Emilio Duró, empresario: «Todo el mundo se arrepiente de haber vendido la vida por dinero, de no seguir sus sueños»

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Cumplir 100 años es todo un logro biológico. En España apenas hay 17.000 personas centenarias según los últimos registros del INE. El hito es más destacable todavía si estas personas reconocen estar plenamente orgullosos de la vida vivida. Emilio Duró cree que esa suma es algo excepcional. El empresario, consultor y profesor español ha afirmado en el podcast de Uri Sabat 'La fórmula del éxito' que «todo el mundo se arrepiente» de algo cuando llega al final de su vida. El tiempo invertido en un proyecto, la gestión del dinero, las relaciones que se podrían haber arreglado antes de darlas por perdidas... El arrepentimiento apela a cada persona con una situación concreta y única en su caso. Aunque hay algunos puntos en común. Duró respalda esta opinión en la experiencia que algunos añosos le han transmitido. «Hemos preguntado a la gente de 100 años de qué se arrepiente en la vida» y su primera respuesta suele ser la libertad. «Todo el mundo se arrepiente de haber vendido la vida, de haber hecho lo que los demás querían, lo que él quería, de haber vendido la vida por dinero; todo el mundo dice lo mismo». Muchos de los testigos afirman que si volvieran a nacer 'seguirían sus sueños'. El segundo origen de insatisfacción personal al final de la vida es «de no haber expresado más emociones positivas, tocado más, abrazado más, besado más». El tercero, en la misma línea, se refiere a no haber compartido más tiempo en compañía de aquellos seres queridos. El trabajo es una de las excusas que esta gente condena desde su experiencia. «Todo el mundo se arrepiente de haber trabajado tanto a costa de sus seres queridos», afirma. Ni el puesto, ni el sueldo, ni el resultado valen tanto como ese rato compartido junto a los tuyos. Esto lo reconocemos cuando queda menos tiempo de solucionarlo. «La cuarta cosa que todo el mundo se arrepiente es de haberse ido a vivir lejos de sus seres queridos, de su padre, de su madre», cuenta Emilio Duró. Este gesto de independencia esconde una mentira social sobre el verdadero éxito y el empresario lo explica desde su propia experiencia. «Yo soy un triunfador porque no vivo con mi madre, qué tontería, triunfador», reconoce. Este error de juventud puede no tener solución con el paso del tiempo, cuando ese ser querido se va: «Mi padre tenía cáncer y le podía ver poco, le iba a ver con prisa y me arrepentí toda mi vida». El empresario critica la ambición individual cuando esta se interpone en la unidad familiar y apela a los jóvenes: «¿Pero qué se te ha perdido en el Silicon Valley, en Harvard, en la otra punta del mundo? Pero, si tu propósito te lleva ahí, ¿qué propósito tiene que ser? ¿Vas a dejar solo a tu papá y a tu mamá? ¿Vas a privarles de ver a sus nietos porque tú quieres desarrollar no sé qué historia?». La gente siente de una insatisfacción propia generalizada, especialmente referida a la oportunidad perdida de haber conectado más personalmente. «Todo el mundo se arrepiente de haberse ido bien lejos de sus queridos y de no haber sido más feliz, de no haber amado más». Este objetivo «es muy simple», dice Duró, pero hace falta invertir tiempo, esfuerzo y esperanza y exponerse a un posible fracaso. No nacemos aprendidos: «Lo que pasa es que la vida tenemos que aprenderla y, por desgracia, el ser humano aprende a los demás». La 'desgracia' de los humanos es tener que recorrer este camino de la mano de otras personas igual de inseguras que él. Esta desventaja es el origen mismo del propósito vital de Duró: «En 100 años sólo no vas a poder . Y, como dijo el Papa Francisco, 'no tengas miedo, no estás solo'». Si tuviera que dar un único consejo sería el de «nunca pierdas la fe en algo». Este 'algo' entendido como un objetivo humano y no social, para que cuando todos los éxitos temporales se hayan terminado -el trabajo, la belleza, la fama- que siempre quede la fe en el de al lado. «Los pocos que mueren 'felices' son los que mantienen el sentido de trascendencia», reconoce el empresario. En una sociedad que valora más el nihilismo que el sacrificio, Emilio Duró apuesta por encontrar el verdadero sentido de la vida en la esperanza y el amor.