Estados Unidos retoma una ambición que llevaba dos décadas dormida: una bomba nuclear capaz de excavar el suelo y reventar instalaciones enterradas a gran profundidad. El Departamento de Energía ha pedido 99,8 millones de dólares en su proyecto de presupuesto para el ejercicio fiscal 2027 con el fin de arrancar el programa NDS-A, siglas en inglés del nuevo "sistema disuasorio nuclear de lanzamiento aéreo".Hasta ahora, el arsenal estadounidense solo cuenta con un arma especializada para esta tarea, la B61-11 de gravedad. Hay menos de cien unidades en stock y se diseñó como variante reforzada de la B61-7 con un cono de uranio empobrecido y un cohete de ayuda al impacto. Su sucesora pretende ofrecer al presidente "más opciones para destruir objetivos endurecidos y enterrados a gran profundidad", según comunicó la Administración Nacional de Seguridad Nuclear a la web especializada que adelantó la información.Esa publicación es el medio The War Zone, que rescató los detalles del plan tras revisar las cuentas del Departamento de Energía. El programa avanzará por las fases del ciclo 6.X que regulan los proyectos de armas atómicas en suelo estadounidense, lo que significa que aún hay tiempo antes de que un prototipo vuele. El primer destinatario probable es el bombardero furtivo B-2, con vistas a integrarlo después en el futuro B-21 Raider.Quién hereda el papel de la B61-11La B61-11 es la única gran arma de penetración con cabeza atómica que opera ahora mismo el Pentágono. Su rendimiento varía entre 340 y 400 kilotones según las fuentes, una potencia más que suficiente para destruir centros de mando subterráneos como el ruso Kosvinsky Kamen, situado en el norte de los Urales y considerado nodo clave de continuidad de gobierno en escenario nuclear. Su sustitución se ha barajado durante años con una hipótesis u otra. La B61-12 de gravedad se descartó porque su potencia tope, 50 kilotones, no compensaba la falta de penetración pese a una guía mucho más precisa.Después llegó la B61-13 de Pantex, con guía de precisión y cabeza más potente, pero el Gobierno estadounidense ha aclarado que tampoco está pensada como reemplazo directo. La opción del antiguo "Robust Nuclear Earth Penetrator" (RNEP), promovido por el Pentágono entre 2002 y 2005, fue cancelada por el Congreso aquel año tras un debate político áspero. El nuevo NDS-A asume el mismo concepto, esta vez bajo el paraguas de la Revisión Nuclear de 2022, que pidió capacidad reforzada contra "objetivos duros y enterrados a gran profundidad".Por qué Washington vuelve a este tipo de armaLos presupuestos previos ya mostraban movimiento. La Fuerza Aérea pidió en 2025 unos 39 millones de dólares con el rótulo "Hard and Deeply Buried Target Defeat System Prototyping" y obtuvo el dinero. En 2026 escaló la cifra a 57 millones renombrando la línea como "Nuclear Delivery Systems Prototyping". Los ensayos de vuelo iniciales se asignaron al F-15E Strike Eagle, mientras que las demostraciones finales del prototipo se reservan para el B-2.El motivo de la prisa parece geopolítico. Rusia y China han ampliado sus complejos subterráneos: Pekín construye un nuevo centro de mando enterrado en las afueras de la capital, junto a campos de silos para misiles intercontinentales en el norte del país. Corea del Norte e Irán refuerzan también sus instalaciones bajo montaña. La disuasión nuclear estadounidense en Europa convive con el llamado "nuclear sharing" de la OTAN, pero las opciones convencionales contra las instalaciones más enterradas chocan con un techo de potencia.Una herencia que arranca tras la guerra contra IránEl año 2025 puso sobre la mesa la limitación operativa: en la Operación Midnight Hammer de junio de ese ejercicio, dos B-2 dejaron caer bombas convencionales GBU-57/B de 13.600 kilogramos sobre los complejos iraníes de Fordow y Natanz. El resultado es objeto de debate y forma parte de la justificación posterior para la campaña conjunta de Estados Unidos e Israel contra Teherán arrancada en febrero de 2026. Aquella ofensiva quedó congelada con un alto el fuego en abril, pero también dejó al desnudo las brechas del arsenal convencional. La integración de bombas B61 en cazas aliados era ya parte del puzzle disuasorio, ahora reforzado por el plan NDS-A. El sucesor convencional de la GBU-57/B también está en marcha, bautizado como Next Generation Penetrator.Queda por decidir si el NDS-A será una bomba sin propulsión o un arma con motor cohete que ofrezca cierto alcance. El B-2, único avión certificado hoy para portar la B61-11 y la GBU-57/B, no es invulnerable, lo que justifica versiones con propulsión que liberen al bombardero antes de entrar en zonas con defensas integradas. El precio total del programa sigue sin desvelarse y, dada la batalla presupuestaria que ya rodea a la modernización de la triada nuclear estadounidense, es razonable esperar revisiones a la baja conforme se aclaren los hitos de fases 6.X. La arquitectura nuclear del siglo XXI, en cualquier caso, vuelve a engordar.