'Tras el ensayo', un Bergman que no se sabe si es pato o conejo

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« Ingmar Bergman fue un hombre de teatro que hizo cine, no un cineasta que hacía teatro». La sentencia la pronuncia Eduardo Vasco, director del Teatro Español, donde este viernes se estrena ' Tras el ensayo ', una obra del autor sueco dirigida por Ernesto Caballero e interpretada por Emilio Tomé, Lucía Quintana y Elisa Hipólito .  'Tras el ensayo' ('Efter repetitionen') nació como una película para televisión. Bergman la escribió y la rodó en 1984, dos años después de estrenarse 'Fanny y Alexander', que quería que fuera su última película. «'Tras el ensayo' estaba, pues, destinada a ser un episodio agradable en mi camino hacia la muerte -escribió-. Tiene mucho que ver con mi actitud y mi relación con el teatro y los actores, con esta profesión sucia, dudosa, fantástica, increíble y cruel ». En un escenario vacío tras un ensayo teatral, el veterano director Henrik Vogler se queda solo, reflexionando sobre su carrera y sus obsesiones. La llegada inesperada de Anna Egerman, una joven actriz, y la irrupción del recuerdo de Rachel, una actriz del pasado, desencadenan un tenso y revelador triángulo emocional. «De mi inconsciente acuoso brotaron enredaderas retorcidas y extrañas hierbas; todo se convirtió en una papilla de bruja». «'Tras el ensayo' es una obra que, bajo una apariencia escénica sobria, alberga una complejidad emocional y simbólica de gran densidad -dice Ernesto Caballero-. En ella, Bergman se proyecta con crudeza y lucidez en su alter ego Henrik Vogler, para enfrentarse a los fantasmas del arte, el tiempo y la memoria». «Personalmente -asegura Caballero-, me parece una obra maestra del teatro de cámara, en la línea de Strindberg -la obra que se ensaya es 'El sueño', del autor sueco- o de Chéjov . Con el pretexto del teatro y de su universo, Bergman va más allá e indaga, como el maestro que fue, en las simas de las relaciones humanas, en el poder, la memoria, la culpa, la redención... En la manipulación emocional que viene determinada por una fragilidad y por una necesidad afectiva». Vogler, sigue el director, busca «un instante de verdad». «En el teatro -dice en uno de sus diálogos el personaje de Rachel-, la verdad se escinde. Una verdad siempre convive con su sombra. Lo otro es una confidencia personal, con todo lo engañosa que esta puede llegar a ser. Lo que trato de decir es que necesito yo también mostrarme como algo más que un recuerdo que te atormenta. Literalmente, un fantasma». «Ahora que se habla tanto de 'autoficción' -apunta Caballero-, aquí tenemos una obra muy autorreferencial. Vogler es un trasunto del propio Bergman, él mismo lo dijo en sus memorias. Es él, son sus relaciones con las mujeres, con el teatro y la profesión teatral, con el tiempo». «Eres Heinrich Vogler -define el personaje de Rachel en otro momento de la obra-, esa vieja ruina, como le gusta definirse con autocompasiva coquetería. Un personaje en plena descomposición. Y lo sabe. Se adorna con su propia putrefacción y con sabiduría , una combinación peligrosa. Luego está ella, a punto de entrar en escena: mi hija Anna, tan adulta para el juego. Su belleza. Su carisma erótico. Esa inocencia calculada. Su curiosidad insaciable… Un caníbal que quiere devorar tus secretos y, que según tus apuntes, se presenta como un gran pájaro blanco sobre un montón de carroña». «Como director -sigue Ernesto Caballero-, me siento interpelado por las preguntas que plantea la obra: ¿qué lugar ocupa el creador en la escena contemporánea?, ¿qué vínculos genera con quienes lo rodean?, ¿cómo se conjugan en ese espacio el deseo, la memoria y la representación? Henrik Vogler encarna un modelo de director forjado en otro tiempo, portador de una autoridad casi incontestada que hoy, desde una mirada actual, suscita distancia crítica. Esta versión busca explorar esa tensión entre un paradigma escénico en revisión y las nuevas sensibilidades que atraviesan nuestra práctica teatral. Las relaciones entre Vogler y las dos actrices exponen dinámicas de poder emocional y simbólico, pero también las ambivalencias del deseo, el carisma y el tiempo que pasa». Asegura Ernesto Caballero que en su puesta en escena -«austera y basada en el trabajo actoral», incide- ha tratado de olvidarse del 'bergmanismo' y de lo 'bergmaniano', un término que suele asociarse con la mirada interior, la profundidad filosófica y la densidad psicológica . «Eso nos hubiese llevado a un lugar un poco impostado. Nos hemos enfrentado a este texto como si lo hubiera escrito cualquier joven dramaturgo de ahora, eludiendo todo ese imaginario que se supone que es Ingmar Bergman. Nosotros no sabemos lo que es Bergman, lo que sí sabemos es que 'Tras el ensayo' es un texto que rezuma verdad, que rezuma vida, conmoción interna». «Los directores de teatro -explica Vogler/Bergman en los primeros compases de la obra- solemos sentirnos muy a gusto cuando la sala queda en silencio después del ensayo. Es un calor especial, íntimo, alentado por los rescoldos de recientes intensidades emocionales». Bergman, cuenta Ernesto Caballero, «plantea eso que se llama cuarta pared, presenta a un director que se ha quedado a solas en un escenario vacío, y ahí plantea su primera dificultad para los que hacemos teatro: cómo vamos a enfrentarnos al público y vamos a decirle a los espectadores que se imaginen que no están presentes cuando sí están presentes». Coincide Ernesto Caballero con Eduardo Vasco en que Ingmar Bergman debería estar en el repertorio de cualquier teatro y que es un autor «absolutamente necesario». En Bergman, añade, hay un juego de muñecas rusas, en las que al gozo sucede el dolor, y utiliza una enigmática imagen, la del «pato-conejo». «En el teatro, la duda es consustancialmente pato conejo ; es decir, las cosas que duelen se gozan y las cosas que se gozan duelen. Esta obra nos exige exponernos porque nos toca directamente y porque Bergman se expone; cuenta lo que cuenta acerca de su situación, de su relación, de su biografía desde-para-con el teatro y con todos los que hacen el teatro. Y nosotros hemos lo mismo; no hablo de que hayamos hecho un psicodrama, pero sí que el proceso de creación nos ha obligado a sacar incluso, como dice el texto, lo que detestamos de nosotros mismos, al igual que lo hace Ingmar Bergman y eso es gozoso y doloroso a la vez». Es el turno de los tres actores. Emilio Tomé define la obra como «especialmente áspera e incómoda. Cuando la hizo, Bergman asumía que había hecho todo lo importante y había dicho todo lo que tenía que decir; se había dado cuenta de que todas sus películas trataban sobre él mismo, que él contaba la historia de un árbol en el que era el árbol y el hacha al tiempo». Elisa Hipólito cita a Lucía Quintana cuando habla compara un ensayo con un trampolín. «En los ensayos caben muchas posibilidades y así hemos abordado el trabajo; todas esas posibilidades nos ayudan a afrontar a los personajes de una manera mucho más abierta y a hacerlos más vulnerables, con las emociones a flor de piel». Lucía Quintana habla de «un espectáculo emocionante y lleno de hondura. Nos está sorprendiendo lo sutil, lo hondo y a la vez ligero y divertido que es. El público va a sonreír en medio de la aspereza y va a ver la trastienda de de este oficio, cómo se intenta contar una historia y cómo nos relacionamos las personas que nos dedicamos a esto».