Graves y aburridas comprobaciones en temporada de promoción cultural: a menudo, quien tiene más espacio en los medios deambula de uno a otro quejándose de otros medios; más fina tiene la piel ante la crítica o la indiferencia; peor lleva cualquier adversativa a su obra o su persona, y eso cuando ellos no creen que es lo mismo, la obra y la persona (“¿atacas mi película o mi libro? Eso es que no me aguantas a mí porque la obra es buena, el resto son prejuicios”). Quien construye su discurso y su personaje sin hacer daño a nadie, y no valora ni enjuicia el papel de quien lo entrevista, es rápidamente caricaturizado o convertido en una suerte de histrión para jueguecitos crueles de esos medios a los que él acude educadamente cuando le llaman. Otra cosa: quien más se prodiga en decir la mayor tontería sin demostración alguna, quien suelta la mayor bravuconada o trola o payasada inane, acto seguido se queja de que ahora ya no se puede decir nada en ninguna parte y a ninguna hora; más probabilidades de que esto ocurra cuanta más audiencia tenga el medio al que es invitado. Seguir leyendo