En 1984, Metallica publicó Fade To Black, una balada acústica integrada en su disco Ride The Lightning. Que una banda de thrash metal incorporara una canción lenta y melódica fue suficiente para desatar una reacción inmediata entre parte de su público: querían sonar más accesibles, más comerciales. Eran, en definitiva, unos “vendidos”. La acusación no era nueva entonces ni lo sería después: cada vez que un grupo de rock se alejaba de la crudeza original, una parte de la audiencia interpretaba el gesto como una traición a un imaginario. En España, uno de los casos paradigmáticos es el de Evaristo Páramos, cantante de La Polla Records. La banda representó desde los años 80 un punk antisistema. Cuando comenzaron a llenar recintos y Evaristo pudo vivir de la música, el éxito económico se leyó como una ruptura con el espíritu original del género. En los noventa fue un debate recurrente: si eras indie no podías fichar por una multinacional. Décadas después, en un registro distinto, C. Tangana recibiría el mismo calificativo al abandonar su etapa inicial de rap underground para abrazar, como El Madrileño, sonidos melódicos y folclóricos bajo la multinacional Sony Music. En todos estos casos, la acusación responde menos a hechos concretos que a una expectativa cultural: un artista auténtico debería comportarse de determinada manera.Seguir leyendo