La medida suena brutal y lo es. Pero no surgió de un arrebato político ni de una cruzada ideológica. Australia tomó una decisión extrema después de constatar, durante décadas, que su biodiversidad se estaba desmoronando sin hacer ruido. Y que uno de los principales responsables no era un incendio, ni la sequía, ni el cambio climático, sino un depredador introducido por el ser humano.