«¿Es en serio?», «es un sueño», «no lo creo hasta que Estados Unidos hable». Estos son los comentarios que llegan a ABC y que es un sentimiento que comparte un país entero que vive con conmoción la serie de explosiones a puntos claves del país y que se sella con la captura de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores. Ahora mismo el país está sumido en un estado de suspensión, donde la incredulidad compite directamente con la conmoción. En las calles, la gente no celebra aún; procesan la información con una cautela nacida de la costumbre. «Necesito pruebas, no solo un mensaje en redes sociales», comentan quienes, marcados por la desconfianza, prefieren esperar una confirmación oficial internacional o una declaración del gobierno estadounidense antes de permitirse el alivio. Mientras el pulso ciudadano se acelera entre el escepticismo y la esperanza de que esta vez no sea un sueño, el contraste mediático en el país resulta surrealista. En las pantallas de la televisión nacional hay un vacío informativo absoluto: mientras el destino político de la nación pende de un hilo, los canales tradicionales distraen a los espectadores con noticias de espectáculos. La confirmación ha llegado después con un mensaje de la vicepresidenta Delcy Rodríguez, ahora presidena en funciones, desde Moscú, donde se encuentra. «Ante esta brutal situación y ante este brutal ataque, nosotros desconocemos el paradero del presidente Nicolás Maduro y de la primera dama, Cilia Flores», ha declarado en un mensaje. En un contacto telefónico con el canal estatal Venezolana de Televisión (VTV), Rodríguez exigió al Gobierno de Trump una prueba de vida de Maduro y de Flores. Esa brecha entre la realidad que se respira en el asfalto y lo que transmiten los medios subraya, una vez más, la profunda desconexión de un país que aguarda con tensa calma.