Más allá del transistor: memristores moleculares que cambian de papel como lo hace una sinapsis

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Durante décadas, el transistor ha sido el ladrillo básico de la informática. Ha funcionado tan bien que cuesta imaginar otra cosa, pero su progreso se topa con límites prácticos: miniaturizar sin disparar el consumo, el calor y la complejidad de fabricación no es infinito. Por eso, desde hace más de medio siglo, distintos equipos han explorado una idea seductora: si la materia viva utiliza moléculas para procesar señales, ¿por qué no construir dispositivos electrónicos a partir de moléculas?El problema es que, cuando pasas del dibujo limpio de un libro a un componente real, las moléculas no se comportan como piezas perfectas y aisladas. Se amontonan, interactúan, cambian sus interfaces, los electrones no “circulan” de forma lineal y los iones pueden moverse como gente en un pasillo estrecho: pequeñas diferencias en la estructura o el entorno alteran mucho el resultado. Esa imprevisibilidad ha sido uno de los grandes frenos de la electrónica molecular.Computación neuromórfica: no solo imitar al cerebro, sino parecerse a su materiaEn paralelo ha crecido otra línea de investigación con ambición similar: la computación neuromórfica, hardware que toma inspiración del cerebro. El objetivo no es únicamente ejecutar redes neuronales, sino acercarse a una propiedad clave del tejido neuronal: memoria y cálculo no están en “chips separados”. En el cerebro, el almacenamiento y el procesamiento se mezclan en el mismo sustrato físico, y cambian con la experiencia.Muchos prototipos neuromórficos actuales se basan en óxidos y mecanismos de conmutación tipo filamento. Pueden imitar aprendizaje con estrategias ingeniosas, aunque a menudo se sienten como un truco de ingeniería muy bien afinado: se comportan “como si” aprendieran, más que contener esa adaptabilidad en su propia química. Aquí es donde la propuesta que llega desde el Indian Institute of Science (IISc) resulta interesante, porque intenta unir los dos retos: controlar lo molecular y, al mismo tiempo, lograr comportamiento funcional flexible, cercano a la idea de material que computa.Un trabajo del IISc: un mismo dispositivo que sirve de memoria, lógica o sinapsis artificialSegún el estudio publicado en Advanced Materials (9 de diciembre de 2025), el equipo liderado por Sreetosh Goswami en el Centre for Nano Science and Engineering (CeNSE) diseñó dispositivos moleculares capaces de adoptar roles distintos según el estímulo aplicado. En términos de informática, eso significa que el mismo componente puede comportarse como unidad de memoria, puerta lógica, selector, procesador analógico o sinapsis artificial.Para aterrizar la idea, piensa en una herramienta multiusos: un destornillador que, con un giro, cambia de punta y sirve para tornillos diferentes. Aquí la “punta” no se cambia físicamente con la mano; cambia el comportamiento electrónico del material cuando se le aplica cierto voltaje o se modifica el entorno iónico. El valor está en la reconfiguración: no se trata de tener un cajón lleno de piezas especializadas, sino una pieza adaptable que ejecuta funciones diversas en el mismo soporte material.Este tipo de comportamiento conecta con una familia de componentes conocidos como memristores, dispositivos cuya resistencia depende del historial de estímulos. Esa “memoria” del pasado, expresada en conductancia, es justo lo que interesa para sistemas neuromórficos, porque se parece a cómo una sinapsis refuerza o debilita su conexión en función de la actividad.La clave química: complejos de rutenio y un entorno iónico que lo cambia todoEl corazón del trabajo es químico. El grupo sintetizó 17 complejos de rutenio y estudió cómo variaciones pequeñas en la forma molecular y en el entorno de iones influyen en el transporte electrónico. En una electrónica convencional, el material intenta ser estable y predecible; aquí se busca algo más parecido a una plastilina con reglas: una base controlable que, al tocarla de cierto modo, toma formas distintas sin volverse caótica.En estos complejos, los ligandos que “rodean” al rutenio y los contraiones cercanos funcionan como mandos finos. Cambiar un ligando o un ion no es un detalle cosmético: altera cómo la molécula intercambia electrones, cómo se reorganiza el entorno y qué tan fácil es saltar entre estados. El resultado reportado por el equipo es una gama amplia de respuestas dinámicas, con capacidad de moverse entre comportamientos más digitales (cambios marcados entre estados) y más analógicos (variaciones graduales de conductancia en un rango amplio).Esa transición entre lo digital y lo analógico es relevante porque la IA moderna usa ambos mundos. El entrenamiento y la inferencia en redes neuronales se benefician de pesos que cambian de forma gradual, como un regulador de intensidad en una lámpara, mientras que el control lógico clásico exige decisiones del tipo “sí o no”. Un material que permita ambos registros sin cambiar de plataforma abre puertas a arquitecturas híbridas.De la intuición a la predicción: una teoría para anticipar funciones desde la estructura molecularUno de los puntos más llamativos del estudio es el esfuerzo teórico para convertir un “descubrimiento curioso” en algo que se pueda diseñar. La electrónica molecular ha sufrido durante años por falta de marcos predictivos robustos: muchas veces se observa un fenómeno y luego se intenta explicarlo, con dificultad, a posteriori.El equipo propone un marco de transporte basado en física de muchos cuerpos y química cuántica para predecir la función del dispositivo a partir de la estructura molecular. En su interpretación, el comportamiento emerge de varias piezas acopladas: cómo viajan los electrones a través de la película molecular, cómo las moléculas pasan por procesos de oxidación y reducción, y cómo los contraiones se desplazan dentro de la matriz. Es como una coreografía: si cambias el ritmo de un bailarín (estado redox) y también mueves al grupo que lo rodea (iones), el patrón completo cambia.Esa combinación afecta la conmutación y la relajación del sistema, y determina cuán estables son los estados. Dicho de forma cotidiana: no solo importa si la puerta se abre o se cierra, importa si se queda en esa posición o si vuelve sola al punto anterior con el tiempo. Para memoria, estabilidad; para ciertas tareas neuromórficas, una relajación controlada puede ser útil porque se parece al olvido o a la plasticidad temporal.Qué aporta a la computación en memoria y al hardware de IA con menos energíaSi un material logra combinar almacenamiento y procesamiento en el mismo lugar físico, se reduce un coste que hoy pesa mucho: mover datos. En arquitecturas tradicionales, una parte del consumo se va en transportar información entre memoria y procesador. La idea de computación en memoria busca lo contrario: que parte del cálculo ocurra donde ya están los datos.Los memristores moleculares reconfigurables que describe el IISc apuntan a ese tipo de escenario. Un mismo elemento, bajo distintas condiciones, puede funcionar como memoria y como operación básica. En términos de diseño de sistemas, esto sugiere matrices donde los “pesos” de una red neuronal se guardan como estados de conductancia y, a la vez, participan en el cómputo analógico. Si esa promesa se sostiene a escala y con fiabilidad, el impacto potencial es hardware de IA más eficiente, especialmente en tareas en el borde, como sensores y dispositivos que deben tomar decisiones sin enviar todo a la nube.Lo que falta por demostrar: integración, variabilidad y fabricación a escalaQue un dispositivo muestre versatilidad en laboratorio no significa que esté listo para reemplazar tecnologías maduras. Para que estos materiales pasen de artículos científicos a productos, hay obstáculos conocidos: controlar la variabilidad entre dispositivos, garantizar estabilidad a lo largo de ciclos, resistir temperaturas y condiciones reales, y encajar en procesos de fabricación compatibles con silicio.El propio equipo menciona que trabaja en colocar estos materiales sobre chips de silicio, un paso clave para probar integración. Si el material es el “cerebrocito” adaptable, el silicio sigue siendo la “carcasa” industrial con conexiones, control y escalado. La pregunta práctica es si la química puede mantenerse uniforme cuando el tamaño crece y cuando miles o millones de elementos deben comportarse de forma consistente.También está la cuestión de la interpretabilidad del comportamiento: un dispositivo que puede ser memoria, lógica y sinapsis suena potente, aunque en ingeniería esa multifunción exige control fino para evitar estados indeseados. La misma flexibilidad que da capacidades nuevas puede introducir ambigüedad si no se modela y calibra bien. Ahí el marco teórico del trabajo, si demuestra poder predictivo en escenarios variados, puede ser tan importante como la síntesis de los complejos.Una pista interesante: cuando la química deja de ser “material” y pasa a ser “arquitectura”El valor conceptual de este estudio es que plantea la química como parte del diseño computacional, no solo como el soporte donde ocurren corrientes. En el artículo de Advanced Materials, el equipo describe cómo el diseño molecular y el entorno iónico codifican comportamientos reconfigurables, con un lenguaje que conecta materiales con funciones de cómputo. SciTechDaily populariza esa idea con una metáfora llamativa: material “inteligente” que se acerca a cómo opera el cerebro. Conviene leerlo con calma: no es que el material piense como una persona, sino que exhibe propiedades útiles para construir hardware donde memoria y cálculo se mezclan y se ajustan con el estímulo.Si los siguientes pasos confirman estabilidad, control y manufacturabilidad, esta línea podría convertirse en un componente más del ecosistema de hardware neuromórfico. No como sustituto inmediato de todo lo existente, sino como una alternativa para ciertos tipos de cómputo, especialmente aquellos que se benefician de plasticidad, estados analógicos y eficiencia energética.La noticia Más allá del transistor: memristores moleculares que cambian de papel como lo hace una sinapsis fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.