Hay una frontera invisible que divide en dos la Semana Santa, que separa el vértigo de los primeros días del poso que nos deja el epílogo de las últimas cofradías. El Miércoles Santo es, por la ineludible naturaleza del calendario, el precipicio emocional que nos lleva de uno a otro. Es el ejemplo de esa impaciencia que nos hace querer más y a la vez detenernos en una eternidad que nace cuando la Sed sale a las calles de Nervión y acaba con Madre de Dios de la Palma avanzando como una llamarada en la penumbra de San Pedro. Dicen que es el día de la cruz, pero mis ojos han visto que es la tarde de la alegría. Esa... Ver Más