Estados Unidos tiene autorización para enviar tropas casi ilimitadas a Groenlandia, sus empresas pueden invertir todo lo que quieran en la región y sus mineras explotar los recursos naturales de la isla. Pero no es suficiente. Donald Trump quiere más, y sus declaraciones de las últimas dos semanas no dejan espacio para la duda: se prepara para entrar en el archipiélago de una manera u otra, probablemente por la fuerza. Detrás de esta operación, opinan los expertos, están los interesantes recursos naturales que hay bajo el hielo y el control de vías comerciales y militares alrededor del Ártico.Groenlandia cuenta con enormes reservas de minerales críticos, tierras raras, metales base, petróleo y gas natural, y la inmensa mayoría –prácticamente todo, en realidad– está sin explotar. El motivo principal es que las zonas deshabitadas de la isla son inaccesibles durante buena parte del año debido al clima extremo, y eso conlleva que la exploración minera y la explotación sean más caras que en otros lugares del mundo. Otro factor de bloqueo ha sido la oposición de grupos locales, que temen que la contaminación minera suponga un riesgo para la salud o convierta algunas zonas en inhabitables.Eszter Wirth, profesora de Economía Internacional en la Universidad Pontifica Comillas, se pregunta de hecho cómo piensa Trump superar estos baches, que estarán presentes tanto si gobierna Dinamarca la isla, como si lo hace Estados Unidos. "Igual que con el petróleo venezolano, por mucho que invada o compre Groenlandia, las empresas no van a empezar a extraer y procesar minerales de la noche a la mañana. Brasil, India o Australia tienen climas más suaves y una mayor accesibilidad a estos minerales raros", subraya la experta.Los inconvenientes son tantos que todavía hoy la minería en la región es prácticamente inexistente, pese a que es de sobra conocido su potencial. En este momento solo hay dos yacimientos en funcionamiento, uno de anortosita (para producir aluminio) y otro pequeño de oro. Pese a que todo el mundo habla de sus reservas de tierras raras –imprescindibles para construir componentes informáticos, paneles solares o baterías–, todavía no se ha extraído nada en la isla, por mucho que tenga dos de los mayores depósitos del mundo: Kvanefjeld y Tanbreez.Kvanefjeld, con 11 millones de toneladas de reservas de tierras raras, es el tercer mayor depósito del planeta, pero la presencia de enormes cantidades de uranio en el terreno ha llevado al Gobierno a bloquear el proyecto para proteger a la población local. En Tanbreez, sin el problema del uranio, se estima que puede haber hasta 28 millones de toneladas de tierras raras –el mayor yacimiento del mundo– y la minera estadounidense Critical Metals Corp está en proceso de comenzar su explotación.Marzio G. Mian, un periodista italiano que lleva años estudiando la geopolítica del Ártico, publicó recientemente Guerra Blanca (Ned Ediciones), donde abordaba la dicotomía en la que se encuentra Groenlandia. Necesita abrir "su caja fuerte", la inmensidad de recursos subterráneos que tiene la isla para poder financiar la separación de Dinamarca –hasta ahora, el sentimiento mayoritario era de independencia, aunque no tienen una economía fuerte para hacerlo–, pero al mismo tiempo teme que la radiación del uranio de las minas contamine el agua, el aire y el suelo de la isla. Esto le contó Klaus Frederiksenm, un pastor de ovejas groenlandés:"Aquí sopla el viento trescientos días al año", explica. "El polvo radiactivo se dispersará por todo el sur de Groenlandia. En el mundo, nuestra imagen ya no estará asociada al oso polar, sino al uranio".Donald Trump lleva más de una década jugando con la idea de hacerse con la región para sacar rentabilidad a estos recursos, y hasta ahora había apostado por la vía diplomática, combinada con alguna amenaza que pocos se tomaban en serio. Bajo su primer mandato, en 2019, Estados Unidos firmó un memorando de entendimiento con Groenlandia para estudiar la región y logró que la estadounidense Critical Metal Corp comprase el depósito de Tanbreez, imponiéndose a los competidores chinos, que ya controlan un porcentaje de Kvanefjeld.Ese es de hecho el motivo que ha empujado a Trump a presionar al archipiélago helado: llegar antes que Rusia o China a Groenlandia para evitar que recursos estratégicos caigan en sus manos. Sin embargo, Paula Adánez, investigadora del Instituto Geológico y Minero de España, explica que hacerse con las tierras raras del archipiélago solo resuelve la mitad de la ecuación, porque después queda separar y tratar esas tierras para poder darles una salida, y Estados Unidos no tiene una industria preparada para ello."Groenlandia es muy interesante por la cantidad de tierras raras y minerales que tiene, que además están en buena concentración, pero lo difícil es su procesamiento, que muchas veces necesita hacerse en China", recuerda. Sobre este problema, Eszter Wirth explica que China controla ahora el 80% del procesamiento de las tierras raras del planeta, y domina el 60% de su extracción.Además de las tierras raras, Groenlandia es una fuente de combustibles –se estima que tiene unos 32.000 millones de barriles de crudo–, pero sobre todo de minerales críticos, entre los que se incluyen tierras raras y. otros elementos clave como el platino, el níquel, el cobre, el titanio, el cromo o el coltán, así como metales que sirven de base para la industria, como el plomo o el zinc. Políticamente, Groenlandia es una región complicada, lo que la convierte en un objetivo fácil de desestabilizar. Es un territorio satélite de Dinamarca, un país de apenas seis millones de habitantes, y los dos territorios están separados por más de 2.000 kilómetros. La isla representa el 98% del territorio de Dinamarca, pero solo concentra el 1% de su población, y hasta 1979 era una provincia del país europeo.Ese año, Groenlandia consiguió autonomía de Dinamarca y tener un Parlamento independiente que gestiona las competencias de educación, salud o recursos naturales, aunque el Gobierno danés mantiene el poder de decisión en política exterior y de defensa. Groenlandia también abandonó la Unión Europea en 1985, aunque sí está considerado territorio de la OTAN por su relación con Dinamarca. El vínculo entre los dos territorios ha tenido momentos de mucha tensión, e históricamente Groenlandia siempre ha mantenido una predisposición a separarse de manera definitiva de Dinamarca. Una encuesta groenlandesa de enero de 2025, cuando Trump ya había hablado de anexionarse la isla, reflejó un apoyo del 56% a la independencia, aunque si la pregunta era si se separarían para unirse a Estados Unidos, la respuesta fue un rotundo "no", con el 85%.Estas tensiones históricas han dado una excusa a Trump para argumentar ahora que la isla está desprotegida, y que ni la Unión Europea ni Dinamarca serían capaces de repeler un ataque de Rusia o China. En los últimos días, también ha repetido falsamente que la isla está "rodeada de barcos rusos y chinos por todas partes", una afirmación que ha sido desmentida por expertos en Defensa. El Gobierno danés ha insistido desde que comenzaron las amenazas de anexión que EEUU tiene derecho desde 1951 a desplegar a su ejército en la isla para defenderla –entonces era ante la amenaza soviética–, pero eso no es suficiente para la Casa Blanca.Mariano Aguirre, investigador no residente del Barcelona Centre for International Affairs (CIDOB) cree que lo que quiere el presidente de Estados unidos es usar la isla como una excusa para "dinamitar" la OTAN. "Trump necesita psicológicamente tener la propiedad de Groenlandia, tener el control total, como en la época colonial. Además, odia la Unión Europea y esto supone un desafío gigante. Si mañana ataca Groenlandia, la OTAN quedaría inmovilizada, la dinamitaría por dentro", opina el analista.