naufragio de las Google Glass fue una cura de humildad personal. El cofundador de Google reconoce que intentó comercializar el dispositivo demasiado pronto, empujado por una ambición ciega de convertirse en el nuevo referente del sector. El proyecto nació de una idea que ignoró por completo la realidad técnica y social del consumidor.La información llega desde PhoneArena, donde Brin explica que Project Glass se lanzó en 2012 con una puesta en escena desproporcionada desde los laboratorios de Google X. Aquel vídeo mostraba una realidad aumentada con iconos flotantes y videollamadas que la tecnología de la época no podía ejecutar con solvencia ni discreción.El dispositivo salió a la venta por 1.500 dólares, una cifra astronómica si tenemos en cuenta que un smartphone de gama media costaba entonces entre 300 y 350 dólares. El error de cálculo fue monumental: pedir cinco veces más dinero por un hardware experimental que, en la práctica, ofrecía menos utilidad real que el teléfono que el usuario ya llevaba en el bolsillo.El rechazo social del efecto Glasshole y la lección de Brin sobre el marketing prematuroLos usuarios rechazaron las Google Glass, porque las consideraban intrusos que podían grabar su vida sin permiso. Este rechazo social, bautizado como efecto Glasshole, provocó que numerosos bares y locales prohibieran la entrada a quienes llevaran las gafas. Brin admite ahora que intentó vender el producto antes de que fuera rentable o estuviera mínimamente pulido.El directivo es tajante en su autocrítica y recomienda no montar acrobacias llamativas con paracaidistas y dirigibles cuando el dispositivo aún está en pañales. Google finalmente tuvo que cerrar el programa Explorer en 2015 y, tras años de agonía en el sector profesional, mató oficialmente las Glass diez años después de su nacimiento.Aquella prepotencia inicial llevó a Brin a pensar que podía replicar la épica de Apple sin tener los deberes hechos. El tiempo ha puesto las cosas en su sitio, demostrando que incluso las predicciones más agresivas, como las del analista Gene Munster sobre unas gafas de Apple "más grandes que el iPhone", no han pasado de ser meras fantasías de mercado.De cara al año que viene, Google busca redimirse con gafas que integran altavoces y cámaras para interactuar con Gemini. Este enfoque es mucho más pragmático y se alinea con modelos actuales que ya integran inteligencia artificial en monturas convencionales. Es un intento de ofrecer ayuda por voz sin la intrusión visual que condenó al modelo original.El futuro que ahora plantea la compañía pasa por pantallas en la lente que solo muestran información privada cuando es estrictamente necesario, como la traducción de idiomas en tiempo real. Tras haber cancelado Project Iris, Google confía en que los procesadores actuales y las baterías optimizadas permitan ejecutar la visión que falló hace más de una década.La gran incógnita de si las gafas inteligentes sustituirán al smartphone sigue sin respuesta, aunque parece poco probable ahora mismo. Brin extrae una lección clara para el ecosistema tecnológico: la narrativa mediática no puede ir por delante de la ingeniería. Las Google Glass fueron un experimento caro, muy adelantado a su época y que el público no entendió, pero tampoco parece que otros modelos más recientes vayan a cosechar una adopción masiva.El artículo "Creí que era el próximo Steve Jobs": la dura confesión del fundador de Google sobre el fracaso de las Glass fue publicado originalmente en Andro4all.