La espera, el hartazgo y la incertidumbre se acumulaban en la terminal ferroviaria de llegadas de Madrid. Quienes a esas horas calculaban que deberían estar llegando a su destino se encontraban, en cambio, atrapados en la estación de Atocha, sin alternativas para viajar a Málaga o a Córdoba y tampoco opciones para pernoctar. Sin tren y sin hotel. Así, cientos de viajeros quedaron 'colgados' en Atocha y se vieron obligados a improvisar rutas a precios que muchos calificaban de «estafa». Otros, por el contrario, optaron por resignarse a las escasas alternativas gratuitas habilitadas a última hora. Cerca de las 23.00 horas — tres horas después del descarrilamiento de dos trenes de alta velocidad en Adamuz — los viajeros formaban filas desordenadas en cada una de las ventanillas de alquiler de coches. Muchos probaban primero con una compañía y, al quedarse sin stock, volvían a intentarlo en otra. Era el caso de una familia argentina que buscaba desesperadamente una forma de llegar a Málaga. Al día siguiente tendrían que tomar un vuelo a primera hora con destino a Roma, y cada minuto contaba. En medio del cansancio y la incertidumbre, llegó un aviso: ya no quedaban coches disponibles en las oficinas, pero se abrían nuevas opciones en el parking 3. «Venga, corremos». La decisión fue inmediata. La familia se lanzó a toda prisa, aferrándose a una última oportunidad para no perder el siguiente tramo de su viaje. Otros, en cambio, optaron por modos más económicos y rápidos de viajar. Hacía apenas unas horas, cuando les habían notificado que se suspendía su viaje, habían revisado las webs de alquiler de coches. «Los precios rondaban los 30 euros. Ahora están a 300: es una estafa», contaba uno de los afectados. Aun así, haciendo de la necesidad virtud, este viajero dio con otros pasajeros para compartir coche: «Nos estamos ayudando entre todos a ver si podemos compartir los gastos». La suerte no corrió de parte de todos los demandantes de un vehículo. En los pasillos de Atocha se podía escuchar a gritos a personas ofreciendo coches para compartir, incluso para viajar hasta Andalucía en Uber: «No sabemos si nos indemnizarán, pero tenemos que irnos… no nos queda otra». Mientras tanto, la estación se iba llenando de refuerzos policiales y del propio personal de Renfe. En las últimas horas se había constituido un comité de crisis para gestionar la incidencia ferroviaria y coordinar la atención a los viajeros afectados. En este comité participa, al menos, la Policía Nacional, que colabora en la organización, control de accesos y seguridad dentro de la estación. De forma paralela, se habían habilitado dos salas de atención diferenciadas según la compañía ferroviaria, una para Renfe y otra para Iryo, destinadas exclusivamente a los familiares de las personas afectadas. Según explicaban los presentes, en estos espacios se ofrece información actualizada, acompañamiento y atención psicológica para quienes esperan noticias en un contexto de especial tensión emocional. Además, para los viajeros que se habían quedado en tierra sin posibilidad de continuar su trayecto, se habilitó una sala para pasar la noche. Se trata de un espacio provisional que empezaba a quedarse pequeño. «No entiendo cómo vamos a caber. Somos muchos», comentaba una de las afectadas que había optado por pernoctar en la propia estación. Una vez en la sala, relataba a ABC cómo era la zona, con alguna que otra butaca. Eso sí, «bebida de sobra», aunque de comida apenas unas palomitas y «cuatro magdalenas mal contadas». No obstante, unas horas más tarde, Renfe les dio la opción de tomar un autobús a su destino. Estas jóvenes, que venían de presentarse a un examen de oposición, optaron por la vía rápida. «Al final nos vamos en el bus, estamos cansadas».