Diciembre de 1997. José Parejo terminaba con la vida de su exmujer prendiéndole fuego en el jardín de su casa. Apenas dos semanas antes, ella había compartido en un plató de televisión toda la violencia ejercida a manos de su agresor. La víctima se llamaba Ana Orantes y marcaría, sin saberlo, un antes y un después no sólo en las políticas públicas, sino también en el sentir social y en la forma de narrar la violencia machista.Emergieron entonces los primeros manuales, los códigos deontológicos con perspectiva de género y las recomendaciones de quienes se resistían a encajar la violencia contra las mujeres como un simple suceso. La manoseada violencia pasional quedó definitivamente desterrada y las mujeres ya no morían, sino que eran asesinadas.El cambio narrativo sembrado por las comunicadoras feministas en las dos últimas décadas es incuestionable, pero el contexto actual –la sucesión incesante de crímenes machistas y el avance del negacionismo– hace necesaria una reflexión conjunta sobre las estrategias comunicativas. Son dos menores y diez mujeres las asesinadas por hombres que eran sus parejas o exparejas en lo que va de año. Desde que existe recuento oficial, los feminicidios íntimos ascienden a 1.353, los menores asesinados en contextos de violencia machista son 67 y otros 514 han quedado huérfanos como consecuencia de los crímenes contra sus madres.Las cifras han permitido perfilar un dibujo preciso de la violencia que recae sobre las mujeres, pero al mismo tiempo su uso exclusivo plantea algunos riesgos: ¿está la sociedad anestesiada? ¿Son las cifras por sí solas capaces de conmover al público? Según la evolución de los barómetros del CIS, la proecupación social en torno a la violencia machista tuvo su auge durante las masivas movilizaciones feministas, pero se mantiene bajo mínimos desde entonces. La pregunta es obligada: ¿cómo puede el relato de la violencia ser un revulsivo social? "Está claro que no se puede reducir la violencia machista a una cifra", introduce María Ángeles Fernández, periodista en Píkara Magazine. La comunicadora se opone a confiar exclusivamente en los datos para cargar con el peso del relato, pero sí recuerda la utilidad de las cifras para dimensionar el problema, tal y como ocurre en ámbitos como los conflictos armados y las guerras. "El reto como periodistas es buscar equilibrio", sostiene en entrevista con este diario, "no renunciar a los números, porque sirven para dimensionar, pero tampoco perder el relato, el contexto y la humanización de las víctimas". Alba Taladrid, miembro de la organización Xornalistas Galegas, conviene en que "existe el riesgo de minimizar el problema si reducimos las informaciones sobre violencia contra las mujeres a cifras y estadísticas". Frente a ese "enfoque numérico de una cuestión que es transversal y va más allá del suceso", la periodista invoca al saber recogido en los manuales especializados, en los que se explicita "la necesidad de aportar contexto sobre la dimensión social del problema". "Debemos ahondar en la información a través de fuentes expertas y estudios contrastados que aporten una visión más amplia de qué es la violencia de género y de su profunda incidencia social", subraya.En ello repara también la periodista feminista Cristina Fallarás. "La cifra más bestia la hemos dado este año: más de seis millones de mujeres han sufrido violencia por parte de sus parejas o exparejas". Y, sin embargo, la también escritora se pregunta cuál ha sido el impacto real de esa cifra, contenida en la Macroencuesta de Violencia sobre las Mujeres. "Como no hemos descrito aquello de lo que hablamos, esas cifras no calan", resume. Y no lo hacen porque "participan de la abstracción". Frente a ello, continúa, el "movimiento testimonial lo que hace es representar aquello a lo que nos referimos con la idea de violencia machista para ponerle cuerpo, ponerle un relato".Cuando una segunda mujer denunció por violencia sexual al expolítico Íñigo Errejón, una de sus primeras peticiones fue la de proteger su identidad. También temió por su privacidad la denunciante del exjefe de la Policía Nacional, después de que sus datos se filtraran en chats policiales. Para Fallarás, resulta llamativo el empeño por desvelar detalles sobre la identidad de las víctimas de violencia sexual, mientras la mirada mediática ignora las historias de las víctimas de los crímenes mortales. "Sabemos más datos sobre las denunciantes que sobre las asesinadas", clama.A juicio de la periodista, el asunto es simple y pasa por repensar el consenso mediático en torno a ignorar los detalles de la violencia experimentada por las mujeres. "Es brutal que cuando decimos que una mujer murió acuchillada, no sepamos lo que significan sesenta cuchilladas en el cuerpo. O cuando decimos que un hombre ha asesinado a un niño en un nuevo caso de violencia vicaria, no contemos que le han dado un machetazo delante de la madre. Necesitamos relatos, porque si no eliminamos la humanidad y no generamos empatía", defiende.El relato detallado de los crímenes machistas, sin embargo, puede despertar recelos ante el riesgo de integrar como hábito comunicativo la espectacularización, el sensacionalismo y la banalidad de la violencia. "Puede pasar, pero debe haber periodistas especializadas en todos los medios: quien cubra estas informaciones debe tener nociones básicas para evitar caer en dinámicas como el terror sexual", expresa la redactora de Píkara.El debate está servido. Evitar el morbo es en realidad "un deber deontológico del periodismo", afirma Taladrid. A juicio de la periodista gallega, poner en el centro el contexto de los crímenes machistas no debe pasar por narrar "detalles concretos sobre una agresión", pues a su entender "no aportan ningún valor informativo y buscan únicamente el sensacionalismo, el morbo y la espectacularización del maltrato". Fallarás, en cambio, sí defiende la aproximación al detalle como receta contra el relato aséptico de las cifras: "Lo que sucede con la abstracción es que genera unas construcciones no empáticas que se asumen casi como dogma", asiente. Pone algunos ejemplos. Si la Transición es todavía tildada como "modélica", introduce, se debe a que no hay un relato lo suficientemente sólido sobre "cómo se torturaba a miles de hombres y mujeres en las comisarías" y si cuestiones como la abolición del trabajo infantil salieron adelante fue porque se introdujo una descripción pormenorizada sobre "sus consecuencias y lo que suponía para la vida de las personas". Sin una narración detallada de la barbarie, asegura la feminista, será muy difícil remover conciencias.El informe Contar sin legitimar. Violencias machistas en los medios de comunicación aporta algunas claves al debate e introduce cuatro pilares en lo que respecta al tratamiento informativo de la violencia machista: "Evitar los detalles escabrosos y que señalan a la víctima; centrarse en el análisis de sentencias, desbrozando hechos probados y argumentaciones; humanizar las historias poniendo a mujeres y familiares como sujetos activos y no objetos de representación y, por último, virar el enfoque hacia los agresores".En este último punto se detienen las periodistas entrevistadas. Fernández sugiere cautela en el enfoque. Hablar de los agresores puede conllevar a veces "justificar su acción, entenderlos y empatizar". Pone un ejemplo: cuando Francesco Arcuri, la expareja de Juana Rivas, comenzó a ser llamado a los platós de televisión, el relato en torno al caso experimentó un giro sustancial. Entonces, ella dejó de ser vista como una madre víctima de violencia para ser juzgada como una secuestradora, lamenta la periodista. Fernández también rechaza los clichés que refuerzan la patologización o la deshumanización de los maltratadores, a menudo encasillados como personas con problemas de salud mental o simples monstruos. En contraposición, Taladrid defiende situar la carga informativa sobre el agresor pero siempre desde una perspectiva crítica, concediendo a las mujeres la posibilidad de "decidir si quieren dar a conocer o no su condición de víctima". La estrategia comunicativa, en todo caso, avanza en paralelo al debate social y feminista, sin perder el foco de lo importante: "Combatir la doble injusticia que supone la violencia machista y la violencia simbólica en su tratamiento informativo", cierra la periodista gallega.