La casita de nata

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Todo era paz aquella tarde, las hojas de los árboles en eterno movimiento, caían sobre el césped recién cortado, aunque no hacía viento. Un mirlo, negro con el pico rojo, paseaba su figura en un ángulo del jardín, dos tórtolas se contoneaban sobre la hierba. A lo lejos se oía una música estridente, más cerca el griterío de los niños del camping. En uno de los árboles aparece la figura distorsionada de un mono, no es el animal propiamente dicho, sólo la imaginación de la niña que lo verá así, para las demás personas no será más que una prolongación del tronco, que destaca entre la frondosidad de sus hojas, una rama al fin. Pero ella lo ve, y el mono le habla, así se establece una conversación entre los dos. —¿Qué haces tan alto? ¿No estás incómodo? —No, niña, estoy muy bien aquí. Desde esta atalaya diviso el mar, la extensa playa llena de bañistas, bien se ve que es domingo. —¡Uf! ¡Domingo! No hay quien pare en la playa, demasiada gente, unos jugando a las palas, otros al fútbol y otros haciendo carreras, levantando nubes de arena, yo me quedo en el jardín, ya iré durante la semana. —Yo no tengo problemas, la playa no me gusta y aquí estoy muy bien y ahora mejor que tengo con quien hablar. De repente, el cielo se nubla y aquella tarde llena de sol y claro, se convierte en una amalgama de nubes grises que amenazan lluvia. Caen algunas gotas y la niña se refugia en "la casita de nata", pronto el agua inunda toda la finca, los árboles se mueven sin cesar, las hojas inundan el césped, antes verde y ahora blanco, por la ventana se contempla el desastre y piensa en "su amigo el mono". ¿Dónde estará? ¿Qué le habrá pasado? Siente mucha pena, y como "después del temporal viene la calma" ésta llega a su fin, sale el sol y la niña, chapoteando con sus botas sobre el césped, se dirige al árbol. ¿Estará todavía? No, allí no está su amigo, el viento ha cortado hojas y ramas, el aspecto ha cambiado y el mono ha desaparecido. Dicen que los niños suelen tener "un amigo invisible", para esta niña no fue invisible, ella lo vio y habló con él, pero el fuerte viento y la incesante lluvia se lo llevaron, o eso creyó ella, pues el mono del árbol, sin ser real, a ella le hizo compañía durante una tarde soleada que después fue vendaval, tanto que se tuvo que refugiar en "la casita de nata". La casita de nataPepy G. Clavijo