Las celdas solares de perovskita llevan años despertando interés porque combinan dos ideas muy atractivas: potencial de alta eficiencia y costes de fabricación que, en teoría, podrían ser más contenidos que los del silicio tradicional. El reto es que esa promesa se juega en detalles microscópicos. En una lámina de perovskita, el paso de la electricidad no es como el agua cayendo por un canal liso; se parece más a circular en coche por una ciudad con baches, desvíos y semáforos mal sincronizados. Esos “baches” son los defectos del material: pequeñas imperfecciones que interrumpen el transporte de carga (el movimiento ordenado de electrones y huecos), provocan pérdidas energéticas y degradan la estabilidad con el uso.La parte frustrante es que muchos de esos defectos no son evidentes desde fuera. Una película puede parecer uniforme bajo técnicas que miran la superficie o que promedian el comportamiento global, y aun así esconder zonas internas donde la conductividad es pobre. En fotovoltaica, ese tipo de sorpresa se paga caro: menos rendimiento, más variabilidad entre dispositivos y una vida útil que se resiente.Defectos y límites de grano: los “puntos negros” del transporte de cargaEn las perovskitas suele haber una estructura policristalina, como un mosaico hecho de muchas piezas. Donde una pieza se junta con otra aparecen los límites de grano, fronteras internas que pueden actuar como trampas para los portadores de carga. Si la carga queda atrapada o se recombina antes de llegar al electrodo, se pierde energía útil. Es como intentar pasar un relevo en una carrera y que, justo en el cambio de mano, se caiga el testigo: no importa lo rápido que corrieran antes, el resultado final empeora.Por eso, cuando se habla de mejorar perovskitas, una pregunta clave es muy concreta: ¿por dónde viaja realmente la corriente dentro de la película y qué zonas se convierten en “cuellos de botella”? Responderla con precisión es difícil si solo se observa la piel del material.Pasivación: el parche químico funciona, pero comprobarlo por dentro era otra historiaUna estrategia habitual para reducir esas pérdidas es la pasivación, un tratamiento en el que se añaden compuestos —sales simples, moléculas orgánicas u otros iones— capaces de “neutralizar” defectos. En términos cotidianos, es como aplicar masilla en las grietas de una pared: no cambia la pared por completo, pero evita que el daño se convierta en una vía de entrada de humedad que termine estropeándolo todo. En perovskitas, esos aditivos se acoplan a defectos y disminuyen su capacidad de interferir con el flujo eléctrico.El problema es que, durante mucho tiempo, evaluar la pasivación ha tenido un componente de fe razonable. Muchas técnicas de caracterización ofrecen información superficial o promediada; ayudan a intuir que algo mejora, pero no siempre explican dónde ocurre la mejora ni si el “parche” llegó a las zonas que realmente importan. Para optimizar materiales, esa falta de visión interna es como intentar arreglar una tubería con una cámara que solo muestra el primer metro: puedes acertar, pero es fácil dejar una fuga escondida más adentro.Un “TAC” a escala nanométrica: imagen 3D de la conductividad con TC-AFMInvestigadores del Ningbo Institute of Materials Technology and Engineering (NIMTE), de la Chinese Academy of Sciences (CAS), han presentado una vía directa para mirar dentro de la película: una técnica de imagen 3D del comportamiento eléctrico basada en tomographic conductive atomic force microscopy (TC-AFM). El trabajo se publicó en la revista Newton el 31 de diciembre de 2025, firmado por Minghui Li y colaboradores.La idea combina dos acciones repetidas con enorme control: medir la conductividad local y retirar capas ultrafinas del material. La punta conductora de un microscopio de fuerza atómica “tantea” la superficie y registra cómo se distribuye la corriente en puntos muy pequeños. Luego se elimina una lámina minúscula del film (como si se lijara con delicadeza una capa de pintura), se vuelve a medir, y así sucesivamente. Apilando esos mapas se reconstruye un volumen completo: un modelo tridimensional de por dónde fluye bien la electricidad y por dónde se atasca, con resolución nanométrica.Si la comparación con la medicina ayuda, esto se parece a un escáner que, en lugar de mostrar densidad de tejidos, muestra “densidad de circulación eléctrica”. Para materiales fotovoltaicos, tener esa visión interna es valioso porque permite relacionar microestructura y rendimiento sin depender únicamente de indicadores globales.Qué cambia con cada tipo de pasivación: volumen, superficie y continuidad de caminos conductoresAl aplicar esta tomografía eléctrica, el equipo comparó películas sin tratamiento con películas sometidas a distintas estrategias de pasivación. En los films no tratados aparecieron extensas regiones de baja conductividad, auténticas “zonas muertas” para la corriente, que dificultan el transporte de carga hacia donde se necesita.Cuando se utiliza pasivación en el volumen (bulk passivation), el mapa 3D mostró una reducción clara de esas áreas resistivas en el interior del material, con un efecto especialmente notable en los límites de grano. Dicho de forma simple: se arreglaron muchos de los baches que estaban dentro de la ciudad, no solo en la avenida principal. Eso tiene sentido si el aditivo logra difundirse y actuar en defectos repartidos por el espesor de la película.La pasivación superficial, por su parte, mostró un impacto más localizado cerca de la interfaz superior. Esa zona es crítica porque es el “punto de contacto” para integrar la película con las capas que extraen o transportan carga en un dispositivo real. Mejorar la conductividad cerca de esa frontera puede equivaler a despejar la salida de un aparcamiento: aunque el resto de la ruta sea decente, si la barrera de salida se atasca, todo el sistema pierde eficacia.Lo más interesante llegó al combinar pasivación en volumen y en superficie. Según los mapas tridimensionales, esta estrategia produjo caminos conductores más uniformes y continuos a través del film. Las regiones de baja conductividad que quedaban tendían a concentrarse en la superficie, en lugar de estar dispersas y cortando el paso en el interior. Esa continuidad importa mucho: en una célula solar, no basta con tener “islas” que conducen bien; lo que marca diferencia es que haya rutas conectadas que lleven la carga desde donde se genera hasta los electrodos sin interrupciones.Del mapa al rendimiento: por qué ver el interior ayuda a mejorar eficiencia y estabilidadEl estudio propone una relación directa entre estas características microscópicas y la eficiencia final de la célula. El equipo señala que el comportamiento eléctrico observado en 3D se correlaciona estrechamente con el rendimiento fotovoltaico, conectando por fin el “cómo circula la carga dentro” con el “cuánto produce el dispositivo”, tal como destacó el profesor Xiao Chuanxiao, autor de correspondencia.Esta conexión no es solo académica. Si una empresa o un laboratorio quiere elegir entre varios tratamientos de pasivación, disponer de una herramienta que muestre dónde está funcionando cada uno puede ahorrar ciclos de prueba y error. Es como tener un plano de tráfico en tiempo real: no solo te dice que llegaste tarde, te explica en qué tramo se formó el atasco.También abre una puerta relevante para la estabilidad. Muchas degradaciones empiezan en puntos concretos, a menudo relacionados con defectos y fronteras internas. Si la tomografía identifica regiones persistentes de baja conductividad o zonas donde la pasivación no penetró bien, se pueden diseñar tratamientos más específicos, materiales más homogéneos o procesos de deposición que reduzcan la aparición de esos puntos débiles.Un método con alcance más allá de la fotovoltaica de perovskitaAunque la motivación inmediata son las celdas solares de perovskita, el enfoque tiene potencial en un abanico amplio de dispositivos optoelectrónicos y electrónica de película delgada. Cualquier tecnología donde la corriente dependa de microestructuras internas —y donde los defectos jueguen un papel desproporcionado— podría beneficiarse de una “radiografía” eléctrica tridimensional. La clave está en que el método no se queda en promedios: muestra la geografía real del transporte de carga, capa a capa.Quedan, claro, preguntas prácticas: cuánto tarda el proceso, qué tan representativa es la zona analizada frente a un dispositivo grande, cómo se integra el aprendizaje en líneas de fabricación. Aun así, como herramienta de diagnóstico y optimización, TC-AFM tomográfico aporta un tipo de evidencia que faltaba: ver con detalle dónde la pasivación está cumpliendo su promesa y dónde aún deja grietas.La noticia Mirar dentro de una perovskita: un “TAC eléctrico” muestra por qué la pasivación mejora la eficiencia solar fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.