Trump y sus dos Venezuelas

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La reunión entre Donald Trump y María Corina Machado, celebrada en la Casa Blanca doce días después de la operación militar que acabó con la captura de Nicolás Maduro, ha dejado una escena tan reveladora como inquietante: el presidente de Estados Unidos, autoproclamado árbitro de la transición venezolana, se permite alternar entre la «magnífica» Delcy Rodríguez y la premio Nobel de la Paz, Machado. Un juego que trivializa la lucha democrática en Venezuela como si fuera un concurso de audiencias y degrada la política exterior estadounidense a un teatro de preferencias personales. El encuentro fue deliberadamente privado, en un comedor del Ala Oeste, sin medios ni formalidades de Estado. Machado acudió sola y entregó a Trump una de las medallas de su Nobel de la Paz, junto a una placa en la que se reconoce su respaldo a la democracia venezolana. Un acto de fuerte carga simbólica, considerando que Trump había mostrado en el pasado interés en ese galardón. Pero el gesto, que abre una rendija de esperanza para la oposición –la portavoz de la Casa Blanca habló ayer de elecciones–, no consolidó una vía clara y expuso aún más la contradicción de que el mismo Trump que recibió a Machado no ha dudado en elogiar recientemente a Delcy Rodríguez. El gesto es particularmente corrosivo porque Delcy no es una figura neutra, sino parte del engranaje chavista, y su ascenso tras la caída de Maduro no convierte a la dictadura en democracia. Por eso resulta inquietante que Trump se permitiera ensalzarla públicamente a pocas horas de recibir a Machado, y que antes insinuara que la líder opositora no sería «la persona idónea» para encabezar la transición. ¿Busca EE.UU. una democracia plena o un protectorado funcional para controlar el petróleo? Machado, respaldada por la victoria electoral robada a la oposición y por el Nobel de la Paz, no acudió a Washington en busca de legitimidad personal, sino de garantías para una transición ordenada y pacífica. Su paso previo por El Vaticano confirma una estrategia orientada a la reconstrucción institucional y a la liberación de los presos políticos. El respaldo simbólico de Trump debería haber apuntalado ese camino. Pero el reparto del protagonismo entre la opositora y una heredera directa del chavismo, termina sembrando desconfianza. En paralelo, en España, el ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares, compareció en el Congreso para defender el levantamiento de sanciones contra Delcy Rodríguez. Una posición difícilmente justificable que Cayetana Álvarez de Toledo retrató con precisión al recordarle que «se ha vuelto a postrar ante una torturadora». El Gobierno español, como la diplomacia europea, incurre así en una política de apaciguamiento que ignora la estructura represiva que aún persiste en Venezuela. Trump, por su parte, parece más interesado en que el petróleo venezolano no llegue a manos chinas y en disfrutar de una pugna de personalidades que buscan su favor, en vez de apoyar una hoja de ruta coherente hacia la democracia. Su política recuerda a un 'reality show' donde el premio es su protección personal. Pero la tragedia venezolana no es un espectáculo. Es el drama de millones de ciudadanos empobrecidos, perseguidos y silenciados. Este diario ha sostenido una postura invariable: Edmundo González, presidente electo en 2024 según los observadores internacionales, y María Corina Machado, inhabilitada por el régimen, encarnan la legitimidad democrática venezolana. La transición solo será aceptable si conduce a una restauración plena de la soberanía popular, no si perpetúa a los actores del chavismo con nuevos ropajes.