Los Javieres regresa al Sagrado Corazón de Jesús en un traslado de puro corte jesuita

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Los Javieres salió de casa y en casa proseguirán por los siglos de los siglos. Dos horas y media de un traslado pulcro y solemne dieron la bienvenida al año cofrade en Sevilla y de paso sellaron un compromiso ineludible con el origen fundacional de la hermandad jesuita, que deja atrás el calor que dan 49 años en la Real Parroquia de Omnium Sanctorum y toda la prosperidad que le aguarda ahora en el Sagrado Corazón de Jesús, donde en apenas ya horas volverán a ser venerados en su nueva —y a la vez vieja— sede canónica el Cristo de las Almas y Gracia y Amparo, titulares de la corporación del Martes Santo. «Ay de nosotros si no predicamos el Evangelio» . La frase parece extraída del runrún apesadumbrado que murmulla uno de los bancos de esta antigua mezquita almohade cada domingo, pero es acaso una de las proclamas del libro de los Corintios que más define el verdadero espíritu de San Francisco Javier, sacerdote y misionero jesuita, a quien los Javieres han rendido pleitesía estos días en la capilla de los Luises antes de consumar el traslado al lugar en que comenzó todo. La Iglesia del Sagrado Corazón, a tres zancadas del Señor de Sevilla, ya recibe con los brazos abiertos, cual aterido Cristo de las Almas, los titulares que emocionalmente nunca dejaron de sentirse allí. Tampoco los ojos perdidos de Gracia y Amparo. Los Javieres protagonizaron esta fría noche de sábado el primer culto extraordinario del año y la hermandad se reencontró con la hebra de su propia historia, hilvanando casi medio siglo de amor en Omnium Sanctorum. Difícilmente encontrará la capital un amor más correspondido. Son las señales que marca el minutero según Sevilla: porque de Feria a Jesús del Gran Poder pueden caber diez minutos… o toda una vida. Los hermanos de la corporación del Martes Santo fueron saliendo uno a uno con sus cirios aún apagados y la certeza les fue alcanzando: cuando el Crucificado del gaditano Pires Azcárraga se alzó sobre las miradas de sus devotos, los Javieres pasaban a otra dimensión, a otra página de su historia, para seguir creciendo siempre desde la fe convencida e impelida por San Francisco Javier. El traslado comenzó con dos noticias: el suelo mojado por una lluvia que sorprendió en la tarde y desaparecería posteriormente y el tráfico que no se cortó ni por Feria ni por los aledaños de Peris Mencheta por la Policía Local hasta que el reloj de la plaza marcó las 19.00 en punto, cuando salía la Cruz de Guía. Inaudito. Con toda la gente ya apostada, los hubo carritos que regatearon coches. «Nadie sabe por qué», fue lo que contó una fuente de la organización a periódico. Apoyado por dos resortes dorados, el Cristo de las Almas atravesaba por vez última esa cancela de Omnium con olores de una Cuaresma anticipada , recordando los versos del poeta por más que no hubiera luna llena ni fuera Semana Santa. «Resuenan cerca, lejos / clarines masculinos / aquí, allí la flauta / y oboe femeninos». Eran los instrumentos de la Capilla Musical María Auxiliadora, que se unía a las blancas voces de la escolanía salesiana cuando la que partía eran las andas de la Madre de Gracia y Amparo en compañía de San Juan Evangelista. En esa mano diestra que empuja a seguir a María tras el tránsito postrero cabemos todos. El Cristo de los Javieres alcanzó Montesión atrapando todas las miradas a su paso. Almas que ya se fueron y almas que vendrán, como la de Antonio, uno de los fieles de Fali Palacios, que sigue rezándole a Dios para que este año o el que viene la vida le traiga un hermanito a la pequeña y traviesa Soledad. Son los deseos sinceros de los cofrades, que se piden en voz baja, como las oraciones que se musitaron en la plaza de San Martín, donde un rumor comenzó a difundirse entre el gentío que esperaba a la cofradía: «¿Que el Consejo ha anunciado la configuración de la Semana Santa de 2026 un sábado noche y con tres imágenes en la calle? No hay quien se lo explique», bufaron dos adolescentes mientras les caían algunas gotas de horas de la sede de la hermandad de la Lanzada. Tomó pese al ligero retraso el cortejo las vías de Cervantes, San Andrés, García Tassara, Amor de Dios, y San Miguel, hasta llegar hasta la esquina con Trajano, donde ya el anhelo se hizo verdad a las puertas del templo en la calle Jesús del Gran Poder. Allí también portó el Santísimo Cristo de las Almas la primera medalla de la corporación como testimonio de los primeros hermanos y de los orígenes de la hermandad, que datan de 1946. Tras Él, María Santísima de Gracia y Amparo lucía esplendorosa en el centro de su saya otra medalla, ésta de los hermanos fundadores, que no eran ni más ni menos que la luz de los cirios que la guiaban. Sirvan estos emblemas identitarios como prueba de la mejor de las voluntades de una corporación que volvió a abrir las puertas del Sagrado Corazón de Jesús tantos años después, ante la mirada emocionada de muchos de los fieles que la llevaron hasta su origen. Los Javieres salió de casa y en casa seguirán. Ay de nosotros si no cumplimos el Evangelio.