Vengo del barro. Vengo del barrio tomado sin ningún decreto, sin ningún papel, sin ningún derecho. Vengo de los caballos atados a los postes, de los botines colgados en los cables y de los perros callejeros muertos de hambre revisando la basura. Vengo del descampado que hace más de veinticinco años mis viejos empezaron a habitar. Vengo de Costa Esperanza, asentamiento popular de Loma Hermosa, General San Martín. Vengo de un barrio complicado, pero de una casa muy humilde. Y por suerte, o por elección propia, elegí salvarme con la poesía.Mirá tambiénMirá tambiénLa inteligencia desperdiciadaEn casa no había agua potable. El agua de pozo que llegaba al tanque de la terraza nos servía para bañarnos y lavar los platos. Con mis hermanos buscábamos el agua potable en la casa de Ilda, la única vecina de la cuadra que tenía un caño de agua buena conectado. Mamá tenía tres o cuatro bidones de cinco litros debajo de la mesada de la cocina, bidones que llenábamos dos o tres veces por semana en lo de Ilda. Recuerdo cómo nos peleábamos con mis hermanos para buscar el agua. Con esos bidones mamá cocinaba y preparaba el jugo para las comidas.Las cuadras del barrio siempre fueron de tierra. Cuando llovía, se volvían de barro. Para cruzar hacia la casa de Ilda, saltábamos por los pedazos de barro que se notaban más secos. Las zapatillas volvían a casa hechas un chiquero. Varias veces me caí en el barro por culpa de un pie mal apoyado en el suelo resbaladizo.Mirá tambiénMirá tambiénSeguir adelante (en el cine)En casa no teníamos piso de baldosas. Era sólo de cemento. La cocina y las habitaciones estaban hechas con carpeta. La carpeta de cemento con el tiempo tenía pozos. Cuando barría mi pieza, tiraba chorros de agua al piso para que no se levantara tanto polvo.Guido Chapedi, poeta, en el barrio Costa Esperanza, donde vive.En casa tampoco había cloacas ni servicio de recolección de basura. En el patio del fondo había un pozo ciego cubierto con chapas y la basura se la llevaba un hombre que manejaba un carro a caballo. Toda esa basura iba a parar al borde del río Reconquista.En casa no había muchos libros. Mamá tenía una biblioteca en su pieza, pero guardaba aquello que le servía para su profesión, ella es profesora de nivel inicial.El asentamiento de Costa Esperanza, partido De San Martin, en 1998. Foto Gentileza Fabián NeirotEl primer libro que leí, lo leí a los cinco años. Fue mi vieja la que me enseñó a leer y a apasionarme por las historias que se escondían en cada página. Desde que descubrí el arte de leer, no frené nunca. Todas las vacaciones que nos íbamos a San Bernardo, me compraba libros.La pasión por la lectura logró que me empiece a cautivar el mundo de la escritura. A los once años me regalaron mi primer cuaderno rayado y empecé a escribir las cosas que me pasaban en la escuela.Ese mismo año, mi mejor amigo me había pedido que le escribiera un poema a la chica que le gustaba. Yo tenía linda letra y él quería enamorarla con un poema. Fue ese mi primer acercamiento a la poesía. Escribí un poema con rima que luego mi amigo firmó y se lo dejamos debajo del banco durante el recreo. A la chica le encantó el poema, pero no le gustaba mi amigo.La chica se había dado cuenta de que la letra era mía y vino a buscarme para decirme que tenía que seguir escribiendo poemas, que la rima había quedado bonita. Desde aquel momento, dejé de usar el cuaderno rayado que me habían regalado para contar las cosas que pasaban en la escuela y empecé a llenarlo de poemas: esta vez, con lo que me pasaba a mí.A los quince años, con más de tres cuadernos de poemas escritos, decidí crearme una cuenta de Instagram para empezar a compartir mis escritos. Todos los días subía una poesía y mis letras se empezaron a compartir entre distintas personas.Antes del año en las redes sociales, llegué a los mil seguidores. Conocí gente nueva, otros escritores que también publicaban sus producciones. Hice amigos. Valentina, Renée y Ariana fueron las primeras poetas con las que formé un grupo para hablar de poesía.Los versos empezaron a acaparar toda mi vida. Estaba tan metido escribiendo en mi cuaderno que no me di cuenta de que afuera, en el barrio, el municipio había empezado a asfaltar las calles y los vecinos habían empezado a mejorar y remodelar sus casas. Tampoco me daba cuenta de cómo crecía el peligro: la droga que se vendía en la esquina, los delincuentes del fondo del asentamiento que les robaban a sus propios vecinos. Una noche entraron a casa y se afanaron la bicicleta de mi mamá. Una tarde cualquiera, fui a comprar a una librería del barrio y quedé en el medio de un tiroteo.Los pibes que antes se juntaban en la calle a jugar a la pelota con la famosa pelota de trapo empezaron a estar en los quilombos: algunos presos, otros soldaditos ayudando al tranza a repartir la droga para que los pibitos entren en un trance, otros rateros afanando lo que veían en los patios.La poesía siguió ahí a pesar de los malos tiempos del barrio.A los diecisiete años empecé a pensar en armar un libro y apenas cumplí los dieciocho, lo tuve listo. El libro era un poemario que reunía los poemas de mi adolescencia, por eso lo titulé “Un refugio en mi memoria”. Pero la gran duda que tenía era: ¿cómo hacer que una editorial me vea? Para ese momento ya tenía tres mil seguidores en las redes. Publicaba a diario.Empecé a buscar editoriales que hubieran editado libros de poesía. Mandé mails y durante meses no me contestaron. Miré hacia las grandes editoriales y me di cuenta de que todos los autores eran personas adultas, alrededor de los cincuenta años. ¿Por qué publicarían a un pibe de dieciocho que nunca escribió libros? Después de pensar en eso, me rendí. Llegué a pensar que la publicación no era para mí, hasta que apareció Guido Messina, un escritor que admiro mucho, y me mostró que existe el mundo independiente, que uno puede pagar para que una editorial haga un libro y encargarse de venderlo a sus contactos con sus propias manos. Fue él quien me pasó el contacto de Silvia, le editora de El Escriba Ediciones, una mujer de Vicente López apasionada por los libros que tiene una galería en la parte de atrás de su casa donde los hace.¿Estaba en condiciones de poder hacer el libro? Claramente no. Me faltaba el dinero. Y sabía que pedirles a mis padres iba a ser mucha molestia. Mamá siempre me crio enseñándome que yo debía esforzarme y trabajar por lo mío. Eso hice. Tiré curriculum en diferentes lugares y entré a trabajar en una perfumería importante. Al mes de prueba, no me renovaron el contrato. Claramente no era lo mío. Lo mío estaba cerca de las letras.El primer sueldo que tuve gracias al trabajo en la perfumería me alcanzó para hacerme unos anteojos y confirmarle a la editora que iba a editar y publicar mis libros con ella. Estaba decidido: mi primer libro iba a nacer en el mundo independiente. La contacté y empezamos a trabajar codo a codo con las correcciones. En dos meses estuvo listo.Pagué doscientos ejemplares y los vendí en pandemia. Se los ofrecí a mis vecinos, a mis familiares y a todos los contactos que había hecho por las redes sociales.Después del primer libro, llegó el segundo: “Tumbas”. En breve, sale el tercero. Estos dos también fueron editados por Silvia, es decir que también forman parte del mundo independiente.Actualmente llevo más de quinientos libros vendidos. Mis libros no están en librerías, por lo que me encargo de difundirlos por redes sociales y realizar los envíos a todo el país a través del correo. Y no solo escribo. También participo en diferentes ferias del libro compartiendo mis poemas y coordino el taller “Refugiarse en las palabras”: un espacio emocional ideal para empezar a escribir poesía.A los dieciocho años creía que por venir del barro era imposible que me convirtiera en un escritor. Hasta yo mismo me creía los estigmas que nos suelen poner a las personas de barrios humildes y carenciados: que no vamos a llegar a nada, que somos negros cabeza sin ganas de salir adelante, que nos gusta vivir estancados, que nos enamoramos del barro y que vivimos de planes sociales.Sí, vengo de un barrio tomado, pero mis palabras no son prestadas. A mis veintitrés años aprendí que no hay que creerse que en los barrios populares vivimos los negros cabeza. En un asentamiento carenciado viven dignamente una profesora de nivel inicial, una piba que se anota al CBC de la Facultad para ser la primera universitaria de la familia, una médica, un albañil, una costurera, una familia que atiende un almacén, barberos, trabajadores nobles y hasta bomberos voluntarios.Debo admitir que aún me cuesta llamarme escritor dentro del barrio. Los asentamientos carenciados también reproducen los estigmas con los que aprendieron a mirarse. ¿Un escritor dentro del barrio? ¿Autor de tres libros? A ese le falta calle, le falta droga, le falta barro. Podría decir una persona que no está acostumbrada a que se le presente algo diferente. Están quienes piensan así y quienes valoran esa diferencia, entendiendo que yo pude haber elegido el camino de la droga, del robo y de la violencia, pero elegí el camino de la escritura y los poemas.Soñé con ser escritor y hoy, vos estás leyendo esto en la página de un diario. Parecía casi absurdo, pero lo logré. Lo logramos.Te invito a soñar en lo que quieras. No permitas que tu lugar de procedencia te limite. Sé quién quieras ser. Si naciste en un barrio humilde, vos y yo sabemos que quizás tenemos menos oportunidades. Pero tener menos oportunidades no implica tener las puertas cerradas. Yo me animé a tocar puertas para cumplir mi sueño. No me quedé de brazos cruzados. Toqué puertas despacito y cuando no me atendían, me animé a tocar ventanas. Nunca me quedé quieto, porque sabía que quedándome quieto, el sueño podía escaparse de mis manos. Trabajé, me formé, escribí… escribí mucho. Y fueron los frutos de mi propio trabajo los que hoy me permiten hacerte llegar este mensaje: ¿Qué esperás para cumplir tu sueño? Deseo de todo corazón que los estigmas no nos arrebaten la posibilidad de seguir soñando.Newsletter ClarínRecibí en tu email todas las noticias, coberturas, historias y análisis de la mano de nuestros periodistas especializadosQUIERO RECIBIRLOTags relacionadosMundos íntimosPobreza